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María Mercedes no ha muerto. Acto conmemorativo del 3 de junio de 2007 en el Alto Ariari (Meta)

 


 Pronto sumamos 16 buses, más de 600 personas venidas de Bogotá, de municipios del Meta y de otras zonas del país. Gente de carne y hueso, de movimientos sociales, de organizaciones de base, de derechos humanos, comunidad internacional, organizaciones de paz, e Hijos e Hijas de una guerra frenética y despiadada. Llegamos a nuestra primera estación, como a la manera de una penitencia festiva que desde el dolor quería rescatar la vida de la muerte. Estábamos en Caño Sibao, lugar pintado por la imborrable mancha de la sangre sacada a la fuerza. Allí han ocurrido varias masacres realizadas por paramilitares y militares que a veces parecen pasar como asuntos normales para el país entero. Ya no generan escalofríos como respuesta ante tan indignantes crímenes, porque han terminado por convertirse en el pan de cada día o en la justificación de lo que deben asumir quienes se plantean un país diferente.


 


En contra de ese oprobioso silencio, que contribuye a perpetuar los hechos de muerte, el pasado domingo 3 de junio quisimos hacerles presente a los vivos y los muertos, manifestando desde nuestras propias formas que no hemos olvidado a nuestros seres queridos, y que repudiamos los actos que desde el respaldo del Estado por omisión y/o acción han eliminado a las y los opositores.


 


Por esa razón realizamos una Eucaristía llena de sentido por la vida y pusimos en un muro, el muro de “Dignidad y Memoria del Alto Ariari”, las huellas que todas y todos estamos dejando en cada región del país. Huellas de caminantes comprometidos con la justicia, con un futuro incluyente, con las ideas de quienes fueron asesinados, masacrados, desaparecidos. En ese muro, que no quiere ser de lamentaciones, las manos unidas de todos los que pensamos en la necesidad de un mejor futuro para Colombia, se enlazaron a través de vínculos de solidaridad, amor, compromiso político, transparencia y un hilo que a veces se aprecia invisible, delgado, pero que tiene la fuerza propia de grandes dinámicas históricas.


 


Es el hilo de las historias compartidas, de las historias que se sienten propias así no se hayan experimentado los mismos episodios y dolores. Esa fue la historia que luego de Caño Sibao nos llevó a El Castillo, pueblo donde María Mercedes, una más de nuestras madres, fue Alcaldesa; y del que provenía Rosa Peña, otra de nuestras progenitoras. Es la historia compartida de William Ocampo Castaño, Ernesto Sarralde y Armando Sandoval, quienes junto con nuestras madres fueron asesinados a mansalva como parte de todo ese proceso que quiso borrar lo imborrable: los ideales de hombres y mujeres que eran parte de la Unión Patriótica.


 


En El Castillo, nuestra apuesta por la vida comenzó a sentirse en el pálpito de las niñas y los niños que veían con ojos grandes de sorpresa los zancos que abrían la comparsa, con las máscaras que Hijas e Hijos llevábamos en nuestros rostros –no para ocultar nuestra identidad sino para reflejar en ese acto la diferencia. Con rostros alegres y propositivos para indicar metafóricamente que no importa quiénes somos, porque simplemente desde nuestra condición de seres humanos buscamos reivindicar a quienes le apostaron al cambio. Queríamos compartir que no se logra con la imposición eliminar la ilusión, los anhelos y mucho menos la lucha por alcanzar ese país que desde niños nos prometieron pero que no se ha construido por la intolerancia que aún vivimos.


 


La sorpresa de los habitantes fue trasmitida en la postura de sus cuerpos. Cuerpos que no dejamos de apreciar rígidos por el peso del miedo, la intimidación y la muerte misma. Hace 15 años asesinaron a María Mercedes, a William, a Rosa, a Ernesto y Armando. El tiempo ha pasado, pero no con él los estragos del olvido. Eso fue lo más contundente de la jornada, y lo gritamos a viva voz:


 


“Eoh, eoh, eoh,


que la memoria va creciendo


Eoh, eoh, eoh,


que el Río Ariari está latiendo


Eoh, eoh, eoh,


María Mercedes no ha muerto”


 


A una viva voz que a mí me hizo quebrar la propia cuando repetía: Eoh, eoh, eoh, María Mercedes no ha muerto. Y es cierto, María Mercedes no ha muerto, mi padre tampoco, el tuyo menos, así como no lo han hecho las otras madres y los padres del resto de hermanitos.


 


Resistencia


 


A Bertolt Brecht


 


 


Transfigurado bajo traje de neón


el canibalismo pasea imperturbable


blindado con éter informático.


Reparte terror como pan de cada día


desde mercados donde aguzados


buitres rondan


en turbias sesiones de conspiración


y raudos vuelos sobre la carroña de la bolsa.


En el escenario virtual de la globalizada aldea


donde trafican mercaderes de la muerte


con el desparpajo de cifras que abortan


la realidad en registros sumarios


se apertrechan como ayer solían


bufar en salones de alto coturno.


Aquí y allá sesionan los gendarmes


del expolio


los depredadores los mercenarios los mesías


los gobernantes que subastan con falacias


la Tierra de todos que destajan


en nombre de dioses que no escuchan


las oraciones de hordas arrojadas


al abismo de la impiedad y la barbarie


 


Pero en medio del sórdido escenario


 


Resuenan nuevas voces en la noche


como enérgicas musculaturas


que se alzan con bravura y nos ofrecen


nuevos horizontes de resistencia.


Plantados como árboles


dan sombra en la canícula


del tiempo del hombre contra el hombre.


Son aquellos que reclamaba Brecht


-el poeta de la distancia que no ciega-


en el permanente ejercicio de tallar


otro hombre constructor del porvenir


desde la orilla del amor y la esperanza


por la paz y la justicia sobre la Tierra

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