A comienzos de enero, la escalada de precios de estos dos elementos esenciales en la dieta del mexicano (un promedio de 9 al día) sacó la protesta popular a las calles. Una corrida especulativa impulsada de manera deliberada por empresarios de la masa y la tortilla, y poderosos monopolios de la industria del maíz, lo llamó a la realidad. El incremento en el precio de la tortilla osciló entre un 40 y un 100 por ciento –a lo que se sumó el alza de otros productos básicos como la leche.
En un primer intento por controlar los daños, el ortodoxo neoliberal Eduardo Sojo, secretario de Economía, declaró que el gobierno no podía fijar precios y dejó el asunto librado a la mano invisible del mercado, anunciando la importación libre de arancel de 650 mil toneladas de maíz blanco, principalmente de Estados Unidos, para enfrentar el problema. El Ministro abrió el camino para inundar el mercado de maíz transgénico y aumentar la dependencia alimentaria de los mexicanos de Estados Unidos.
Símbolo de identidad que atraviesa todas las clases sociales, el maíz es un referente cultural y además la base de la alimentación del mexicano. De acuerdo con datos del Inegi (oficina de estadística gubernamental), el 80 por ciento de los hogares mexicanos compra tortilla.
La estabilidad económica fue precisamente lo que puso a temblar la guerra especulativa de los acaparadores y especuladores, junto con la incompetencia oficial, la corrupción y la codicia, aunque no fue éste el único factor de alza en el precio de la tortilla. También incidieron los incrementos de los precios del gasoil, la electricidad y la gasolina, insumos necesarios para la producción, traslado e industrialización de la gramínea. Otra causa fue la duplicación del precio del grano en el mercado mundial debido al auge en la demanda de bioetanol, que en Estados Unidos se produce con base en el maíz, y se utiliza como combustible u oxigenante de las gasolinas.
Igualmente, hubo cambios estructurales de fondo que llevaron a que México pasara de ser autosuficiente a importar el año pasado un total de 5,66 millones de toneladas, equivalentes a la cuarta parte de la producción. Ese es uno de los resultados concretos de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta, por sus siglas en inglés, 1994) con Estados Unidos y Canadá, un acuerdo asimétrico para México. En nombre de la ‘modernización’, en los gobiernos de Salinas de Gortari y de Zedillo se desmanteló un esquema en el que el Estado vendía la tortilla a precio subsidiado y regulaba el mercado del maíz mediante la fijación de precios de garantía a los agricultores y la regulación de las importaciones.
Pero en 1999, el gobierno eliminó el monopolio del Estado, que acopiaba y distribuía el grano, y transfirió el sector al monopolio privado. “Ya no siembren maíz”, les dijeron los tecnócratas a los productores rurales, al tiempo que eliminaban el apoyo oficial al campo, destruían la economía campesina, entregaban el control del proceso a un puñado de oligopolios y degradaban los agrosistemas.
Con el desmantelamiento de la cadena de producción de maíz-consumo de tortilla y la oligopolización en el abastecimiento de tortilla de harina de maíz, productores y consumidores quedaron inermes ante las fuerzas del mercado. Tres grandes comercializadoras, el grupo Maseca, empresa encabezada por el multimillonario mexicano Roberto González Barreda, aliado con Archer Daniels Midland, la firma más poderosa de Estados Unidos; el grupo Minsa, asociado con Corn Products International y Arancia, y Cargill, fusionada a Continental, se apoderaron del mercado nacional.
Desde la entrada en vigor del Tlcan, México perdió en seguridad y soberanía alimentarias. El precio de la tortilla se incrementó en 738 por ciento. Se perdieron dos millones de empleos rurales y hubo un éxodo masivo de mano de obra hacia Estados Unidos. Si en el sexenio de Salinas un kilo de tortilla equivalía al 1 por ciento del salario, ahora equivale al 20 por ciento. Otro dato: el año pasado, la tortilla aumentó 13,82 por ciento, la inflación un 4 y el salario mínimo 3,45. Todo eso en un país donde 20 millones de mexicanos viven con un máximo de 20 pesos diarios (dos dólares), de los cuales usan 10 para comer. A los costos actuales, les da para un kilo de tortilla por día sin nada adentro, ¡y no les sobra un centavo! De allí la ira popular.
El año pasado, Cargill compró 600 mil toneladas de maíz a 1.650 pesos cada una, y la está vendiendo en el valle de México a 3.500 pesos. La crisis sirvió para que empresas trasnacionales productoras de semillas transgénicas como Monsanto, Pioneer, Syngenta, Agrobio y Dupont presionen al gobierno mexicano a fin de que autorice la siembra de maíz genéticamente modificado, como “solución de fondo” en el sector.
Con base en el artículo del mismo nombre en Brecha (26/01/07), Carlos Fazio


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