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Al capital se le agota el combustible

El paro de transportadores en España y
lasfuertes protestas de este gremio en Francia, Bélgica y Portugal por los altosprecios de los
combustibles son una muestra clara de que los efectos negativosde los procesos inflacionarios de las
materias básicas no se limitan al campode los llamados países del Tercer Mundo, los que siempre
terminan afrontando enforma trágica las consecuencias de los ajustes estructurales del capital. Si
eltrigo, el arroz y el maíz se encuentran disparados, el petróleo parece noencontrar techo. ¿Qué
está pasando? En la mayoría de los comentarios podemosleer que las crecientes demandas de China e
India, sumadas a factoresespeculativos, son dos de las causas fundamentales. Sin embargo, aun si
seacepta para la discusión esa explicación, lo que no termina por señalarse es sientre los dos
fenómenos existe alguna correlación.

 

Parece claro que, pese a que
el crecimientochino e indio comenzó hace más de un decenio, su efecto sobre los precios vienea
manifestarse ahora de manera tan abrupta, cuando la década pasada fue deprecios bajos para las
materias primas. En el caso del petróleo, no cabe dudade que apenas en la segunda mitad de los 90 el
debate sobre la brecha entrenuevos descubrimientos y producción, y entre crecimiento de la demanda
yreservas, se convierte no solamente en un objeto serio de análisis sino ademásen un tema de interés
político aunque limitado a los altos círculos del poder.Lo cual, sin embargo, es razón más que
suficiente para que, bajo las nuevascondiciones de una reconocida escasez estructural, las
relaciones entreexpectativas de comportamientos de la demanda en el largo plazo y preciosadquiera
una nueva dimensión. Los estudiosos del Pico del Petróleo (Peak Oil)fueron los primeros en poner el
dedo en la llaga, y hoy por fin se ha terminadodándoles la razón.

 

Ahora bien, si se recapitula un poco en lahistoria más reciente de
las condiciones energéticas, se debe recordar que despuésde la crisis de los 70 se presenta como
necesidad una nueva estructuratecnológica que tenga entre sus prioridades los bajos consumos de
energía. Elrelativo éxito de esa nueva política, centrada en el sector automotor
(aumentosignificativo del kilometraje recorrido por litro de combustible), vino areforzar el llamado
“optimismo tecnológico”, según el cual las soluciones acualquier problema están per se inscritas en
la ciencia. Y paradójicamente esefue el sustento sobre el que se apuntalaron los bajos precio del
petróleodurante casi 20 años, pues se hizo creer que la sustitución energética eraposible sin trauma
alguno. Así que, si de lo que se trataba era del agotamientodel combustible fósil, pues que más da,
ya que la ciencia correría en nuestraayuda. En esa forma, la poca prudencia que pudo despertar la
crisis delpetróleo se echó por la borda, y sobre la base de unos precios bajísimos de
loscombustibles (y en general de las materias primas) fue posible construir laefímera bonanza de los
90, que se mostraría como el gran resultado delfundamentalismo del mercado.



 

El
derroche consumista y el optimismo quedespierta en las élites el surgimiento de un mundo unipolar,
que algunosincluso llegaron a considerar como “el fin de la historia”, frenan los procesosde
diversificación del suministro energético y prácticamente extinguen lasinversiones estatales en el
sector. El abandono a la lógica del mercado de laproducción y distribución de la casi totalidad de
la energía terminafacilitando un estrecho ajuste entre oferta y demanda, que desdeña las reservasde
capacidad (hablamos de la infraestructura productiva del sector) en razón deque muy pronto se hace
notorio que los déficits de oferta jalonan los precios aniveles que compensan y más lo que se deja
de ganar por las ventas que sehubieran hecho si la capacidad instalada fuera mayor, lo cual
finalmente haceque el suministro se encuentre siempre en el filo de la navaja y que se inicieuna
etapa de inestabilidad de los precios con tendencia estructural al alza.

 

De
suerte que los combustibles fósiles hanterminado soportando la economía despilfarradora del
automóvil y sustentando elsuministro eléctrico para el consumo de los hogares y de buena parte de
laindustria, lo cual representa el 67 por ciento de esa generación, contra el 17de la energía
nuclear y el 16 de la hidroelectricidad.

 

De ese modo, la especulación
sobre el petróleono es gratuita y los altos precios no constituyen lo que se conocetradicionalmente
como una “burbuja económica” (tal como lo sospechan analistascomo Paul Krugman), pues un alza
sostenida de la demanda, con una capacidadinstalada que trabaja al tope, hecho que ya ha tenido que
reconocer el gobiernonorteamericano mismo, es condición más que suficiente para que un precioelevado
de los combustibles fósiles se sostenga en el mediano plazo, salvo,claro está, que se diera un crack
económico de grandes dimensiones que tiraraal piso la demanda y le quitara presión a la capacidad
instalada.

 

Quienes, incluso desde la izquierda, sostienenla tesis de la
especulación como producto de una simple conspiración, olvidan amenudo que en el problema del precio
del petróleo está inscrito el fenómeno dela renta del suelo (en este caso, el subsuelo), descubierta
por la economía clásicay desarrollada por Marx, en la cual se muestra que ésta es un
fenómenosubsidiario del precio en el que, por tanto, la demanda tiene un papelimportante (mayor,
mientras más se acerca a sus formas monopólicas). Que setengan que utilizar “tierras marginales más
malas” (en este caso, pozosmarginales con mayor costo de extracción) sólo se hace necesario cuando
lademanda así lo exige. Y al sostenerse que los mayores costos de extracción (losde las arenas
bituminosas) son tan solo de $ 40 dólares en la actualidad,quedando sin explicación alguna los casi
$ 100 dólares adicionales que se estáncobrando hoy por un barril de petróleo, se deja de lado el
problema de la rentaabsoluta, es decir, la parte que están dispuestos a ceder los demás
grupossociales a cambio del uso del espacio productivo primario en situaciones deescasez
estructural.

 

Debemos recordar que, según ASPO (AsociaciónPara el Estudio del
Pico del Petróleo), el uso actual de la energía fósilequivale a la fuerza de 22 mil millones de
esclavos trabajando las 24 horas, loque indica la importancia del costo evitado que representa la
quema de esaenergía y por tanto el margen de renta que se esta dispuesto a reconocer por suuso. Con
ello, no queremos justificar, ni mucho menos, el enriquecimientoilimite de los agentes vinculados a
la industria petrolera, sino llamar laatención sobre las nefastas consecuencias que tiene el
abandono a las fuerzasdel mercado de los materiales fundamentales para la reproducción social;
asícomo la necesidad de utilizar los instrumentos teóricos de la Economía Políticaen la comprensión
de los fenómenos de nuestro tiempo. El capitalismo se estapegando un tiro en un pié y al parecer no
nos damos cuenta, lo que obviamenteno debería preocuparnos si no fuera porque de la forma en que lo
haga dependela suerte de buena parte de la humanidad y de sus logros.

 

¿Qué
hacer?

 

James Lovelock,
padre de la hipótesis Gaia,sostenía en su libro más reciente que la única salida era retomar el
desarrollode la energía nuclear. Sin embargo, más allá de las dudas en cuanto a laseguridad de este
tipo de fuente y lo que concierne al manejo de sus desechos,los expertos estiman que para una
sustitución significativa del petróleo serequiere construir entre 1.300 y 1.500 centrales nucleares
adicionales. Peroque, si se tiene en cuenta que las 439 centrales actualmente en
funcionamientoconsumen al año 66.500 toneladas de uranio, las 3‘340.000 toneladas de
reservasaccesibles de ese metal no durarían más de medio siglo. Y que si bien éste seencuentra en
relativa abundancia en el mar, su escasa concentración puede hacerno sólo costosa su extracción en
términos monetarios sino incluso negativo subalance energético, es decir, que se requiera más
energía para su extracción dela que termine generando. Ese balance se conoce técnicamente como
EROEI-energíaobtenida por energía invertida.

 

Sobre la energía eólica
existen las mismasdudas, pues, si se sustituye el consumo de energía primaria por este tipo
desuministro, se necesitan 32 millones de generadores, cada uno con un peso de200 toneladas de cobre
y acero, que acaban por hacer de estos metales unosbienes altamente escasos. El uso de la energía
solar enfrenta el mismo problemade los materiales y del espacio que exigen los paneles para capturar
la luz,que puede llegar a millones de kilómetros cuadrados. Sobre el hidrógeno, esclaro que no se
trata de una fuente energética propiamente dicha, pues, al noencontrarse libre en la tierra,
requiere para su separación el uso previo deenergía. Además de que, luego de aislado, produce apenas
un cuarto de energíapor unidad de volumen, si se compara con el combustible actual, lo que
implicamultiplicar por cuatro los depósitos físicos para su utilización. Sin contar,claro está, con
que el balance de su EROI aún está en discusión.

 

Ello tan solo nos deja como
camino laverdadera racionalización del uso energético y una lucha continua por losdecrementos del
consumo. No se puede pensar en energías alternativas sin modosde vida alternativo; es decir, la
sustitución del petróleo no es posible sin lasustitución de la lógica del capital, y eso al parecer
no lo entiende aún lamayoría de los movimientos progresistas: que las condiciones ‘objetivas’, o
sise quiere la “infraestructura material”, le están dando un gran mentís alcapital, que todavía
somos incapaces de asimilar y convertir, no sólo encontradiscurso sino asimismo en metas y acciones.
En Colombia, la academiatambién parece huérfana: ¿a qué niveles ha penetrado la discusión sobre el
Picodel Petróleo? ¿En cuántas facultades de economía se discute la obra deGeorgescu-Roegen? ¿En
cuántas de sociología se pronuncian al menos los nombresde Serge Latouche, Walter Lipman y en
general de los defensores deldecrecimiento? Y no se piense que abogamos por estar a la moda sino
porentender que el mundo vive una real encrucijada de la cual parecemos
ausentes.

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