Para Guy Debord, cerebro conspirador detrás de la revuelta de París, autor de
Entre muchos comunistas y socialistas existió durante décadas cierto consenso alrededor de una tesis derivada de la teoría de la lucha de clases, de que la revolución sólo era factible en condiciones de miseria y pobreza intolerables para los obreros; en consecuencia, eran éstos los portadores de la vocación revolucionaria por excelencia. Al resto de sectores sociales no obreros –comerciantes, campesinos, artesanos y demás poseedores de una pequeña propiedad– les restaba no sumarse a los obreros sino transformarse en obreros, ya que su naturaleza de clase era la propia salvación (en contraste, el proletariado no podría romper las cadenas que le oprimen sin antes salvar al resto de la humanidad de toda forma de yugo), lo que los ponía en un plano de relativo conservadurismo. Por esta razón se hablaba de una clase social de vanguardia, agrupada en un partido de vanguardia. Pero esta vanguardia, al brindársele la posibilidad de participar de un parlamento, es decir, del sistema ‘democrático’ francés, y que al interior de éste pudiera realizar reformas conducentes a mejorar las condiciones salariales de los obreros, de alguna manera iba cediendo en su lucha revolucionaria. En este punto se ubica el cuestionamiento de diferentes colectivos como
La perspectiva teórica y metodológica adoptada por los jóvenes artistas y escritores de
Hablar en nuestros días de esa interrupción del tiempo histórico de 1968, bajo la perspectiva situacionista, implica necesariamente la valoración constante de la actividad soñadora y la interacción humana, para poder contar con la capacidad de luchar en condiciones que en la comunicación encuentren un espacio público para lo político-alternativo. El movimiento global de resistencia que mostró su poder de convocatoria antes de inaugurar el nuevo milenio, durante las reuniones de
* Miembro del Semillero de Investigación en Pensamiento Filosófico-Político de


Leave a Reply