El hombre que yacía en la calle manejaba un pequeño taxi y,
por resistirse, había sido asesinado por un maleante que quería llevarse su
producido. El desalmado no tuvo piedad para impactar dos balazos en el rostro
del conductor y salir con 80 mil pesos, producto del trabajo, de las carreras
nocturnas del otro.
El único testigo de la escena, ocurrida el jueves 17 de
abril a las 7 de la mañana en el barrio San Javier de la localidad de San
Cristóbal, en Bogotá, era un joven toro prieto que pasteaba en el potrero
adyacente a la calle del macabro asesinato. Su mirada despreocupada y su
flemático rumiar daban cuenta del grado de importancia de la situación: otro
taxista más, otro robo más. Ya la familiaridad de los actos dejan de
sorprender, y tristemente todo se convierte en cotidiano y natural.
¿Por qué llegamos a tales extremos de deshumanización? ¿Qué
tipo de seres viven en esta sociedad que realizan actos abyectos sin la menor
consideración?
Es el sistema –dijo uno de los hombres que miraban la
escena–; sólo un afán descarrilado de lucro y avaricia, combinado con una
economía injusta que acrecienta unas cuantas riquezas y perpetúa infinitas
pobrezas, puede dar cuenta de estos actos.
Es el sistema –repetí–; las lógicas del modo de producción
capitalista son la genealogía de una moral materialista y una ética ladina. No
existe respeto por el trabajo del otro, sólo importa mi interés y mi placer: yo
por encima de todos, lo cual convierte a la sociedad contemporánea en una
carrera despiadada de supervivencia.
Esta conclusión tomada aquel jueves tomó más fuerza un par
de días después, cuando doña Blanca García, madre cabeza de familia que trabaja
más de 10 horas diarias, como cocinera, para devengar un salario mínimo, fue
asaltada por un individuo cuando ella retiraba su quincena del cajero
automático. Más rabia, tristeza e impotencia no se pueden sentir. El llanto de
doña Blanca casi no conmueve al casero que exigía el arriendo del mes, pero por
ser ella muy cumplida le dio dos semanas para pagarle.
A decir verdad, así como vemos espíritus miserables, avaros
y egoístas, producto de la moral capitalista, también observamos actos
generosos, fraternos y humanos que dan alas para fomentar la bella quimera de
una sociedad mejor: los compañeros de doña Blanca hicieron una rifa para
conseguir el dinero y recuperar parte del botín hurtado. Ojalá los hijos y la
esposa del taxista asesinado hayan tenido a su lado corazones fraternos que nos
permitan creer que siguen existiendo seres humanos, a pesar del sistema.


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