Un extraño eje está tomando forma. No el del “Mal” que reuniría a los “enemigos” de Occidente. Ni el de Donald Trump o Vladimir Putin. Sino una alianza, tan popular como poco conocida: la Internacional de los censores, donde se codean autócratas, demócratas y burócratas.
Amordazado por las plataformas digitales al final de su primer mandato, Trump prometió restaurar la libertad de expresión en Estados Unidos. Animó a sus seguidores, cuyas opiniones, a menudo escandalosas, fueron perseguidas en los campus progresistas y en las redes sociales. Seis días después de su segunda toma de posesión le prohibió a la Fuerza Aérea estadounidense (US Air Force) enseñar a sus reclutas la historia de los aviadores negros de la Segunda Guerra Mundial. Tres días después, mientras ciertas palabras desaparecían de los sitios web gubernamentales (diversidad, exclusión, género, socioeconómica, subrepresentada, etc.), un decreto apuntaba a los estudiantes extranjeros que muestren su apoyo a los palestinos, equiparándolo a un “apoyo a la yihad”. “Los deportaremos”, amenazó la Casa Blanca. Desde entonces, la policía ha detenido a un estudiante de la Universidad de Columbia, Mahmoud Khalil.
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