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En el Cerro Pan de Azúcar de Medellín no asoman pan ni azúcar. Zona de Alto Riesgo

 


Con sus 1,50 de estatura pero con inmensa fortaleza física y gran determinación en el accionar de sus brazos, Rodrigo explica vehementemente cómo fue su infancia y cómo el trasegar lo ha llevado a probar el gran torrente de amarguras que este país les endilga a los desheredados de la riqueza. Su madre salió de Mistrató y rápidamente llegó a Caramanta (Antioquia), donde se asentó para manejar con sus pequeños hijos la finca de su hermana, situada a 90 minutos del pueblo, de donde obtuvieron los mínimos ahorros, casi mil doscientos pesos, para viajar a Medellín en 1964, a ese barrio que ahora ve pasar parsimoniosamente, por encima de sus casas, el metrocable y que antes vio caer como moscas a jóvenes enfrascados en una interminable guerra ajena a sus prioridades.


 


Subir a su casa, hecha de ladrillo y con un techo que se debe afirmar para que proyecte una sombra segura a esos 55 metros cuadrados de construcción, significa atravesar las más variadas topografías. Desde el momento en que se toma el bus en el centro de la ciudad, se arremete contra unas faldas de una pendiente de madre y señor mío. Las calles de acceso al sector de Tres Esquinas, uno de los tantos por donde una persona puede iniciar el periplo del ascenso sin par, son de un ancho tan pequeño que un bus debe parar y hacerse al borde de la calle para evitar la colisión con el que viene en sentido contrario. Es un peligro que se explaya al peatón, a ese que casi no tiene aceras por donde movilizarse, salvo las infinitas escalas construidas, adjuntas a los puntos de desembarque masivo de pasajeros.


 


Después que dejamos nuestra buseta y transitamos por un camino –inicialmente en buenas condiciones– en donde me encontré primero una patrulla de la policía y después una pared en la que pude leer un grafiti que decía “Gracias Adolfo Paz por pacificar la Comuna 8”, alcanzamos un sendero rocoso que se adentra en la montaña con sus paisajes de deslizamientos que guardan historias particulares de miedos y de muertes, por donde transitan todas las familias con la comida a cuestas y con los materiales de construcción necesarios para que sus humildes casuchas soporten los duros embates del viento y del agua. Una, dos, tres y hasta cuatro estaciones antes de llegar a las tablas que los esperan. Sudor, cansancio, jadeo y agobio en la subida le observo al niño que carga en su espalda una bolsa plástica negra, ligeramente más pequeña que él, con quién sabe qué cosas dentro.


 


La panorámica, después de pegar los ojos a la urbe ‘maravillosa’ que se observa desde esta altura, se transmuta en casuchas de tablas, techos de cinc, piedras sobre el techo, ropas que cuelgan de las tablas, que a la vez cuelgan de la montaña “de quesito”, como la llama Rodrigo, en zapaticos rojos roídos por el barro y la mugre, en fin, nada distinto de los tradicionales tugurios, lugar común en las crónicas tercermundistas, dirían los periodistas posmodernos, pero con un elemento aún más moderno: un contador de energía en cada una de ellas con apenas un giro imperceptible del elemento de medición, si no parado, pues no hay con qué responderle a la puntual cuenta que el municipio les envía cada mes. De todas maneras, observo el fogón de leña a un lado de las humildes casas y el humo que penetra las tablas, y que asfixia y enceguece cuando lo produce la madera todavía verde.


 


Esta moderna acometida de las Empresas Públicas, que apuntala el eslogan colocado más abajo de la casa de Rodrigo, invitando a “jugar limpio, sin trampas y sin contrabando”, según el decir de Rodrigo “nada agrega a nuestra pobreza”, por lo que afirma que esa cortesía de las Empresas Públicas “no le interesa para nada”. Arriba, cerca de la torre de alta tensión, donde las reminiscencias y nuestra historia se completan, pomposamente llaman al barrio “Altos de la Torre”. También allí encontramos, en casa de nuestro huésped, de par en par, el fogón de leña activado.


 


Su familia arribó a Santo Domingo con un muerto en la memoria: su hermano Javier, de apenas 7 años, fallecido en Caramanta a causa de una bronconeumonía. Rodrigo rememora su muerte con un dejo de tristeza, pues asegura que esa enfermedad se desencadenó tras una paliza que le propinó un desalmado profesor. Ayudante de albañil, con su educación primaria como soporte, se hizo oficial muy joven gracias a su talento y su voluntad. Con la ayuda de una organización religiosa construyó una casita más ‘decente’ en el terreno que se habían apropiado años antes, por la vía vieja que conduce a Guarne, a dos cuadras del terminal de buses.


 


Casi 30 años después de aquello, su madre, convertida al evangelismo y trastornada según Rodrigo, se la vendería al Metro de Medellín, y él pasaría a deambular por distintos sectores de ese barrio, fungiendo como tendero, hasta que por “el querer de la Santa Cruz” compró en 2004, por $ 1.200.000, el terreno que actualmente ocupa, del cual sólo tiene un papel que dice “compraventa”. “Es decir, no tengo nada. Si al Alcalde se le ocurre desalojarme, tal vez me pagarían el cemento y los ladrillos. No tengo nada”. Pero sí tiene una pesadilla: perderlo todo en cualquier momento al no encontrarse legalmente establecido.


 


Se casa a los 33 años con “una mujer que aguanta más que un palo de punta”, según afirma maliciosamente, y sus otros dos hermanos son asesinados por delincuentes comunes o simplemente por enmascarados que, al cumplir con su oscura tarea, confunden a una persona con otra, como si se tratara de un juego de niños. Arbey, el último muerto, cayó en 1990 tras un robo en el centro de la ciudad.


 


Con sus dos hijos, Hélmer y Ana María, se entrega con devoción al último respiro de esperanza: su nuevo lote, porque eso era, un lote con tablas. Y él sabía trabajar. Inició la reforma de su espacio después que su madre, tal vez en un ataque de arrepentimiento, le envió un millón de pesos, los mismos que repartió entre la libreta militar de su hijo –el ahora padre de familia y vecino suyo, hincha fanático del Nacional– y el piso de su rancho. No podía permitirse que se llevaran a su ayudante de albañilería para el ejército, para que le “devolvieran un cadáver más”. Ya tenía suficientes en la memoria.


 


Las otras ayudas fueron entregadas por el colegio laico de su hija, el mismo que se encuentra a 40 minutos de su casa, cruzando una empinada geografía donde se ven pedazos de tierra a punto de venirse abajo y una cañada de aguas negras que desprende olores propios del infierno de Dante, el mismo que muchos políticos han prometido entamborar.


 


Estos auxilios no fueron gratuitos. Son el reconocimiento de las buenas calificaciones de la niña: materiales y elementos de construcción, trasteados desde la explanada hasta la nueva casa a diferentes precios: puertas a 2.000 pesos cada una, bultos de cemento a 2.000, ladrillos a 100, encargándose de este trabajo hombres adultos, mujeres y niños. Subir un metro cúbico de arena con bestias cuesta 25.000 pesos. Después de 20 ó 30 minutos con la carga en sus empobrecidos hombros, esas hormigas humanas alcanzan la paga de otro hambriento que se hace a materiales para afianzar su casa y pegarla a “ese quesito de tierra” que se ha tragado a muchas familias. Con vigas de amarre abajo y arriba, espera con más confianza el próximo sismo. Contrario a su opinión, un ingeniero civil me aseguró que la tabla es un material más adecuado para un fenómeno de éstos, pues no aplasta a sus habitantes cuando la tierra opta por moverse como una hembra en celo.


 


Hablar con Rodrigo es recordar historias comunes de millones de hombres que pueblan este país y que por cualquier razón la sociedad ‘bien’ pretende aislar con pinzas de la realidad. Es mirar un contexto que se pasea hondo y lirondo sin solución, por todos los barrios de invasión de este país, conformados casi siempre por personas desterradas. En este caso son cerca de 450 familias provenientes de Chocó, de Córdoba y de muchas otras partes de Colombia. Es oír tristemente, en boca de alguien que no sale del desempleo absurdo que le brinda esta sociedad como desayuno diario, la necesidad de desconfiar de sus vecinos pobres, como él, pero que a su pesar “son unos desagradecidos” y por cierto “nada confiables”, según le aseguran los reinsertados que siguen caminando ‘desarmados’ por su barrio, pues la estación de Policía construida en la administración Fajardo por Rodrigo y otros seis hombres, y que queda a sólo 10 minutos de su casa, alberga a 30 hombres que “nos brindan protección”, aunque ahora encuentren en los alrededores más personas macheteadas que antes.


 


Hablar con Rodrigo es reencontrarnos con nosotros mismos y con nuestros miedos a reconocernos en nuestra ambigua y trágica historia contemporánea.

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