La urbanización desordenada es lo que prima. Junto a los intereses de los constructores privados y aun de obras públicas. Las zonas verdes son insuficientes e inequitativamente distribuidas por estratos. Una lista, que es más larga: i) ¿Relleno de humedales para construir vivienda y obras de infraestructura?, ii) contaminación a la vista de fuentes de agua, iii) eliminación de zonas verdes y blandas, iv) permisividad de polución atmosférica por vehículos e industria, v) eliminación de vegetación sin criterios técnicos sustentados, y vi) siembra de especies en forma homogénea, entre otras acciones, se permiten y se llevan a cabo a pesar de las protestas de la ciudadanía en toda la ciudad y su exigencia de corresponsabilidad mutua. El caso de Bogotá y sus habitantes, quienes cada día sufren mayores penurias sanitarias y económicas por hechos como inundaciones, deslizamientos, desbordamiento de aguas, largas temporadas de sequía o lluvias, entre otras, es el ejemplo más negativo a la vista.
En algunos casos, en épocas de verano, las ciudades alcanzan de 10 a 15 grados centígrados más arriba de su temperatura normal por la generación de gases que produce el uso de combustibles fósiles. La absorción de calor por parte de las zonas duras (andenes, calles, construcciones), la disminución de las zonas blandas y verdes con vegetación, y la rápida evacuación del agua por sumideros o alcantarillas, disminuye el enfriamiento natural en razón de la alta evaporación y la transpiración del agua. A la vez, los contaminantes atmosféricos disminuyen la velocidad del flujo de calor de las superficies urbanizadas y duras, y de salida del aire caliente hacia las afueras de la ciudad con el efecto “isla de calor urbano”. Ya ocurrió durante varios días de enero de 2010 en ciudades como Bogotá.
Aunque la capital tiene el Decreto 469/2003 (POT) sobre los ecosistemas estratégicos urbanos, no plantea medidas para recuperar y conservar los árboles. El Decreto 531 de 2010, el Acuerdo 327 de 2008 y el Manual de Silvicultura no evitan que los árboles sigan con el manejo de un objeto más del mobiliario urbano. No como un componente de un ecosistema. En su esencia, permiten “su aprovechamiento y comercialización” con criterios mercantilistas, mientras las entidades distritales competentes se hacen los de la vista gorda.
Zonas que antes eran blandas o que se debieran recuperar como tales y ser arborizadas desaparecen en áreas duras: parques con cemento, andenes, rondas de fuentes de agua, canalización de quebradas, ciclovías en humedales, y separadores, plazoletas y antejardines. Urge entonces, hace falta conocer, identificar el comportamiento de los ecosistemas urbanos, para determinar su adecuada intervención y su manejo. Ni en el país ni en el Distrito existe un programa de investigaciones científicas básicas y aplicadas de ecología, como base para tomar determinaciones y realizar actividades operativas que conduzcan al control de las consecuencias contra el medio ambiente, cada día más graves.
Las ciudades se comportan como ecosistemas. Poseen las características de los naturales: organismos bióticos (vivos) que se mueven en un ambiente abiótico (inertes) y que interactúan; con componentes funcionales como los organismos autótrofos (productores) y heterótrofos (consumidores) que conforman cuatro elementos. Estos son:
1. Sustancias abióticas, o sea, compuestos inorgánicos y orgánicos, básicos del ambiente. 2. Productores o autótrofos: aquellos que elaboran su propio alimento y sirven de alimento, partiendo de substancias inorgánicas 3. Consumidores, llamados también heterótrofos, que se alimentan de los anteriores, y 4. Desintegradores que alteran material muerto, absorbiendo productos de descomposición y liberando otros más simples (Odum, Eugene P. Ecología, 2ª ed. México, 1959) Además los nutrientes como el nitrógeno, fósforo, potasio, calcio. etc. y los ciclos de nutrientes y agua.
Las políticas y la legislación sobre el tema siempre han obedecido a intereses personales, y de grupo y/o decisiones inconsultas de la realidad y las comunidades. Aisladas y totalmente descoordinadas, no están compiladas en una política, programa, plan o proyecto integral para contrarrestar y mitigar los efectos del cambio climático, el calentamiento global, la polución atmosférica, la inestabilidad del clima y la incontrolable generación de residuos, entre otros fenómenos; por irresponsabilidad en algunas actividades humanas productivas.
A la vista están las políticas de convertir las ciudades en campos de batalla por lograr una “competitividad y modernismo neoliberal”, incentivada y permitida por las diversas administraciones distritales y aprovechada para su bolsillo por un grupo de contratistas y constructores que vienen ganando la batalla en la eliminación y el deterioro de los ecosistemas naturales, y así mismo en el desplazamiento de las comunidades sociales más vulnerables de Bogotá.
La ciudad como ecosistema y sus ‘cadenas’
A medida que las ciudades crecen y que las actividades humanas causan efectos negativos en los recursos naturales e impactan sus áreas naturales aledañas, hay un resultado que obliga a reflexionar y definir cuán éticos son el manejo y la utilización de estos ecosistemas y sus recursos naturales. Asimismo, es necesario trabajar propuestas, políticas y acciones, que prevengan, mitiguen y recuperen los mismos y eviten su deterioro.
Cadenas alimentarias Los productores y consumidores, como partes viva, están interrelacionados mediante complejas redes llamadas cadenas alimentarias. Es importante conocerlas en el manejo del ecosistema vegetal urbano, ya que la interrupción o la eliminación de una parte de la cadena pueden afectar a organismos y ecosistemas en forma inesperada. Los ecosistemas vegetales de la ciudad son sistemas abiertos, con flujos de energía y materiales que entran y salen permanentemente de los mismos. Sus componentes bióticos son la gente, los animales, la flora y los microorganismos; un ambiente físico abiótico de agua, aire y suelo, flujo de energía proveniente del sol y los ciclos de elementos como el carbono, el agua y los nutrientes, entre otros. Así, esta perspectiva incorpora componentes físicos, biológicos y sociales para interaccionar y complementarse.
La energía solar que toman las hojas de las plantas es transformada en alimento, y una parte de la energía absorbida fluye como calor en el aire; otra es usada en la evapotranspiración o evaporación del agua. Los materiales que entran al ecosistema lo hacen como fertilizantes, lluvia o irrigación, plantas invasoras a través de semillas o combustibles fósiles.
La ciudad es mayormente consumidora, tomando de los ecosistemas que los rodean, como los agrícolas, los ganaderos y los bosques, la producción de alimentos, energía y recursos. Por tanto, los ecosistemas vegetales urbanos pueden ser mitigadores de la presión y el desgaste de los recursos naturales. De ahí la importancia de preservarlos y darles un adecuado manejo.
Cuando hay una alta cobertura de árboles en una ciudad de clima caliente o en épocas de verano, esto podría disminuir el uso del aire acondicionado con un ahorro de energía que disminuiría el uso de los diversos recursos que la generan. Las coberturas vegetales baja, mediana y alta prevendrían y mitigarían las inundaciones y los recursos que se invierten para su control, ya que recontaría con zonas de infiltración, almacenaje y evapotranspiración de las lluvias. Los propios desechos como hojas y ramas cumplirían su ciclo de descomposición, suministrándoles materia orgánica a los suelos y la vegetación, disminuyendo costos en su limpieza y el uso de fertilizantes, además de formar capas protectoras de la erosión y el deterioro (University of Florida.School of Forest Resources and Conservation, Florida Cooperative Extension Service, Institute of Food and Agricultural Sciences, Universidad de Florida. Junio de 2000).
Otros efectos del inadecuado manejo de ecosistemas urbanos
Una gran cantidad y un enorme volumen de vegetación especialmente arbórea pueden reducir en varios grados la temperatura (McPherson 1994). La evapotranspiración de los árboles baja la temperatura en dos formas: cuando la lluvia es interceptada por las plantas, la evaporación de esta agua enfría el aire, y en el proceso de transpiración el agua que toman los árboles del suelo la expelen sobre el mismo, regulando y bajando su temperatura. Así, los ecosistemas vegetales reducen el calor en la medida en que almacenan menor cantidad del mismo. En cadena, usan la energía solar para enfriamiento, debido a la evaporación, y brindan sombra a construcciones duras que requieren menos consumo de energía de combustibles fósiles para enfriarse. Disminuyen las emanaciones contaminantes, en general, calientes como la de los sistemas de aireación acondicionadas.
El mejor modelo para un buen manejo de los ecosistemas vegetales urbanos es el de los naturales propios del área. La historia y el origen de su conformación deben ser investigados, conocidos y aplicados, ya que ofrecen la información y la base útiles para construir los proyectos de recuperación, restauración y paisajísticos de las ciudades. Su identificación potencia las funciones que estos otorgan, como son: conservación de energía, manejo de inundaciones, control de la erosión, conservación de fauna nativa y manejo de residuos vegetales. Su impacto afecta también la salud de los habitantes, ya que especialmente la polución atmosférica incide en el incremento y la agudización de las enfermedades respiratorias (alergias, asma, enfisemas pulmonares, neumonía, entre otras), que afectan a las personas de la tercera edad y también a los niños. Sin embargo, las entidades responsables de la investigación, el control y la vigilancia no cumplen su función de autoridad ambiental (Secretaría de Ambiente).
Los planes de gobierno no son coherentes y cada cuatro años cambian sin tener una continuidad de políticas de Estado. En cambio, el país asiste a la aplicación de proyectos temporales que únicamente acarrean pérdida y desperdicio de recursos financieros, obras aisladas, y el deterioro de la calidad de vida de la ciudadanía. Los ejemplos abundan. Y es lamentable que la administración del Polo Democrático no fuera diferente ni tuviera la voluntad política ni la capacidad administrativa para reorientar esta caótica situación.
Los intereses particulares por encima de los generales, la improvisación por encima de la ciencia, la investigación y las decisiones autoritarias ajenas a los requerimientos sociales y democráticos, es lo que aún persiste. Para sorpresa, se afianzó en la ciudad, que con esperanza se puso en manos de un Polo que levantó expectativas, sin enfrentar el reto de un cambio, y en este caso, en la esfera ambiental y social.
*Ingeniera Forestal y Especialista Ambiental.
Incomprensión del problema
En la actualidad es una fórmula por parte de las Secretarías de Planeación y Ambiente del Distrito Capital de Bogotá, el Plan Distrital de Silvicultura, Jardinería y Zonas Verdes por mandato del Acuerdo Distrital 327 de 2008 y el Decreto Distrital 531 de 2010 del Concejo de Bogotá. Con un término en el primer semestre de 2011. Este plan debe determinar los lineamientos, las acciones y los proyectos por ejecutar en el manejo de las áreas verdes y la vegetación en la ciudad.
Este proceso dispone un contrato con la Universidad Distrital cuyos montos, objetivos y resultados no han sido socializados con la ciudadanía, como tampoco el Plan Distrital mencionado ni los avances realizados hasta la fecha.
La preocupación de las comunidades interesadas es que no elaboren más planes ni proyectos a sus espaldas; que su ejecución no sea la adecuada, con inversión y desperdicio de los recursos públicos, como ha sido característico en las últimas administraciones, en especial la actual, por terminar.
El Decreto 109 de 2009, que determina las funciones de la Secretaría de Ambiente en su artículo 5 literal a), señala: “Formular participativamente la política ambiental del Distrito Capital”, aspecto no cumplido, ya que todas las políticas en este campo son elaboradas siempre por los funcionarios y los contratistas de turno, sin la participación de la ciudadanía.
De ahí que ejecutan acciones para ‘resolver’ las necesidades inmediatas de infraestructura de sectores privado y público, como el caso del Transmilenio, la Avenida Mariscal Sucre, el Aeropuerto Internacional, entre otras, que brillan por despojar a la ciudad de zonas verdes y del arbolado antiguo, reemplazándolos por zonas endurecidas y arbustos y árboles que en poco tiempo vuelven a talar por no responder a criterios humanos de urbanización y conservación ambiental a largo plazo, que mejoren las deplorables condiciones ambientales y sanitarias de la ciudad y sus habitantes.
La vida, la flora y la fauna como objetos de comercio
Los sistemas económicos a través de la historia han convertido los elementos de los componentes bióticos y abióticos de los ecosistemas naturales en objetos de uso y comercio. Les otorga un valor que sólo se mide en dinero y ganancias económicas para sus propietarios. Por ende, los miembros del reino animal y vegetal son valorados, casi exclusivamente –salvo raras excepciones–, por los productos y los servicios que suministran, de acuerdo a las condiciones del tipo de sociedad que impere en el momento. Así, sus funciones en los ecosistemas naturales y en la cadena de la vida han sido rebasadas por estas concepciones utilitarias y de lucro que se han impuesto a través de la historia.
Esto establece una relación inversamente proporcional entre el decrecimiento de los recursos naturales y el crecimiento económico. La degradación, el deterioro y la desaparición de diversas especies e individuos, el acelerado desequilibrio de la naturaleza con consecuencias funestas para la fauna y flora, y, por supuesto, para las comunidades humanas que benefician.
La flora, que con la altísima biodiversidad de las plantas son los únicos seres que producen el elemento vital para la supervivencia del hombre y otros seres del reino animal: el oxígeno, y son, además, los productores o autótrofos en la cadena alimentaria base del tipo de vida que existe en la Tierra, junto con las demás funciones benéficas que cumplen. Lo cual nos lleva a la conclusión contundente de que, sin ellos, las demás especies, entre ellos el hombre, no sobrevivirían en los diversos ecosistemas y desaparecerían del planeta.


Leave a Reply