Presentación
Que la democracia está en crisis, no hay quien lo niegue. La discrepancia se puede referir si se trata de una crisis pasajera o de forma, o si expresa algo más profundo, a saber: el agotamiento de una oferta; y, además, una esperanza imposible de realizar dentro del actual sistema económico, social, político, cultural, militar, nacional e internacional.
El anterior no es un juicio caprichoso. Es la conclusión a la que se llega luego de revisar situaciones e indicadores económicos que son retomados desde diversas partes del mundo, los mismos que desnudan las hondas disparidades sociales que imperan por doquier.
De ello hacen parte, por retomar algunas particularidades, las imágenes de policías que golpean a quienes protestan en contra de las injusticias en uno u otro país, así como militares que amenazan con sus armas a quienes pretenden cruzar fronteras en procura de un mejor porvenir; se acompañan de los relatos de quienes padecen prisión por exigir respeto de los Derechos Humanos o por cuestionar el statu quo.
También son parte de ello, los testimonios de quienes han sobrevivido a la persecución en sus países por demandar la renuncia de sus gobiernos a megaproyectos que, en su concreción, implican el desplazamiento de miles de familias y la destrucción de irrecuperables fuentes de agua o el desmonte de bosques, entre otros efectos.
Como también lo son, a pesar de la indiferencia y/o el desinterés ‘democrático’, el intento de miles por ganar con su esfuerzo cotidiano lo necesario para alimentar sus cuerpos, con el deseo siempre presente de encontrar un empleo que les asegure ingresos dignos, así como una vivienda espaciada, al tiempo que una plaza para cursar sus estudios; intento que en repetidos momentos y diferentes escenarios choca con la parafernalia de los políticos gobernantes en su juego de simulaciones y falsedades para aparentar lo que no son, para distraer sobre los intereses que los motivan y las ejecuciones que sí pretenden realizar; pero también con la falsedad de quienes, habiendo acumulado inmensas fortunas, dicen obrar, a través de sus fundaciones, a favor de la justicia, en contra del hambre que padecen millones, en defensa de la Tierra que ayudan a destruir con sus grandes empresas con inversiones en minería, transporte, monocultivos, entre algunas de ellas. Son imágenes, relatos, testimonios, parafernalia, artificios procedentes desde diversos puntos del planeta y que confirman en el diario vivir que de la democracia no va quedando mucho más que la cáscara. La pulpa ya está podrida.
Es una descomposición generalizada, con desigualdad total: ocho personajes atesoran lo que en conjunto logran reunir 3.600 millones de personas en todo el mundo. Por su parte, en un rango más cercano, en América Latina y el Caribe, en 2017, el 10% más rico de sus pobladores concentró el 68% de la riqueza total, mientras que el 50% más pobre accedió solamente a un 3,5% para sobrevivir (1). Es decir, es evidente que afrontamos una democracia de nombre, por ello hueca, sin igualdad. En otra cara de esta realidad, y de acuerdo con un informe de la ONU, 821 millones de quienes habitan el planeta padecen hambre –una de cada nueve– y más de 150 millones de niños sufren retraso del crecimiento (2).
Cerrando el foco, detallamos en Colombia que los ingresos de los más ricos contra los de la clase media arrojan resultados escandalosos: lo devengado por el 1% más rico es 11 veces el de la clase media, el del 0,1% es 52 veces y el del 0,01% es 149 veces. Aún peor, si comparamos estas cifras con los más empobrecidos del país, los resultados indican que el ingreso del 1% más rico es 39 veces el del 10% más pobre, el del 0,1% es 275 veces y el del 0,01% es 789 veces (3).
Ante esta realidad, en perspectiva global, miles de miles de hombres y mujeres, adultos y niños, negados de lo fundamental para llevar una vida en dignidad, se ven ante la imperiosa necesidad de atravesar territorios a pie; en embarcaciones, buses, trenes, en procura de un futuro cierto para sí y para los suyos, reclamando un derecho humano fundamental: vida digna. Actúan, arriesgan sus vidas, ante un no futuro que se les ofrece en su país de origen. Negados en lo más elemental, cruzan el territorio natal y, al llegar al suelo elegido para reconstruir sus vidas, reciben como bienvenida muros, alambradas, cuerpos policiales enfilados para agredirlos en caso de persistir en su intento por ingresar en territorios en los que desde hace años o décadas han bloqueado el paso. No hay duda: no son bienvenidos, ni ellos ni los pobres o excluidos. En ningún Estado hay disposición para atenderlos a cargo del presupuesto nacional. La libertad, en este caso para el trabajo –lo que en realidad buscan–, ya no es tal: el derecho quedó en el papel.
Mucho menos tiene vigencia vivir en tranquilidad, sin ser espiados los excluidos y la totalidad social, pues ahora un conjunto de sistemas inteligentes registra lo que hace cada individuo, desde sus compras, los placeres en los restaurantes, los transportes diarios, el desarrollo del trabajo o el padecimiento del desempleo, hasta las expresiones políticas, los sueños de vida mejor, las inconformidades.
Parece ficción pero es realidad: por donde transitamos cada día somos registrados por cámaras de video, y en otros lugares, donde llevamos nuestras existencias, lo somos por parte de sistemas inteligentes que reúnen todo lo que quieren saber sobre nuestros gustos y disgustos. Todas nuestras comunicaciones pueden ser registradas al momento, y para ello los teléfonos móviles y computadoras que llevamos sirven como puertas traseras y micrófonos abiertos. El Estado policivo es ya una realidad global, y la libertad una quimera (4).
Estamos ante una regresión social, inimaginable hasta hace pocos años, y sin respuesta adecuada por parte de la sociedad progresista en todos y cada uno de los países. Su insuficiente reacción es alarmante. ¿Dónde quedaron las acciones con liderazgo social por remover y renovar desde sus cimientos el actual estado de cosas? ¿Dónde están las marchas de multitudes que demandan el derrumbe de muros y alambradas, reclamando que el planeta sea nuestra casa, con puertas abiertas para entrar y salir cuando queramos, con destino indefinido si así lo decidimos o con rutas predefinidas si esa también es nuestra decisión? La fraternidad, en forma de solidaridad como acción común entre iguales, quedó enterrada entre los odios atizados por los poderosos, que, pese al paso del tiempo, persisten en reforzar la diferencia entre países, además de avivar el miedo entre iguales como recurso óptimo para explotar y beneficiarse de mercados controlados con aranceles y otras arandelas del comercio global, y de ahondar su control social con tecnologías de diverso tipo y uso, con normatividad restrictiva, a la par que con la militarización de ciudades y campos, y el estímulo a la atomización social.
Pero la crisis de la democracia registra otros muchos indicadores, en este caso en Colombia: la usurpación y el uso con beneficio particular de miles de hectáreas de propiedad de minifundistas y microfundistas, o territorios colectivos y/o comunitarios, deja su rostro inocultable, extensiones apropiadas para extender sobre ellas grandes proyectos extractivistas que arrojan, como efecto inmediato, por un lado, el desplazamiento de millones de pobladores del campo y, por el otro, el ahondamiento de una crisis ambiental que resalta cómo las relaciones democráticas entre humanos, y de estos con otras especies, es solamente el registro de una utopía cada vez más lejana de ver realizada.
Según organizaciones como el Comité de Oxford de Ayuda contra el Hambre (Oxfam), en esta crisis ambiental, por unos dólares más, el 1% de privilegiados, en su imparable concentración de riquezas y poder en general, ya aparecen entre los poderosos del mundo que siguen ahogando al planeta con excrementos de todo tipo, principalmente con todo lo que se conoce como gases de efecto invernadero, monóxido de carbono y similares. Resultado: ni fraternidad ni solidaridad entre nuestra misma especie, ni entre ella y todas las otras que habitan –cada vez más arrinconadas– el territorio que nos correspondió por casa.
Tenemos, entonces, democracia formal pero sin contenido. De modo que la sociedad tiene ante sí una forma democrática que guarda apariencias –el voto– pero niega realizaciones plenas: económicas, sociales, ambientales y de otros órdenes, sin las cuales la Carta de Derechos Humanos no es más que la relación de un conjunto de buenos deseos. ¿Dónde la democracia representativa toma cuerpo de participativa ante el cambio de rumbo en la decisión de temas cruciales para nuestra vida diaria? ¿Existirá algo más crucial que la vida? ¿Dónde, por tanto, llaman a la sociedad a decidir sobre el conjunto de aspectos interrelacionados con ella? ¿Dónde la sociedad opina y decide sobre los Organismos Genéticamente Modificados (OGM), megaminería, extractivismo como un todo, modelos de ciudad potenciada por multinacionales fabricantes de carros, como aquellas dedicadas a la industria del petróleo? ¿Qué sociedad debate y decide abiertamente sobre asuntos como modelo de trabajo, jornada laboral, uso del tiempo libre, ingresos quincenales o mensuales de los millones de quienes venden su fuerza de trabajo? ¿Alguna sociedad llamará a consulta para decidir si ir o no a la guerra? –algo crucial que determina la vida en el presente allí donde esta se desata.
Previamente, ¿alguna sociedad es llamada a decidir –sí o no– si la industria bélica toma lugar en su país? La muerte, de la mano de los poderosos del planeta, como en cada uno de los países en que está dividido el Sistema Mundo Capitalista, mantiene su dominio. Y la antidemocracia es la muerte, en su configuración más cotidiana, para quienes habitamos estos territorios; muerte que registramos como suceso incontrovertible cuando yacemos ya sin respiración, con nuestros órganos silenciados en su ritmo articulado segundo a segundo, muerte que no es casual, pues en verdad llega propiciada al respirar en cada instante un aire que nos ahoga, al consumir alimentos que no nutren y sí afectan en forma diferencial nuestro organismo, al bañarnos en aguas que ya no limpian sino que enferman. De suerte que no resulta casual el creciente registro de enfermos y muertos por cáncer y otras dolencias de difícil tratamiento y cura, enfermedades y dolencias acumuladas en nuestros cuerpos por consumir alimentos poco sanos, así como por respirar aire contaminado. Y son enfermedades previsibles y prevenibles pero que la antidemocracia reinante propicia y multiplica en los entornos que habitamos, de espaldas a las mayorías y de frente a los intereses de las grandes corporaciones y su afán de lucro.
Pese a esta realidad de cementerio ampliado, aún queda espacio para hacer realidad nuestros sueños como especie. ¿Cómo proceder para que la democracia –más allá de formal– tome forma directa, radical? ¿Es posible que la libertad recupere sus pasos, así como la igualdad y la fraternidad-solidaridad, y como resultado de todo ello la justicia?
Trataremos de tales interrogantes y de sus opciones para el presente y un futuro que, en unos primeros acercamientos, abre ventanas en las páginas que integran este escrito. Para ello, nos remitiremos al concepto y el sentido más recientes de la democracia, tratando de desnudar las limitantes que la maniatan y las posibilidades alternativas ante las que estamos concitados para que tome su real potencial, propiciando por su conducto una vida en dignidad para el conjunto de seres humanos que habitan (habitamos) esta casa llamada planeta Tierra.
En la proyección de esa mirada, a un lado quedan las referencias a la ‘democracia’ de otra época, soportada sobre el trabajo sometido de miles de esclavos, que no brinda luces prácticas para los retos abiertos por el sistema socio-económico hoy imperante. Son retos de tal envergadura que nos llevan a escribir estas páginas con el anhelo de que las mayorías de cada país, ante la imposibilidad histórica que carga la burguesía para hacer realidad la democracia integral, sean quienes asuman el reto de luchar y defender la democracia directa, radical, asambleatoria, no solo formal o delegativa, que como humanidad requerimos para ser –precisamente– una especie que asuma el reto de vivir hermanada consigo misma, así como con otras, con las que comparte el microcosmos en este minúsculo globo que gira alrededor del Sol, y del cual somos responsables ante el presente que vivimos, y ante quienes lo habitarán en décadas por venir, para lo cual son condición irrenunciable una justicia en todos los niveles, una visión integradora sobre la vida con estimación ecológica plena y una ética de altos valores.
Al revisar el concepto de democracia, estaremos entrando y saliendo de la mirada global, con lecciones de luchas de miles por una sociedad sin concentración de poderes ni privilegios de cuna; una sociedad de iguales en que la justicia económica sea el soporte para una libertad plena, en que la propiedad no descanse en pocas manos, el trabajo, con adecuado acceso a tiempo libre, sea condición para la realización individual y colectiva, pero también para contar con los ingresos suficientes que permitan llevar el día a día con plena dignidad, sin excesos pero con lo necesario para que vivir no sea sobrevivir; una entrada y salida que retoma la particularidad Colombia, heredera de parte de esas gestas y en lucha sin descanso por hacerlas realidad, buscando desnudar así las promesas incumplidas de igualdad, libertad y fraternidad, y dejando al descubierto que la “democracia más vieja del continente” es apenas un mito que esconde las barbaridades de un poder que elimina a sus opositores, al tiempo que manipula y desfigura la realidad, impidiendo que la sociedad concentre su mirada en la clase y los sujetos propiciadores de la antidemocracia, la misma que permite la concentración de riqueza, la desigualdad social, la violación de los Derechos Humanos, la concentración de poder, el autoritarismo, la desinformación, la manipulación.
En este recorrido, como soporte necesario, vendrán a mano los sustentos que permitieron la germinación de la democracia que hoy conocemos y que asimismo sembraron las semillas de las formas profundas que ha de incorporar y ser, a saber: las luchas potenciadas en su concreción por la Revolución Industrial, la primera, la Revolución Francesa, la Revolución Bolchevique, así como otras luchas sociales, económicas y políticas que a lo largo de los siglos XIX y XX posibilitaron que un tipo de régimen político pretendiera trascender el poder de casta, ofreciendo ponerles fin a las desigualdades sociales de todo tipo, recogido todo ello en los Derechos Humanos hoy reconocidos a nivel global.
Entonces, ¿por qué la promesa democrático-burguesa quedó sin realización? ¿Por qué la burguesía, por más que quiera, no puede hacer realidad la promesa que en un momento dado le ofreció a la humanidad? ¿Cómo han actuado las minorías en Colombia para bloquear la anhelada democracia plena? ¿Qué ha significado ello para millones de pobladores a lo largo de su historia? ¿Cuáles son las circunstancias de nuevo tipo que ponen en manos de la sociedad plebeya en general, y de los sectores progresistas o revolucionarios en particular, la bandera de la democracia plena, directa, radical, asambleatoria? ¿Es hoy –como lo fue ayer– revolucionaria la lucha por la democracia? ¿Cuáles son las medidas mínimas por encarar en el aquí y el ahora, de modo que se haga realidad tal democracia en un régimen poscapitalista? Estos interrogantes se deslizan a lo largo de este escrito, animándolo y brindándole la pertinencia requerida.
¿Es posible hacer realidad la democracia plena, integral, que a primera vista parece una utopía más? Al avanzar sobre esta temática, sentimos que otra democracia sí es posible y que nos corresponde encarar el reto de concretarla a quienes sufrimos las consecuencias de la implementación de la democracia formal, la realmente existente, sentando las bases para que la misma germine en beneficio de nuestros pueblos y de la humanidad en su conjunto. En tal perspectiva, nos acercamos a indispensables acciones de índole económica, social y política –hoy realizables–, para avanzar hacia otra sociedad y otra democracia, no formales, que ya indican con claridad que trascender la deformada y limitada democracia reinante sí es posible, y no solo eso sino que además ya está en formación.
Entre quimeras, confrontaciones, avances y retrocesos, las sociedades experimentan y viven sus limitaciones y sus potencialidades. Son tiempos de cambio y debemos aprovecharlos para hacerlos realidad plenamente.
1. Oxfam: “El 10% más rico de Latinoamérica concentra el 68% de riqueza”, https://www.dw.com/es/oxfam-el-10-m%C3%A1s-rico-de-latinoam%C3%A9rica-concentra-el-68-de-riqueza/a-42260023.
2. “El Estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2018”, Naciones Unidas, http://www.fao.org/3/i9553es/i9553es.pdf.
3. Villamil, Jaime, “La pobreza ahoga a la clase media”, periódico desdeabajo, 24/06/2016
4. “El gobierno estadounidense, en total desacato de su acta de fundación, cayó víctima de esa tentación, y en cuanto probó el fruto del árbol venenoso empezó a sufrir una fiebre implacable. En secreto, asumió el poder de la vigilancia masiva, una autoridad que, por definición, aflige mucho más al inocente que al culpable”. Snowden, Edward, Vigilancia permanente, Editorial Planeta, 2019, p. 17; Maldonado, Carlos Eduardo, “II. La red Echelon: El control de internet y todas las comunicaciones”, en: Sociedad de la información, políticas de información y resistencias, Ediciones Desde Abajo, Bogotá, marzo 2019.



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