Al enfrentarse a la Independencia política, la inteligencia hispanoamericana, partícipe de una doble raíz cultural, a saber, la hispánico-barroca y la ilustrada atemperada, se propuso encaminar las naciones emergentes hacia un futuro inédito. El terreno de lo desconocido, que se abría ante sí lleno de esperanzas, pero también de incertidumbres, se pretendió descifrar con fórmulas ideológicas conocidas e improvisadas a la vez. De alguna manera la tarea de construir la nación cultural significaba rebasar los límites, en todo caso, contraídos y estrechos, que le había impuesto a este Nuevo Mundo el desvencijado imperio español.
Como en la experiencia occidental, las naciones hispanoamericanas tuvieron que abocarse a una recreación intelectual de los postulados de la nación moderna y entender que tenían que equiparse de nuevos argumentos interpretativos, con una irreversible vocación divulgativa. Una cita del sociólogo Edward Shils (Los intelectuales en los países en desarrollo, 1974), pese a referirse a situaciones contemporáneas de países africanos o asiáticos en busca de su entidad nacional, favorece una comprensión global de este proceso de occidentalización o europeización a que se sometieron a su turno –hace ya doscientos años- nuestras naciones: “La cultura heredada no basta en sí misma para servir de complemento cultural de una sociedad moderna ni para crear el auto-respeto que exige el modernismo. El cultivo de las formas populares de arte y de la medicina tradicional no habrá de satisfacer a las clases dominantes de los nuevos estados, por mucho que les guste presentarse como respetuosas de las tradiciones en todas las ceremonias oficiales. Habrá que contar con la creatividad en los géneros específicamente modernos en la producción literaria y artística, en la investigación científica, en las ciencias sociales, en la historia, así como en el estudio de la literatura, el idioma y las artes. El auto-descubrimiento en gran escala es parte esencial de la formación de una sociedad nacional o translocal, y para tal fin resulta necesaria la investigación humanística y social. Deberá ser como un auto-descubrimiento donde los elementos míticos y ficticios sean tratados con simpatía y sin apasionamientos, ya que en este caso contrario los despreciarán las personas inteligentes, incluso las que se sirvan de ellos con propósitos demagógicos. Para este fin resultan indispensables las modernas técnicas de investigación”. 1
Podemos, en principio, establecer tres periodos que corresponderían a tres “tipos puros” de la historia de los intelectuales latinoamericanos desde la Independencia. Así: I. Primer Periodo. El intelectual y el político (1792-1880); II. Segundo Periodo. El intelectual puro (1880-1930); III. Tercer Periodo. El intelectual como científico social (1930-1980).
I. Primer periodo
Socio-históricamente se enmarca en la llamada “ciudad patricia”, es decir, una categoría acuñada por el historiador argentino José Luis Romero, en su obra ya clásica Latinoamérica: las ciudades y las ideas (1976). En ella se establece una élite comercial que, de algún modo, quiere profundizar los efectos liberadores de la Ilustración. En un momento anterior a la Independencia, en la última década del siglo XVIII, se quiso imponer una forma de conocimiento. El periódico “El Mercurio Peruano”, fundado por la Sociedad de Amantes del País” (1790) o “El Semanario de la Nueva Granada” (1808-1810) ofrecen un claro ejemplo de una tendencia dominante en esta generación. Los nombres de José Hipólito Unanue o de Francisco José de Caldas son representativos, y les cabe las palabras del historiador peruano Jorge Basadre: “En el Mercurio Peruano aparecido en 1791 acaso no hubo una novedad temática; pero haya características singulares. En primer lugar, la lucidez, la claridad y la exactitud, o sea, el racionalismo superando lo confuso, lo arbitrario, lo informe… Ese conocimiento va a ser divulgado no como erudición muerta, ni a través de disertaciones abstrusas, sino a través de estudios exactos sobre la historia ‘contraída a la dilucidación y conocimiento práctico de nuestros principales establecimientos’, sobre el comercio, la industria, la geografía, la vida social del Perú viviente”2. El amor y el estudio a las cosas nacionales, a la patria se impone como proyecto: “Esta es la obra a que se disponen unos hombres estudiosos, y verdaderos amantes de la patria…”, se lee en el prospecto del primer periódico mencionado.
Con el proceso de Independencia y por sus inestimables consecuencias, –inestabilidad concomitante que empieza con levantamientos realistas como los de Boves–, se impone retos y desafíos nuevos. El caudillismo emerge como el fenómeno político más característico y visible. A él se asocia la permanencia e incluso fortalecimiento del sistema hacendario, es decir, ese núcleo básico de la vida económica, de las relaciones familísticas extensas y del poder clientelar. La Iglesia como fuerza espiritual tradicional, pero igualmente dueña de extensos territorios productivos –y no- ejerce una no poca resistencia al cambio. Caudillos son Rosas, Quiroga, Gamarra, López de Santa Ana, Mosquera.
El hombre de letras se presenta en su papel de civilizador. Continúa, hasta cierto grado con los ideales ilustrados –entendido como de divulgación de conocimientos racionales y científicos– pero se amplifica el espectro de sus tareas, de sus temas y de sus medios expresivos. Ante todo, el hombre de letras se siente o es un hombre de estado, un político que influye con las armas de la persuasión escrita y hablada. Política y vida intelectual se fusionan en la misma persona. Las preocupaciones emergentes en la fase constructiva de las nuevas repúblicas –independientes de España– imponen los temas, los ritmos, las formas de la palabra. La lucha contra el caudillo, es decir, contra una manifestación “aberrante” del autoritarismo y el dominio en nuestras sociedades precariamente “civilizadas”, constituye abierta o implícitamente el primer desafío por superar.
El liberalismo criollo, amplificado por lecturas con Tocqueville, Guizot y los socialistas utópicos como Saint-Simon o Fourier, Pierre Leroux o Lerminier, capta nuevos fenómenos, aprende a describir con mayor vigor y comprender con nuevos conceptos las causas del drama americano pos-independentista. Si los nombres de la primera época de la Independencia de España, son Viscardo, Teresa de Mier, Hidalgo, Bolívar, San Martín o Mariano Moreno, ahora los hombres que captan la atención de la opinión pública culta son José J. Fernández de Lizardi, Andrés Bello, García del Río, Olmedo, D. F. Sarmiento, Juan B. Alberdi, Francisco Bilbao, Esteban Echeverría, Lucas Alamán…, entre muchos más.
Su órgano o medio de expresión es la prensa. La prensa se concibe como divulgadora, como maestra –siguiendo la tradición ilustrada– pero ahora el tono polémico, de abierta o atenuada crítica, se amplifica a temas no estricta o prioritariamente, mercantiles o científicos. El análisis social se impone: el estudio de la lengua, de nuestra literatura, de nuestra historia, de las costumbres, ocupan a los hombres de letras. Se escribe, con todo, a prisa; al calor de las circunstancias. En ellos emerge constantemente el tema de España. Este núcleo de la formación de la nacionalidad criolla es decisivo. Liberarse políticamente de España fue el primer paso. Ahora falta enfrentarse a la Madre patria en sus múltiples consecuencias sociales, culturales, literarias. Se ha insistido mucho –por muy serios estudiosos como Pedro Henríquez Ureña– que estas décadas se caracterizaron por su dependencia cultural-literaria de España. Hay razones para pensar lo contrario, o al menos para matizar el juicio. La obra de Sarmiento –a quien un español de apellido Mendivier en una famosa polémica quiso motejarlo con el sobrenombre de Sarmentier, simplemente por su afición a la literatura francesa- no solo se puede entender como una obra de imitación de un modelo anti-hispánico. Curiosamente fue un periodista español Larra, quien proporcionó los argumentos y tonos renovados para atacar la España tradicional. Los hispanoamericanos, como siempre, mostraron ser fieles a sus maestros y superaron el ejemplo. Ejemplo de superación: Facundo. Civilización o barbarie (1845).
Esta obra no nace en el vacío lo había anticipado sus polémicas, a veces feroces, contra todo y contra todos. Nacido en la oscura provincia, en medio de la pobreza, hecho a fuerza de voluntad y un autodidactismo indeclinable, Sarmiento es un tipo nuevo de hombre de letras. La encarnación más cumplida del nuevo ideario post-independentista. Ególatra, caprichos, loco: así fue tildado. Hoy se puede llamar genio de las letras –así lo calificó el español Unamuno, no sin equívocos– sin aporrear la semántica. Al lado de Sarmiento –maestro del ímpetu y la creación prosística– están los más conservadores, por edad y formación, por razones de credo político y sentido mesurado de la tarea intelectual: Bello y García del Río. Antes que la obra de Sarmiento, debe figurar en este brevísimo recuento la de estos hombres de letras, La Biblioteca (1823) y El Repertorio Americano (1826/27). Ellas contienen en su núcleo, insinuada, prevista, anticipada los enormes desafíos para nuestra civilización republicana en ciernes. El poema “Silvas Americanas” de Bello alienta una pasión continental que prosigue o acentúa la tarea bolivariana; su vocación continental expresada por el Libertador en la “Carta de Jamaica” (1815). Su matiz clasicista era también un esfuerzo renovador. Luego concluye su tarea en “El Araucano”, o con la redacción del “Código Civil” o de la “Gramática de la lengua castellana”.
También cabría mencionar para este periodo, la labor de “El Mosaico” en Santafé de Bogotá, que fue tertulia y periódico. De allí nace María de Jorge Isaacs y Manuela de Eugenio Díaz. También es de mencionar la “Asociación de Mayo” en Buenos Aires, “Las veladas literarias” en Ciudad de México, las reuniones del partido de la Unión Nacional en Lima.
Muchos de estos hombres fueron ministros, parlamentarios, algunos presidentes. Redactaron constituciones, leyes, gramáticas, trazaron fronteras y decidieron políticas educativas… también fueron perseguidos, encarcelados y calumniados. Hubo eruditos –cultivaron la ciencia histórica anticuaria o crítica– como el argentino Juan María Gutiérrez, el mexicano Joaquín García Icazbalceta o el colombiano Rufino José Cuervo.
II. Segundo periodo
El segundo periodo se puede enmarcar en las calificadas también por Romero, “ciudades burguesas”. En ellas se respira un clima de civilismo, tras la superación de las guerras civiles y en búsqueda de la quimera dorada del progreso. Se intensifica los fenómenos propios de la sociedad burguesa; es decir, se aclimata una nueva mentalidad impulsada por la adquisición de riquezas por vía de la sistemática explotación de materias primas y mano de obra salariada. Se consolidad el estado nacional. Surgen los primeros brotes de nacionalismo (como en Ricardo Rojas). El lujo se impone, como forma de vida doméstica; “el interior burgués”. El cosmopolitismo, o la intensificación del proceso de europeización se hacen visibles, por lo menos en las nuevas clases ricas. En Buenos Aires se hace más visible y primero. Pero ya en el Bogotá de 1896 –tal como no los describe un Tomás Carrasquilla en su primera visita a la capital– se percibe en los salones sociales elegantes. Hay confianza en este nuevo modo de vivir. Hay también motivos de nueva crítica social, por los fenómenos emergentes que no se conocían en esa dimensión: locura, drogadicción, delincuencia, prostitución. La Iglesia pierde su papel preponderante, o se disminuye al menos.
El artista capta –como en el Azul de Rubén Darío, 1888– los claroscuros de esa fascinante y repulsiva situación. Se observa allí una nueva dimensión de artista o el hombre de letras y la sociedad. Se pone de presente una desarmonía o disonancia, que significa o impele al escritor a refugiarse en su interioridad. Es el “Culto al Yo”. Esto repite o replica a su modo, el problema del “fin del arte”, es decir, en momento en que el artista o escritor se margina de los centros o resortes centrales de la vida social, porque la sociedad ya no precisa de esta fuente de cohesión social. Entre la sociedad burguesa y el intelectual se abre un abismo. Esto lleva a un cultivo de la subjetividad que se traduce como un refinamiento de sus expresiones. El crítico Henríquez Ureña –ya mencionado- lo caracteriza en la figura del ensayista uruguayo José Enrique Rodó, autor del libro-símbolo Ariel: “… su prosa es la trasfiguración del castellano, que abandonando los extremos de lo rastrero y lo pomposo, alcanza un justo medio y se hace espiritual, sutil, dócil a las más diversas modalidades, como el francés de Anatole France o el inglés de Walter Pater o el italiano de D’Annunzio”.3
La consolidación de los partidos políticos, la centralización de la burocracia estatal, las nuevas fuerzas económicas, el crecimiento de las metrópolis urbanas, las formas de nuevas estratificación social, la especialización, etc., forman ese complejo que determina la marginación del artista. Como el resto de la sociedad, el artista, por así decirlo, se especializa. Esta nueva división del trabajo lo impele a seguir a su vocación. Frente a un mundo que juzga vulgar, quiere hacerse una existencia estética. Es tanto un Carrasquilla, pero también, un José Asunción Silva, un Darío, un Herrera y Reissig. También están educadores como Hostos o Varona. El nuevo tipo acabado de estos artistas puros, no surge como ruptura, sino como una acentuación. Los precede por ejemplo un Juan Montalvo –con su “Cosmopolita”-, o Ignacio Manuel Altamirano –con su “Renacimiento”- o sobre todo un Manuel González Prada, con un libro que marca un hito de la nueva ensayística latinoamericana, Páginas Libres (1895). La existencia de estos tres últimos autores mencionados están como en el medio: luchan todavía contra los dictadores, pero a la vez desean fervientemente consagrarse a sus horas de estudios, a su anhelo de perfección estética. Hay novelas notables: Ídolos rotos de Manuel Rodríguez o Ifigenia de Teresa de la Parra.
Las lecturas, por supuestos se amplifican. Ya no son solo los temas sociales los dominantes. Ya aparecen preocupaciones de nuevo orden, que marca los vientos intelectuales del fin de siglo. Nietzsche, su poderoso y difuso influjo, se hace sentir, de las más diversas maneras. También se impone el gusto por el simbolismo o parnasianismo. Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y, sobre todo, el “oscuro” Mallarmé son leídos con gran pasión. Estas lecturas rinden sus frutos positivos, en algunos, en otros son modas que arruinan sus vocaciones y estragan sensibilidades.
El ensayista mayor dominicano ya citado, nos ofrece un ejemplo del ambiente cosmopolita de lecturas de su primera adolescencia: “!Qué multitud de libros recorrimos durante el año en que concurrí a vuestra casa, y, sobre todo, qué río de comentarios fluyó entonces! Vuestro gusto, sin olvidar el respeto debido a los clásicos, a Shakespeare (que entonces releímos casi entero), a los maestros españoles, nos guió al recorrer la poesía castellana de ambos mundos, el teatro español desde los orígenes, del romanticismo, la novela francesa, la obra de Tolstoi, la de D’Annunzio, los dramas de Hauptmann y de Sudermann, la literatura escandinava reciente, y, en especial, el teatro de Ibsen, cuyo apasionado culto fue el alma de vuestras reuniones.”4
Este cosmopolitismo, esa universalización de las letras –en realidad siempre ha existido una curiosidad por la producción europea desde la Ilustración- significó, paradójicamente, una reconciliación –parcial, sea dicho de paso– con las letras españolas. La tensión acérrima, pro o anti-hispánica, si cabe, fue atenuándose. Al par de esta consagración a las letras españolas, que fue característica de Henríquez Ureña o Alfonso Reyes (que no fue beatería reaccionaria como en Miguel Antonio Caro), se insinúan o emergen nuevas formas de sociabilidad. Mientras el libro hace una irrupción más notable, frente a la prensa (aparece Barcelona como capital editora), ciertos ambientes “equívocos”, como la bohemia y la tertulia se imponen. Se impone el poeta dandy, ya no el anterior atildado hombre de Estado. Se impone un modelo de extravagancia, de épater de la bourgoise, es decir, de escandalizar al burgués.
También se encuentra en este período los llamados positivistas. Parecen éstos ir en contravía, del anhelo estetizante modernista. Son dos versiones del proceso de secularización. El positivismo es la Latinoamérica, lo que el krausismo para España. Vía de escape del asfixiante dogmatismo católico y del fanatismo de las confrontaciones liberal-conservadores. México, Argentina, Brasil, en menor medida Colombia tuvo positivistas. Son Gabino Barreda o Carlos Arturo Torres. También se debe mencionar a Justo Sierra. Ellos incrementan la fe por el progreso material, el amor por las ciencias.
III. Tercer periodo. El intelectual científico social
La aparición de las ciudades masificadas, de estas conglomeraciones gigantescas que desafiaban el orden burgués anterior, fue y es uno de los fenómenos sociológicos más impactantes y definitorios de la estructura social de siglo XX en América Latina. Hacia los años veinte y treinta la inminencia de sus efectos más visibles no escapaba a nadie. El desconcierto que ello pudo producir, y que aún produce, es de consecuencia múltiples. La gran urbe arrastraba y sobre todo intensificaba todas las adversidades que se conocieron en el periodo anterior. Pero en el periodo anterior estos fenómenos fueron juzgados, como parte de un mal racial, o al menos como una forma muy particular –en una suerte de “herderianismo” criollo– con que se identificó “nuestra manera de ser racial”.
Las ciudades masificadas no solo atraían sobre sí la mano de obra no calificada del campo a la ciudad. La miseria cobró una dimensión pavorosa; los barrios marginales crecieron y desbordaron toda posible planificación, en caso de que ella fuera prevista. La estructura urbana se resquebrajó por la fuerza de esta presión demográfica inmensa. Pero paralelo a ello surgieron fenómenos políticos desconcertantes. La aparición del populismo, como efecto de esta oleada incontenible de masas desarraigadas, puesto de presente que los fundamentos de lo nacional estaban en cuestión y que el orden anterior precisaba un ajuste o una refacción profunda. Las masas se hacían sentir desesperadamente, y la democracia ilustrado o institucional tradicional –el modelo constitucional y jurídico liberal– apenas podía responder con eficacia a los desafíos gigantescos que la abrumaban.
Un nuevo voluntarismo y una forma audaz, anteriormente desconocida, se imponían. La “hora de las espadas”, como las llamó un poeta argentino, Leopoldo Lugones, reclamaba su espacio. También hay otro caudillo de las letras: José Vasconcelos. Las revoluciones rusa, mexicana, la Reforma de Córdoba, la resistencia anti-yanqui de Mella o Sandino, las agitaciones en todos los frentes, no dan tregua. Frente a ello, el poeta modernista, el anterior hombre de letras cultivado en la sofisticada literatura europea, aunque no fue ajeno a las voces del pueblo rural (como José Hernández con su Martín Fierro o luego Ricardo Guiraldes con su Don segundo Sombra o incluso un José Eustasio Rivera con su Vorágine), parecía incapaz de ofrecer una imagen y un análisis sólido de la nueva situación. El intelectual amateur o simplemente el diletantismo cedieron ante la realidad abrumadora. Una de las primeras obras que puso en claro los límites de la anterior inteligencia –sin condenarla- fue José Carlos Mariátegui con Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1927). Mariátegui parecía cumplir lo que prometió el “Mercurio peruano”, 140 años después. Descendiente de la prosa de Rodó, vía Henríquez Ureña, es Jorge Luis Borges. Es Borges algo más, hijo de su siglo, de las vanguardias, de la Biblioteca de Babel, en fin, pero en su sustancia y núcleo es hijo adelantado, plenitud y superador de la estética modernista.
Con el surgimiento de la sociedad de masas, en el filo de una experiencia nacional traumática, se dieron a luz otras obras que captaban, con nuevos conceptos e instrumentos críticos, la realidad nacional. En Mariátegui, el marxismo sirvió de soporte a su trabajo de investigación social. Mariátegui improvisaba, o mejor, ensayaba otras maneras de ver la realidad natal. La anterior crítica acerva de González Prada, parecía insuficiente a las demandas del un público más exigente y volcado a dar soluciones propositivas al gran drama nacional, el del indio. El tema, en efecto, lo había planteado correctamente González Prada mismo, en su famosa conferencia, “Nuestros indios” (de Horas de lucha). Pero el estudio de la comunidad indígenas, sus aspectos socio-económicos, sus formas de asociaciones familiares o comunitarias, habían escapado al incisivo anarquista. Esta obra de Mariátegui es eslabón o mejor es parte de obras que en ese mismo momento surgían en otros lados y por otros autores. Basta recordar Problemas colombianos (1927) de Alejandro López o Perú: problema y posibilidad (1927) de Jorge Basadre.
Casa grande y senzala (1933) del brasilero Gilberto Freire constituye o encarna el libro de ciencias sociales más determinante de estas décadas. Freire, hijo de una poderosa familia de hacendados del norte del Brasil, pinta una poderosa imagen dinámica, multicultural, de su país, que es símbolo de comprensión y recreo intelectual. Sus sólidos conocimientos antropológicos –estudió antropología en Estados Unidos con Franz Boas-, su gigante y desmesurada erudición y manejo técnico de las fuentes documentales de todo género, y su prosa cautivante, constituyen los ingredientes centrales de este monumento de la inteligencia latinoamericana. Si a ella le cabe un espacio en este epos intelectual, no es menos cierto que sus –hoy por hoy- discutibles tesis –con cierto tono de racista- apenas opacan el conjunto. Su estudio de la sociedad esclavócrata de la época colonial, la fuerte imbricación de elementos culturales –indígena, negro, portugués-, y la fina y pormenorizada historia de las costumbres sexuales de la vida de hacienda en el siglo XVII, de alguna manera no conoce par.
Si Freire marca un hito, de indisputable prestancia universal, a su lado cabe mencionar a Fernando Ortiz con su Contrapunteo del tabaco y el azúcar –acuña el concepto transculturación adoptado por Malinoswski-, Estructura social de la colonia de Sergio Bagú, o los trabajos históricos de Basadre o Silvio Zabala, los sociológicos de Gino Germani o Medina Echavarría o de Carlos Rama, los económicos de Prebish o Faletto y Cardoso. Críticos literarios como Ángel Rama. Para Colombia cabe anunciar los estudios de Luis Eduardo Nieto Arteta, Antonio García, Jaime Jaramillo Uribe, Orlando Fals Borda y, sobre todo, Familia y cultura en Colombia de Virginia Gutiérrez de Pineda. En todos ellos domina el mismo o similar espíritu científico, todos ellos son fuentes de comprensión renovada de nuestras nacionalidad y responden a la pregunta implícita, sugeridas de las violentas tensiones sociales y políticas del siglo XX, de dónde venimos, qué podríamos hacer y que es de esperar de la ciencia en la modela racional –o racionalizante- de nuestras convulsas sociedades. La universidad es el centro de sus actividades. También fundan editoriales como Fondo de Cultura Económica, Losada, luego Monte Ávila o Biblioteca Ayacucho. También Flacso, que es un anhelo de la institucionalización de la nueva tecnocracia del conocimiento científico.
También se “normalizan” los estudios filosóficos; se traduce a Kant –sobre la primera versión de José del Perojo. Se lee a Husserl, Scheler, Heidegger; a Russel. Misteriosamente a Ortega y Gasset.
Para concluir, basta mencionar dos nombres que ocupan un lugar de singular “rareza” en la inteligencia del último medio siglo. Me refiero al historiador argentino ya aludido, Romero, por ese despliegue universal de su obra, que cubre desde la Antigüedad, Edad Media y época burguesa, que lo habilitó a dar una versión revivificadora de la experiencia histórica argentina y latinoamericana. Y en segundo término, el del crítico, ensayista y filósofo colombiano Rafael Gutiérrez Girardot. Estos dos nombres, van de la mano, pues de alguna manera, son los más conscientes y consecuentes herederos de la prosa –y el anhelo de perfección- modernista, y a la vez cumplidos “especialista” en su campo disciplinar.
Luego queda el capítulo abierto y equívoco bajo el impacto de la Revolución cubana. El intelectual se convierte nuevamente en anti-intelectual: el leninsimo capta las mejores mentes. La praxis de los comandantes se impone como meta de la inteligencia. Los movimientos estudiantiles jerarquizan sus nombres: Marta Harnecker, Eduardo Galeano, etc. Es mezcla de marxismo de segunda mano con populismo; de leninismo en su diversas variantes (es estalinismo, jesuitismo proletario) con sancocho…


Leave a Reply