En el caso de la que ahora comentamos, hay episodios que nos han llamado mucho la atención y que hacen inevitable establecer parangones con las prácticas políticas de nuestro circo nacional, no desprovistas de la picardía propia de los dominadores de la escena cotidiana y que los asimila a “Rubén Valenzuela”. Muchos ‘prohombres’, “Rubenes Valenzuelas”, se reflejan en este bellaco a quien “Rafael Méndez” se le atraviesa en su camino de conquistar y exprimir a su pretendida “Alejandra Maldonado”. Este “Rubén”, cuando se ve entre los palos una vez descubiertas sus fechorías, reclama que “no, no, no, déjenme explicarles todo y limpiar mi nombre”, luciéndose con su capacidad histriónica de la que carecen los políticos que le han salido calcetos al país.
Es clara la coincidencia de actitudes entre este personaje, muy bien estructurado por Gaitán y personificado por Gustavo Ángel. El actor se consagra con su desempeño, hasta el punto de despertar en los seguidores de la novela fuertes sentimientos de rechazo, en la misma forma que los corruptos de la politiquería se hacen antipáticos para la gente que obra honestamente, aunque inmensas cantidades de colombianos sigan ciegos y se dejen seducir por los muñecos que aparecen haciendo el papel de mesías.
Y como en el caso de los personajes que la justicia por fin tiene en la mira por sus actuaciones antipatrióticas, lesivas del patrimonio público y de los derechos humanos, “Rubén Valenzuela” dice que él es inocente, en la misma forma como los implicados en tantas acciones bárbaras –por acción o complicidad y estímulo de hechos ilícitos– aseguran estar tranquilos porque “quien nada debe nada teme”. Compartido en iguales dosis por “Valenzuela”, los parapolíticos y los responsables de peculados y otros pecadillos contra el Estado y contra la población, aquí y allá se muestra el cinismo más rastrero, el mismo cinismo que se pasea por los pasillos palaciegos.
Uno y otros, al fin, resultan incapaces de ‘demostrar’ su inocencia, y entonces comienzan a funcionar para los segundos los hilos que los unen a los timoneles del poder, con el propósito de que se le pueda torcer el pescuezo a la justicia para finalmente salir “con la frente en alto” a realizar demostraciones que no convencen acerca de su pasado, riéndose del presente y mirando hacia el futuro como la continuación de una senda de sus malas artes en la vida pública.
Al final de ires y venires, luego de los descuentos de pena por estudio, por confesión, por buena conducta tras las rejas, por trabajo y otras manifestaciones de tolerancia ante el delito, la opinión ciudadana se olvida de los hechos, como los telespectadores van olvidando la trama de la telenovela que se acaba, para alimentarse paulatinamente de los pormenores de la que sigue, a la par que el país se hunde, asunto que nada tiene de gracioso.
En fin, la gente no se da cuenta de la verdad que subyace en las telenovelas siguientes, y de la verdad que subyace en la realidad política del país. Porque si se diera cuenta de esto último, no reiría de las payasadas de “Chávez”, el pícaro que acolita a “Rubén”, es decir, no reiría de las payasadas políticas de quienes cabalgan a Colombia.


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