En respuesta a la violencia de la reconquista. La «Carta de Jamaica» o Nuestra América visionada

Con el ojo puesto en Cartagena

Los dos meses que transcurrieron entre su entrada a la capital de Venezuela y su salida hacia Santa Marta, rumbo a Cartagena, le sirvieron al ejército expedicionario para retomar fuerzas, acumular información y precisar su plan de operaciones. En Puerto Cabello, con todo en seguro, las embarcaciones fueron ocupadas por no menos de 5.000 soldados, el 12 de julio en el calendario. Por tierra marcharon las montoneras conducidas por Morales. Al brigadier Calzada le ordenaron atacar al reino granadino por la vía de Cúcuta.

La navegación de las fuerzas monárquicas para anclar y hacer presencia en Santa Marta duró sólo 10 días. Los agasajos se repitieron, al igual que en Caracas. Pablo Morillo puso de inmediato en práctica una política heredada de tiempos inmemoriales, extendida hasta nuestros días, para asegurar y profundizar lealtades: les rindió homenaje a los indios de las vecindades –fervorosos realistas–, poniendo sobre el pecho del cacique Mamatoco una de las más altas condecoraciones de la monarquía española. Tras un poco menos de un mes de operaciones y reforzamiento, zarpó para Cartagena, “la plaza fuerte del Caribe”.

Malambo resistió. Por tierra prosiguieron las divisiones venezolanas de Morales, con instrucciones de ocupar los territorios costaneros y las zonas que facilitaran el abastecimiento de la plaza. Fueron mínimos los obstáculos que encontraron a su paso, destacándose la heroica resistencia que interpusieron los pobladores de Malambo, aunque, por su inferioridad de fuerzas y su escasa experiencia, fueron masacrados.

Los barcos anclaron frente a la bahía de Cartagena el 18 de agosto. En los días siguientes “desembarcaron las tropas a barlovento en el puerto de Arroyohondo, cerca de Punta Canoa. Hecho el desembarco, quedó establecido por tierra el bloqueo” (1). Días después llegaron las tropas de Morales, quien estableció sus estancias en la hacienda de Mamonal.

No escucharon a Antonio Nariño. Transcurrieron seis meses desde cuando la máquina de guerra zarpó con órdenes perentorias de reconquista de las colonias de ultramar, un lapso suficiente para que las fuerzas criollas pudieran prepararse ante la nueva realidad al frente. Sin embargo, el tiempo pasó en vano: por una parte, el Congreso Federal se dedicó a deliberar sobre minucias administrativas: cómo hacer ceremonias protocolarias, cómo salir el Ejecutivo a la calle. Sin duda, la inmensa preocupación de Antonio Nariño, por la cual renunció a las ventajas políticas y militares, no se tomó en cuenta.

Por su parte, la oligarquía dominante en Cartagena, en cabeza de su autoridad civil –Juan de Dios Amador– y su autoridad militar –Manuel Castillo–, tampoco reparó en forma acertada en la jornada de la Patria: descuidaron la vitualla de la ciudad, no censaron enfermos e infantes, ni reforzaron la plaza con armas, pólvora y similares. Carecieron de iniciativa, capacidad de maniobra, decisión y organización. Su dedicación se concentró, más bien, en atacar, para que no cogiera mando, al refugiado Libertador Bolívar, con sus cientos de soldados replegados de los territorios perdidos, y en hacer evidente su animadversión contra los hermanos Gutiérrez de Piñeres, siempre exigentes de justicia e igualdad. En estas circunstancias, Bolívar parte para Jamaica.

El plan de Manuel Castillo se limitó a un repliegue en las murallas. De este modo, cedió todo el entorno a Morillo y Morales, quienes pudieron ocupar los alrededores de Cartagena sin oposición ninguna. Castillo, recogido sobre su fuerte, esperando la ayuda del Congreso Federal de la Nueva Granada, de manera necia, persistió en sus prevenciones y maniobras contra los hermanos Gutiérrez de Piñeres, dos de ellos ya refugiados en el Caribe. Tal prevención se extendió sin disimulo contra las fuerzas de Bolívar, que se apostaron en la plaza y que por tal razón fueron movidas para la defensa de puntos no fundamentales. La animadversión se extendió igualmente contra los inmigrantes procedentes de Haití –atraídos por una ley de inmigrantes–, que por no ser petianos despertaban mucho recelo.

Pages: 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12

Información adicional

Autor/a:
País:
Región:
Fuente:

Leave a Reply

Your email address will not be published.