Sonríen mientras a su lado caminan los y las delegadas de comunidades de diferentes puntos del país, reunidos durante dos días en los que confirmaron cuanta verdad hay en ese “nos matan pero no nos acaban”, que no olvidan quienes conocieron a Luis Eduardo Guerra, asesinado líder de la comunidad de Paz de San José de Apartadó, cuya historia es una entre centenares de miles de historias parecidas.
Pasando el Centro Internacional, entre criollos rascacielos en los que el capital financiero su poder ostenta, surgen retazos de una historia convertida en frías estatuas y museos en los que, recitando fechas y nombres de héroes y mártires, se adoctrina a los futuros obedientes consumidores. Parte importante del atractivo turístico que la inserción de la ciudad en la globalización requiere, aquí la “memoria” restaurada es oportunidad, además, para el rebusque de buen número de los despojados que hasta la capital en su huida llegaron y continúan llegando. Con ellos cruzan pasos y miradas.
Unos pasos adelante, tarimas a la espera de músicos y más gente caminando entre iluminadas vitrinas con vistosos avisos de “mes de la madre” y anuncios de rebajas. A gritos unos, en voz baja otros, todos preparados para levantar su mercancía y huir con ella al hombro si un camión verdiblanco en el horizonte aparece, más y más rebuscadores, la mayoría de ellos productores de alimentos convertidos en ‘informales’, avanzando hacia la indigencia a la misma velocidad con que cae el precio del dólar y aumentan las ganancias de trasnacionales y lacayos criollos ansiosos de importar, al menor precio posible, tecnología, maquinaria, mano de obra y demás requerimientos para la construcción de la infraestructura que la plena aplicación del TLC necesita.
Continúa la caminata y alguien a su lado comenta con orgullo la venta de productos orgánicos producidos por su pequeño grupo, que en las faldas de los cerros capitalinos se ha propuesto retomar su ser de productores. Fue en
Van también en el grupo los jóvenes que, ayer y hoy, en
Llegando a
La eterna curiosidad que a investigar los llevó, los lleva ahora hacia las chaquetas amarillas. Tras ellas, en el piso, ladrillos blancos en los que en letras negras se leen lugares, fechas, cifras de vidas segadas en cada masacre, batalla, guerra, desde 1948 hasta hoy. ¿Qué busca el muro de chaquetas amarillas? Pregunta alguien. Desconcertados oyen la respuesta. Proteger los ladrillos, evitando su uso como proyectiles contra
No entienden que son nuestros muertos semilla de construcción andando en nuestra alma y en nuestro diario quehacer, y que no serán chaquetas amarillas ni asesinos de negro vestidos quienes impidan que sigan con nosotros en caminos que a superar el horror nos llevan. De eso conversan con los ojos cuando, apagadas al principio y más fuerte a cada segundo, claras en el viento empiezan a llegar voces.
Es entonces una alegre carcajada lo que vuela al aire cuando, sobre
Desde la tarima, a un costado de
Él y ella, juntos como siempre, oyen los pasos juveniles, sienten cómo se confunden por instantes música y consignas, y ven entrecruzarse cual vuelo de palomas, historias y sueños, rostros conocidos y otros nunca antes vistos, dolores y esperanzas. Esas de las que ella y él, sembradores fueron durante el tiempo que sobre
Se abrazan mientras pasan frente a la nieta de Jorge Eliécer Gaitán, decidida a rescatar la verdad acerca de ese abuelo cuyo asesinato abrió paso al río de sangre interminable sobre el que, despoblando el campo a punta de terror, se garantizó la distribución de territorio y población necesarias a las pretensiones de la economía de terratenientes que en exportadores e industriales convertidos terminaron, y de sus clientes y amos allende las fronteras.
Fuerte palpita el corazón que muerto creen. Jóvenes, muchos jóvenes y en sus pechos camisetas blancas proclamando “Todos somos Hijas e Hijos”, o camisetas negras en las que, en letras blancas, dos palabras asaltan la mirada: “Nunca Más”, o camisetas de todos los colores todas ellas expresando ideales y exigencias de justicia y verdad, de dignidad y paz.
Detienen su paso frente a la imponente catedral desde cuyo púlpito se bendice a los dueños del poder y se ordena obediencia al plan de muerte y resignada aceptación a lo que, según ellos, encarnación es de la divina voluntad, que sufrir en esta tierra exige para el cielo ganar. Fariseos, es la palabra que a sus mentes llega y también la imagen del profeta de Galilea, enfurecido frente a los que el mensaje de amor a la humanidad en mensaje de odio, desprecio y exclusión han convertido.
Ese profeta que, piensan ella y él, también camina en esta Plaza en los hombres y mujeres que apretando los dientes y las lágrimas, frente a la ostentosa mole de piedra, comparten con los transeúntes las fotos, recuerdos e historias de sus familiares, amigos, compañeros, asesinados y desaparecidos en los últimos 20 años en campos y ciudades de la geografía colombiana.
“Quién dijo que todo está perdido/ yo vengo a ofrecer mi corazón”, canta ahora un coro juvenil y a sus voces se unen a centenares de otras voces que en la noche crecen cuando, el mismo coro, los devuelve a los juveniles años en que, enamorados de la vida, ella de él y él de ella también se enamoraron. Como otros y otras que aquí están y muchas y muchos que bajo tierra van, o cuyos huesos aún esperan el momento en que las dulces manos de los suyos a una tumba digna los conduzcan.
“Te quiero” se llama la canción y ella y él que, en los 70 conocieron el horror de Chile, Uruguay, Argentina, aplicado en la democrática Colombia bajo el llamado Estatuto de Seguridad, gracias al cual supieron de desapariciones y torturas, cantan con todas y todos trozos del poema que, salvando tiempo y distancia, remite a una época de cotidiano heroísmo dedicado a mantener viva la llama que un 19 de julio de 1979 volvería a incendiar el continente.
Trozos de canción van en el viento: “Te quiero porque tus manos trabajan por la justicia… te quiero por tu mirada que mira y siembra futuro… te quiero porque tu boca sabe gritar rebeldía… porque sos pueblo te quiero”, y al aplauso y las consignas siguen, volando al viento que de los cerros baja, cortas y contundentes palabras de representantes de los estudiantes contra el Plan Nacional de Desarrollo, por la defensa de la universidad pública y el derecho de todas y todos a una educación que no condene a las nuevas generaciones a ser operarios deficientemente formados, cuya presencia en el globalizado mercado de fuerza de trabajo internacional, bajos salarios garantice.
Es pícara la mirada que se cruza viendo a los jóvenes luchar contra su miedo al micrófono y vencerlo bajo la blanca manta en la que sus nombres han acompañado esta jornada en homenaje a ellos. A ellos sí. Elsa y Mario.
Ella y él, eternos caminantes de dignidad asesinados 10 años atrás por la criolla expresión de la privatizada seguridad mundial: los paramilitares colombianos, que matando su cuerpo creyeron matar sus ideales. Mario y Elsa, locos trashumantes cuyo paso vagabundo juntó sus sueños y sus desvelos por desensoñarlos, a los de miles y miles de mujeres y hombres de este país con quienes de llanto, impotencia y rabia, fuerza sacando fueron para seguir soñando y construyendo el país y el mundo que nos merecemos.
Elsa y Mario que se alejan en esta noche caminando, al ritmo de las rockeras guitarras que despiden la jornada. Mientras los hijos de Manuel Gustavo, el líder obrero también asesinado por defender el derecho a construir un mundo mejor, los poemas de su padre al viento lanzan, ella y él, con centenares de miles que muertos y muertas creen sus asesinos, andando siguen, junto a nosotras y nosotros, seguros de que “nos matan pero no nos acaban”.


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