Asumido como un asunto de menor importancia, el deporte se vive y sobrevive en Colombia en un ambiente de parias. El porcentaje que se le asigna en el presupuesto nacional, en el rubro “Cultura, deporte y recreación”, 220.442 mil millones, como parte de los 125,5 billones de pesos del presupuesto nacional, es decir, el 0,175 del total nacional, priorizado además para patrocinar deportistas de alto rendimiento, resume a todas luces el nivel que dentro de los planes de Estado y de las políticas públicas se le concede a un elemento formativo de primer orden, hasta el punto de que en el concierto internacional el nivel alcanzado por los deportistas refleja en buena medida el nivel mismo de cada país. Los resultados no pueden ser peores: nueve medallas, entre oro (una sola), plata y bronce, en cerca de 70 años de Olimpiadas. Lo que más destaca es que la mayoría de los triunfos descansan en manos de deportistas provenientes de familias pobres: los boxeadores Clemente Rojas, Alfonso Pérez y Jorge Eliécer Julio, y las practicantes de la halterofilia nacional Mábel Mosquera y María Isabel Urrutia, así lo precisan. La excepción a la regla es quizá Helmut Bellingrodt, destacado en tiro deportivo, no así las ciclistas Ximena Restrepo y María Luisa Calle, aunque tampoco se puede decir que vivan en la abundancia.
Divorciado de políticas fundamentales en toda sociedad, como las de educación, cultura y salud, y, dentro de cada una de éstas, de importantes áreas de la vida diaria -como la política de juventud, de convivencia e integración social, de lucha contra las drogas, y de identidad nacional y regional-, el ejercicio atlético marcha al garete, al vaivén de los esfuerzos que hagan las familias y los propios practicantes. Sin duda, el deporte es un reflejo del país y de la manera como se le gobierna; y reflejo asimismo de la forma como quienes detentan el poder ven a sus practicantes y al deporte mismo.
Dejado en manos de cada devoto, de sus esfuerzos y riesgos individuales, y del acompañamiento que pueda encontrar en una liga departamental, de la suerte de contar con un buen entrenador, el deporte criollo sobrevive al son de las casualidades. O, en el mejor de los casos, sometido al interés de alguna empresa privada. No es casual que sus mejores atletas provengan de familias humildes, donde a punta de esfuerzo y sacrificio sus hijos se enfrentan al ‘destino’, tratando de batirlo. Lo hacen a puro pulso. Los ricos, sobre la base de la herencia asegurada o del capital amasado, sin necesidad de ‘derrotar el destino’, se dedican a los negocios.
Estas visiones y las realidades que vivimos se materializan en la educación en general, campo en el cual no tiene lugar un proyecto atlético y deportivo integral. Desde la primaria, la educación física es una materia de segunda, asumida como un relleno. Los espacios con que cuentan los centros de estudio, en su mayoría, son insuficientes para una buena práctica, bien por el terreno destinado para ella, bien por su aireación o bien por la dotación con que cuentan. No es extraño ver a chicos y chicas, uniformados, en plena ‘práctica deportiva’, corriendo alrededor de su centro de estudio, en una activididad que con toda seguridad aporta muy poco a la educación y la formación del educando.
Así, sin sentido de formación del cuerpo y la mente, sin valoración cabal de la importancia de las prácticas atléticas en la formación humana, sin su interrelación con la salud corporal y mental, con la convivencia y la integración social, el deporte queda reducido a algo así como un suceso ocasional, algo que se ve, o algo que se compra o se vende.
Es el caso de los deportes que más se han comercializando, sea el fútbol, sea el ciclismo, sea el boxeo, sea el tenis u otro. Potenciados por el afán de lucro de comerciantes, empresarios y banqueros, el deporte deja de ser un espacio de formación, integración y recreación para tornarse en un negocio más. En esa lógica, los deportistas no importan por lo que son y por el proyecto de vida que quieren concretar sino por lo que pueden producir y multiplicar. Además, se les mira por encima del hombro, apenas como obreros de la actividad física. Reducidos a objetos, sometidos a intensas jornadas de disputa en incontables campeonatos anuales, sin una posible capacidad humana para resistir, terminan sometidos y dependientes de drogas de variada clase, estimulantes de diverso origen para rendir lo que de manera natural es imposible.
Así, la practica deportiva deja de ser la posibilidad de un referente de vida para las nuevas generaciones, espacio de integración y convivencia, fundamento de valores y sentido de vida en toda sociedad avanzada, para reducirse a un simple y vulgar asunto de dinero. En esa tónica vemos en todas las ciudades de Colombia que deportes como el fútbol ya no son espacios de integración social sino todo lo contrario: oportunidades para competir y desarrollar poder. Los negociantes lo saben. También los políticos y los mafiosos. Así terminan constituyéndose las famosas barras bravas, donde se cuece de todo, menos deporte, y ámbito en el cual se fomenta el concepto inconsciente de que ‘mi’ equipo es lo único importante del mundo.
Pero en este mismo deporte, quienes desean practicarlo ya no asisten a su formación en las primeras categorías con el sentido y el espíritu de recreación y formación sino con la aspiración de “ser profesional”, es decir, de ganar mucha plata. El deporte deja de ser entonces eso, recreación, esparcimiento, solidaridad, para transformarse en un trabajo más. De ese modo, el deportista, en este caso el futbolista, pero también el ciclista, el boxeador y otros, pasan a ser obreros, una cifra salarial más dentro de la nómina de una importante empresa. Y muchos entrenadores ya no forman alumnos porque realmente son negociantes de vida y de ilusiones.
De suerte que el deporte está desvirtuado de su función y su sentido histórico, además porque el Estado ha cejado en su papel de principal promotor y garante de los espacios, políticas y dineros para que así sea. Abandonado el tema deportivo en manos de los particulares, puede pasar cualquier cosa. Y así ocurre en Colombia.
Sometido a los sobresaltos de las improvisaciones -sin proyecto nacional, cultural, deportivo y humano–, niños, jóvenes y adultos no cuentan con una política deportiva que les permita recrearse, formarse, competir, compartir, proponerse metas y realizarlas, y adquirir hábitos saludables para toda la vida ni sentir que está contribuyendo a la construcción de un país.
Por eso, las madres o los padres, cuando sus hijos obtienen algún triunfo como el de Diego Fernando Salazar en Beijing, exigen y esperan que se les recompense. ¿Qué les ha dado la sociedad? Nada. Entonces, es lógico que ahora hagan lo más apropiado. Razonar sencillo pero lógico. Ya que nunca está presente, ahora que el Estado reclama el triunfo del chico como propio, pues que cumpla con sus deberes sociales. Y entonces que “así como se ven las pesas, que se vean los pesos”.
Es ésta una síntesis crítica y dolorosa de la inexistencia de un proyecto nacional que vaya más allá de la permanente manipulación de los colombianos.


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