En agosto de 1791, y luego que los ecos de la revolución se hicieran sentir en Santo Domingo, los esclavos se rebelaron. Su combate duró 12 años. Los esclavos derrotaron paulatinamente a los blancos de la isla y también a los soldados de la monarquía francesa; resistieron a una invasión española, a una expedición británica compuesta por 60.000 hombres y asimismo a una expedición francesa de tamaño similar comandada por el cuñado de Napoleón Bonaparte. La derrota del ejército de Bonaparte en 1803 desembocó en la creación del estado negro de Haití, que perdura en la actualidad.
Es la única revuelta esclava de la historia que se saldó con éxito, y los obstáculos que debió superar demuestran la magnitud de los intereses que estaban en juego. La transformación de los esclavos, turbas amedrentadas por la presencia de un simple hombre blanco, en seres capaces de organizarse y derrotar a las más poderosas naciones europeas de la época, conforma uno de los grandes momentos épicos de la lucha y las conquistas revolucionarias.
¿Cuál era el nivel intelectual de los esclavos? Los plantadores, que los odiaban, les daban todo tipo de nombres oprobiosos. “Los negros,” rezaba una autobiografía publicada en 1789, “son injustos, crueles, bárbaros, semihumanos, traicioneros, mentirosos, ladrones, borrachos, orgullosos, perezosos, sucios, desvergonzados, celosos hasta la irritación y cobardes”. Se valían de este tipo de juicios para justificar las abominables crueldades practicadas. Y se esforzaban mucho para que el negro siguiese siendo el animal salvaje que ellos deseaban que fuese.
Naturalmente, había todo tipo de hombres entre ellos, desde jefes nativos, como era el caso de Toussaint L´Ouverture, hasta quienes habían sido esclavos en su propio país. El negro criollo era más dócil que el esclavo nacido en África. Algunos afirmaban que era más inteligente. Otros dudaban de que existiesen grandes diferencias, aunque el esclavo criollo conocía el idioma y estaba más familiarizado con su entorno y su trabajo. Sin embargo, aquellos que se tomaron la molestia de observarlos lejos del entorno de sus amos y relacionándose entre sí, no dejaron de apreciar la sorprendente brillantez intelectual y vivacidad de espíritu que tanto distingue a sus descendientes de las Indias Occidentales hoy día.
Pero no es necesaria la educación ni los estímulos académicos para acariciar el sueño de la libertad. Cuando a medianoche celebraban el vudú, su culto africano, bailaban y cantaban su canción favorita:
Eh! Eh! Bomba! Heu! Heu!
Canga, bafio té!
Canga, mouné de lé!
Canga, do ki la!
Canga, li!
“Juramos destruir a los blancos y todas sus posesiones; mejor morir que faltar a este juramento.”
No todos los esclavos, sin embargo, pasaron por este régimen. Hubo una pequeña casta privilegiada, los capataces de las partidas, arrieros, cocineros, criadas, sirvientas, matronas, doncellas y otros sirvientes domésticos. Algunos de ellos aprovecharon su posición para instruirse, obtener cierta educación, aprender cuanto podían. Los líderes de una revolución son normalmente aquellos que han podido aprovechar las ventajas culturales del sistema que atacan, y la revolución de Santo Domingo no fue ninguna excepción a esta norma.
Christophe, posteriormente emperador de Haití, fue un esclavo, camarero en una fonda de Cap François, donde aprovechó sus oportunidades para instruirse sobre los hombres y el mundo. Toussaint L´Ouverture también pertenecía a esta pequeña y privilegiada casta. Su padre, hijo de un reyezuelo africano, fue capturado en una guerra y vendido como esclavo para luego surcar el mar en un barco negrero. Fue comprado por un colono de cierta sensibilidad que, tras reconocer en este negro a una persona fuera de lo común, le permitió cierta libertad en la plantación y el servicio de cinco esclavos para cultivar una parcela de terreno. Se convirtió al catolicismo, se casó con una mujer blanca y bonita, y Toussaint fue el mayor de sus ocho hijos. Cerca de la explotación vivía un viejo negro, Pierre Baptiste, notable por su integridad de carácter y por disponer de algunas nociones culturales. Los negros hablaban un francés corrompido denominado creole. Pero Pierre conocía el francés y también un poco de latín y de geometría, que le había enseñado un misionero. Pierre Baptiste se convirtió en padrino de Toussaint y enseñó a su ahijado los rudimentos del francés; utilizando los servicios de
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Pero el Santo Domingo blanco no estaba concediendo demasiada atención a los esclavos en 1791, ni demasiada a los mulatos, siempre que no fuera para lincharlos y saquearlos. La debilidad del gobierno había desatado la rivalidad entre los grandes y los pequeños blancos, y las escarapelas blancas y rojas se disputaban la supremacía en torno a los lemas de libertad e igualdad, con la especial ferocidad de los propietarios de esclavos y el temperamento ardiente de los trópicos. En marzo estaba prevista la llegada de dos regimientos de soldados a Santo Domingo con el fin de ayudar al gobierno a preservar el orden.
Los soldados franceses, al desembarcar en Puerto Príncipe, habían abrazado fraternalmente a todos los mulatos y negros, diciéndoles que
“Si exterminarlos plantea algún problema, no tenemos más que llamar a Caradeu, que ha hecho volar cincuenta cabezas en la plantación Aubry. Para este tipo de individuos, las noticias del decreto del mes de mayo, que otorgaba derechos a cuatrocientos mulatos, eran un síntoma peligroso y un ultraje innombra-ble. Lincharon a los mulatos, pisotearon la enseña francesa, abjuraron de Francia, no podían mencionar a Francia o a los franceses sin prorrumpir en juramentos y maldiciones. La nueva asamblea, que vendría a reemplazar a la disuelta Asamblea de St. Marc, se reunió en Léogane a principios de agosto y aprobó una serie de resoluciones concebidas para salvaguardar la independencia. Para acercarse al lugar donde se estaban ventilando los problemas, los miembros decidieron transferir la sede a Le Cap, donde se hallaba el gobernador. Pero varios diputados nunca consiguieron llegar porque en el camino fueron asesinados por los negros rebeldes del norte. Afortunadamente para ellos , no tenían diputados en París que adormeciesen su voluntad escuchando las promesas parlamentarias. Olvidados e ignorados por los políticos de toda rama y creencia, se habían organizado por sí solos y atacaban al fin para conquistar su libertad.
Las masas de Santo Domingo comienzan
Los esclavos trabajaban en la agricultura, y su objetivo, como el de los campesinos revolucionarios de todas las latitudes, era el exterminio de sus opresores. Pero sus condiciones de vida y de trabajo, hacinados por centenares en las inmensas factorías azucareras que se extendían por
El plan no salió del todo bien. Pero casi, y la ambición y capacidad organizativa de esta revuelta muestran a Boukman a la cabeza del linaje de grandes líderes a los que seguirían profusa y rápidamente los esclavos en años venideros. Que tan vasta conspiración no fuera descubierta sino prácticamente en el momento en que estalló, da testimonio de su solidaridad. A comienzos de agosto, los esclavos de Limbé, que fue entonces y siguió siéndolo hasta el fin uno de los núcleos de la rebelión, se alzaron prematuramente y fueron aplastados. El levantamiento de Limbé puso de manifiesto que era peligroso seguir retrasándose. Tres días después, representantes de las parroquias de toda la llanura se reunieron para elegir el día. Algunos diputados, de camino hacia Le Cap para la primera sesión de
En la noche del 22 de agosto estalló una tormenta tropical, acompañada de relámpagos, ráfagas de viento y densos chaparrones. Valiéndose de antorchas para alumbrar su camino, los líderes de la revolución accedieron a un claro de los densos bosques de Morne Rouge, una montaña que rodeaba Le Cap. Boukman impartió allí las últimas instrucciones y, tras los conjuros de vudú, tras sorber sangre de cerdo sacrificado, sugestionó a sus seguidores por medio de una plegaria en criollo que, como tanto de cuanto se dice en ocasiones semejantes, ha llegado hasta nosotros. “El dios que creó al sol que nos alumbra, que riza las olas y gobierna las tormentas, aunque oculto tras las nubes, nos contempla. Ve todos los actos de los blancos. El dios de los blancos incita al crimen, pero el dios de los negros inspira la bondad. Nuestro buen dios nos ordena vengar nuestras ofensas. El dirigirá nuestras armas y nos ayudará. Derribemos el símbolo del dios blanco que tan a menudo nos ha obligado a llorar, escuchemos la voz de la libertad, que habla en el corazón de todos nosotros”.
El símbolo del dios de los blancos era la cruz que todos ellos, católicos, llevaban alrededor del cuello.
Esa misma noche empezó todo. Los esclavos en la plantación de Gallifet recibían un trato tan privilegiado que se había convertido en adagio de los esclavos la expresión “Feliz como negro de Gallifet”. Sin embargo, obedeciendo a un fenómeno constatable en todas la revoluciones, fueron ellos los que dieron el primer paso. Todas las partidas de esclavos asesinaron a sus amos y quemaron la plantación hasta los cimientos. Las medidas de seguridad que había tomado De Blanchelande preservaron a Le Cap, pero la preparación había sido meticulosa y exhaustiva, y al cabo de unos pocos días la mitad de la famosa Llanura del Norte era un despojo llameante. Desde Le Cap, el horizonte entero parecía una tea de fuego. Desde allí se elevaban densas columnas de fuego hasta tocar el cielo. Durante casi tres semanas los habitantes de Le Cap apenas pudieron distinguir el día de la noche, mientras una lluvia de caña requemada, impulsada por el viento como copos de nieve, se abatía sobre la ciudad y las embarcaciones, presagiando la destrucción completa de la población y el puerto.
Los esclavos se entregaron a una destrucción implacable. Como los campesinos de
Y sin embargo se portaron con sorprendente moderación, en ese momento y también después, con mucha más humanidad que la demostrada o la que demostrarían sus amos hacia ellos. No perseveraron largo tiempo en el espíritu vengativo. La propiedad y los privilegios engendran siempre crueldades más feroces que la venganza de los pobres y los oprimidos. La primera tiende a perpetuar la injusticia inflingida, la segunda es una pasión momentánea que no tarda en aplacarse. A medida que la revolución se propagaba, dejaron de cobrarse la vida de los hombres, mujeres y niños sorprendidos en las plantaciones. Sólo con los prisioneros de guerra no ahorraron compasión. En comparación con lo que a sangre fría habían sufrido a manos de sus dueños, sus actos resultan insignificantes, y los espoleó a cometerlos la ferocidad con que los blancos de Le Cap trataban a todos los prisioneros esclavos que caían en sus manos.
Como es habitual, la energía del movimiento de masas arrastró en su estela a sectores revolucionarios de las clases inmediatas. Se unieron a él los negros libres. Un plantador de Port Margot había enseñado a su capataz negro a leer y a escribir, le había concedido la libertad, le había dejado en su testamento diez mil francos y había concedido a la madre del capataz tierras para que pusiese en marcha una plantación de café. Este negro, sin embargo, encabezó el levantamiento de los esclavos de la plantación de su amo y de su propia madre, prendió fuego a la plantación y se unió a la revolución, donde se le asignó un puesto de responsabilidad. Los mulatos odiaban a los esclavos negros por ser esclavos y por ser negros. Pero cuando efectivamente vieron a los esclavos tomar la iniciativa a semejante escala, muchos jóvenes mulatos de Le Cap y alrededores se apresuraron a unirse a los negros, tan despreciados hasta entonces, para luchar contra el enemigo común.
Tuvieron la fortuna de que las tropas en Le Cap fuesen escasas y de que, temeroso de los esclavos y de la chusma blanca de la ciudad, De Blanchelande prefiriese actuar a la defensiva. Un ataque de las tropas regulares repelió a los esclavos pero De Blanchelande cedió a la ansiedad y el miedo que cundía en la ciudad y ordenó su retirada. De este modo la revolución se adueño de los campos. Estimulados, los negros extendieron la destrucción hasta las llanuras. De haber tenido interés material de algún tipo en las plantaciones no las hubiesen saqueado tan obcecadamente. Pero no tenían ninguno. Al cabo de varias semanas se concedieron una pausa para reorganizarse. Fue en ese momento, al mes de iniciada la revuelta, cuando Toussaint Breda se unió a ellos, para entrar humildemente en la historia.


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