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Mayo de 1968 y la crítica situacionista de la sociedad

Para Guy Debord, cerebro conspirador detrás de la revuelta de París, autor de la Sociedad del Espectáculo y fundador de la Internacional Situacionista, era necesario desarrollar nuevas formas de confrontación anticapitalista, ya que el sistema, de manera subrepticia, había mutado en tipos de producción de plusvalía hasta entonces insospechados, que se instalaban en el espacio del ocio y el consumo. El rostro de esta mutación era el espectáculo como forma-de-poder hecha imagen: colonización del espacio cotidiano por un deseo insaciable de consumir mercancías, que más allá de satisfacer necesidades reales parecían adquirir alma propia, cubiertas por un halo mágico y fantasmagórico ante el cual sucumbe de rodillas el espectador-consumidor. ¿De qué manera resistir a tal poder? Y, más aún, ¿sigue siendo el proletario el único sujeto histórico capaz de confrontar el modelo de sociedad imperante?


 


Entre muchos comunistas y socialistas existió durante décadas cierto consenso alrededor de una tesis derivada de la teoría de la lucha de clases, de que la revolución sólo era factible en condiciones de miseria y pobreza intolerables para los obreros; en consecuencia, eran éstos los portadores de la vocación revolucionaria por excelencia. Al resto de sectores sociales no obreros –comerciantes, campesinos, artesanos y demás poseedores de una pequeña propiedad– les restaba no sumarse a los obreros sino transformarse en obreros, ya que su naturaleza de clase era la propia salvación (en contraste, el proletariado no podría romper las cadenas que le oprimen sin antes salvar al resto de la humanidad de toda forma de yugo), lo que los ponía en un plano de relativo conservadurismo. Por esta razón se hablaba de una clase social de vanguardia, agrupada en un partido de vanguardia. Pero esta vanguardia, al brindársele la posibilidad de participar de un parlamento, es decir, del sistema ‘democrático’ francés, y que al interior de éste pudiera realizar reformas conducentes a mejorar las condiciones salariales de los obreros, de alguna manera iba cediendo en su lucha revolucionaria. En este punto se ubica el cuestionamiento de diferentes colectivos como la Internacional Letrista, el Movimiento Internacional para una Bauhaus Imaginista y el Comité Psicogeográfico de Londres (que en 1957 se organizan en la Internacional Situacionista), a todas las formas de hacer política revolucionaria que no tuviese en cuenta procesos de alienación culturales y biopolíticos.


 


La perspectiva teórica y metodológica adoptada por los jóvenes artistas y escritores de la Internacional Situacionista implicaba una distancia crítica con respecto a esquemas revolucionarios como las versiones de socialismo soviético-estalinista y chino-maoísta. Es decir, estos modelos no escapaban de la reproducción de una forma de espectáculo concentrado que, al igual que las democracias burguesas –aunque éstas de manera más difusa–, anulaban al individuo en sus potencialidades creativas para modificar el mundo y construir nuevas formas de poder que partieran de la capacidad de imaginar otros trayectos en el espacio, como un nomadismo revolucionario basado en un situacionismo metodológico que se preocupara por las macroestructuras que rigen las fuerzas sociales, pero sólo en conexión con las dimensiones vehiculadas por la contingencia de una situación, en la esfera de lo microsocial. El mero acto de caminar en cierta dirección implica un acto político.


 


Hablar en nuestros días de esa interrupción del tiempo histórico de 1968, bajo la perspectiva situacionista, implica necesariamente la valoración constante de la actividad soñadora y la interacción humana, para poder contar con la capacidad de luchar en condiciones que en la comunicación encuentren un espacio público para lo político-alternativo. El movimiento global de resistencia que mostró su poder de convocatoria antes de inaugurar el nuevo milenio, durante las reuniones de la OMC en Seattle; las campañas del EZLN en Chiapas por la dignidad, por la importancia de la tierra; los grupos ambientalistas, etcétera, son una luz de esperanza para quienes han padecido los desastres de una alienación que traspasa lo económico para escabullirse hacia el pensamiento mismo. Por eso, como pintaban los jóvenes parisienses en las paredes de la ciudad, debemos llevar ¡la imaginación al poder!


 


*          Miembro del Semillero de Investigación en Pensamiento Filosófico-Político de la Universidad Tecnológica de Pereira. Estudiante de Etnoeducación y Desarrollo Comunitario.

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