En contra de ese oprobioso silencio, que contribuye a perpetuar los hechos de muerte, el pasado domingo 3 de junio quisimos hacerles presente a los vivos y los muertos, manifestando desde nuestras propias formas que no hemos olvidado a nuestros seres queridos, y que repudiamos los actos que desde el respaldo del Estado por omisión y/o acción han eliminado a las y los opositores.
Por esa razón realizamos una Eucaristía llena de sentido por la vida y pusimos en un muro, el muro de “Dignidad y Memoria del Alto Ariari”, las huellas que todas y todos estamos dejando en cada región del país. Huellas de caminantes comprometidos con la justicia, con un futuro incluyente, con las ideas de quienes fueron asesinados, masacrados, desaparecidos. En ese muro, que no quiere ser de lamentaciones, las manos unidas de todos los que pensamos en la necesidad de un mejor futuro para Colombia, se enlazaron a través de vínculos de solidaridad, amor, compromiso político, transparencia y un hilo que a veces se aprecia invisible, delgado, pero que tiene la fuerza propia de grandes dinámicas históricas.
Es el hilo de las historias compartidas, de las historias que se sienten propias así no se hayan experimentado los mismos episodios y dolores. Esa fue la historia que luego de Caño Sibao nos llevó a El Castillo, pueblo donde María Mercedes, una más de nuestras madres, fue Alcaldesa; y del que provenía Rosa Peña, otra de nuestras progenitoras. Es la historia compartida de William Ocampo Castaño, Ernesto Sarralde y Armando Sandoval, quienes junto con nuestras madres fueron asesinados a mansalva como parte de todo ese proceso que quiso borrar lo imborrable: los ideales de hombres y mujeres que eran parte de
En El Castillo, nuestra apuesta por la vida comenzó a sentirse en el pálpito de las niñas y los niños que veían con ojos grandes de sorpresa los zancos que abrían la comparsa, con las máscaras que Hijas e Hijos llevábamos en nuestros rostros –no para ocultar nuestra identidad sino para reflejar en ese acto la diferencia. Con rostros alegres y propositivos para indicar metafóricamente que no importa quiénes somos, porque simplemente desde nuestra condición de seres humanos buscamos reivindicar a quienes le apostaron al cambio. Queríamos compartir que no se logra con la imposición eliminar la ilusión, los anhelos y mucho menos la lucha por alcanzar ese país que desde niños nos prometieron pero que no se ha construido por la intolerancia que aún vivimos.
La sorpresa de los habitantes fue trasmitida en la postura de sus cuerpos. Cuerpos que no dejamos de apreciar rígidos por el peso del miedo, la intimidación y la muerte misma. Hace 15 años asesinaron a María Mercedes, a William, a Rosa, a Ernesto y Armando. El tiempo ha pasado, pero no con él los estragos del olvido. Eso fue lo más contundente de la jornada, y lo gritamos a viva voz:
“Eoh, eoh, eoh,
que la memoria va creciendo
Eoh, eoh, eoh,
que el Río Ariari está latiendo
Eoh, eoh, eoh,
María Mercedes no ha muerto”
A una viva voz que a mí me hizo quebrar la propia cuando repetía: Eoh, eoh, eoh, María Mercedes no ha muerto. Y es cierto, María Mercedes no ha muerto, mi padre tampoco, el tuyo menos, así como no lo han hecho las otras madres y los padres del resto de hermanitos.
Resistencia
A Bertolt Brecht
Transfigurado bajo traje de neón
el canibalismo pasea imperturbable
blindado con éter informático.
Reparte terror como pan de cada día
desde mercados donde aguzados
buitres rondan
en turbias sesiones de conspiración
y raudos vuelos sobre la carroña de la bolsa.
En el escenario virtual de la globalizada aldea
donde trafican mercaderes de la muerte
con el desparpajo de cifras que abortan
la realidad en registros sumarios
se apertrechan como ayer solían
bufar en salones de alto coturno.
Aquí y allá sesionan los gendarmes
del expolio
los depredadores los mercenarios los mesías
los gobernantes que subastan con falacias
en nombre de dioses que no escuchan
las oraciones de hordas arrojadas
al abismo de la impiedad y la barbarie
Pero en medio del sórdido escenario
Resuenan nuevas voces en la noche
como enérgicas musculaturas
que se alzan con bravura y nos ofrecen
nuevos horizontes de resistencia.
Plantados como árboles
dan sombra en la canícula
del tiempo del hombre contra el hombre.
Son aquellos que reclamaba Brecht
-el poeta de la distancia que no ciega-
en el permanente ejercicio de tallar
otro hombre constructor del porvenir
desde la orilla del amor y la esperanza
por la paz y la justicia sobre


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