Hoy voy a usar para este análisis sobre la violencia basada en género1 contra las mujeres en Colombia la primera persona. Lo hago en forma estratégica, bajo el fin de hacer ver que las palabras que salen de este artículo son las mías y que no hablan en representación de todas las mujeres, ni siquiera de una sola: que hablan en representación mía, persona a la que casualmente la sociedad define como “mujer”. También la senadora conservadora Lilian Rendón (calificada a sí misma como “necia”) se considera “mujer” pero ella, a diferencia de mí, sí habla bajo un discurso en el que no sólo cree representar sino que define a todas las mujeres. Hablo de las muy conocidas ya declaraciones que la senadora antioqueña realizó en torno al “caso Bolillo” (también altamente conocido) en una entrevista con el periodista Yamid Amat.
Mi discurso se mueve entre si es contraproducente o no darles más cancha a estas declaraciones. Pero al final considero que en este contexto, desde donde escribo, también es fundamental poner en entredicho ciertas afirmaciones que, como investigadora en asuntos de género y como responsable de esta sección, tengo la obligación de aclarar desde todas esas teorías que han tenido como objetivo que tanto el sexo como el género femenino dejen de ser marcadamente discriminados. Por tanto, utilizaré simplemente este punto de partida para hacer una serie de relaciones lógicas que se desencadenan de las declaraciones antes mencionadas, ya que mi anhelo consiste en que las personas que lean esta pieza sean conscientes de las desastrosas consecuencias que pueden tener determinados discursos expulsados desde la falta de responsabilidad (en este caso, de un cargo político).
También he pensado mucho sobre si utilizar a la senadora como punto de partida pueda desembocar en una condena a ella –y no a Bolillo– por el acto violento. Es decir, que en una sociedad que tiene la tendencia a ‘lapidar’ a las mujeres, la crítica finalmente sea más fuerte para ella, desviando la atención del hecho violento de este último. Como ya lo he expuesto anteriormente, no considero que una mujer represente a nadie más que a sí misma, y es desde ahí desde donde procedo.
En primer lugar, daré unos datos para contextualizar el revuelo formado en torno al suceso del entrenador de fútbol. Nada ha sido contextualizado y todo tiene que serlo. Es decir, que, si yo estoy hablando de que hay hombres que también son violentados por mujeres, puedo estar debatiendo sobre algo susceptible de tener sentido; pero, si lo hago tras la agresión de un hombre hacia una mujer, podemos decir que ciertas opiniones –sacadas de contexto– son una mera irresponsabilidad. El contexto de Colombia es el siguiente:
Según la Encuesta de Demografía y Salud de 2010, el 65 por ciento de las mujeres entrevistadas afirmaban que “sus esposos o compañeros ejercían situaciones de control sobre ellas”. Entre las situaciones más frecuentes que mencionaron, la más asidua cubre un 39 por ciento. De otro lado, el 32 por ciento de las mujeres que alguna vez estuvieron unidas en una relación de pareja contestó que sus compañeros ejercían amenazas contra ellas. Las amenazas más presentes son las de abandono (21%), seguidas de las que les aseguran a las mujeres que les quitarán los hijos (17%), y las amenazas de retirarles el “apoyo económico” (violencia patrimonial o económica en un 17%).
En lo concerniente a la violencia física llevada a cabo por compañeros o esposos, la Encuesta de 2010 afirma que el 37 por ciento de las encuestadas reportó haber sufrido este tipo de agresión física. La casi totalidad de estas mujeres (85%) aseguró sufrir lesiones y/o secuelas (físicas y/o psicológicas), como consecuencia de las agresiones físicas. Entre los diferentes tipos de violencia física que se contemplan, se destacan: los empujones o zarandeos (33%), los golpes con la mano (27%), las patadas o los arrastres (12%), las violaciones (10%), los golpes con objeto duro (9%), los estrangulamientos (5%), y los ataques con arma de fuego o arma blanca (3%).
Y, lo que a mí ya no me sorprende: solamente el 21 por ciento de las mujeres que recibió estas agresiones (una quinta parte), decidió acudir a un médico o médica, o a algún centro de salud para recibir tratamiento e información. ¿Por qué? Entre otros motivos, por las opiniones como las de la senadora, que enfatizan en que son las propias mujeres las culpables de estos hechos. Asimismo, de este 21 por ciento que acudió en busca de ayuda, una tercera parte no recibió información sobre las posibilidades de denunciar al agresor y sobre el procedimiento para hacerlo.
También, y porque de manera contextualizada también se aportan estos datos, el 59 por ciento de las mujeres agredidas respondió a la violencia agrediendo a su compañero de la misma manera, y el 37 por ciento lo hace cuando su pareja no lo está haciendo (en ese momento). Sí, señoras y señores, las mujeres también saben defenderse.
Por otra parte, el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses (INMLCF), en lo que respecta a la “violencia intrafamiliar”2 y asimismo a los datos de 2009, asegura que la violencia no fatal ascendió a 93.862 casos, con 4.059 más que en 2008. La violencia de pareja ocupó el primer lugar (con 61.139 casos) y las mujeres fueron –como en años anteriores– las principales víctimas, con el 88,6 por ciento. En cuanto a los casos más extremos de VBG contra las mujeres (el feminicidio), las cifras ascendieron en 2009 –según el estudio Forensis 2009 (INMLCF, 2009)– a 1.523 mujeres asesinadas, o sea, más de cuatro mujeres al día.
El falso “Ellas se la buscaron”
Para seguir con la argumentación, he de decir que las afirmaciones que aseguran que “las mujeres se la buscaron” desconocen la estructura violenta contra ellas que reconoce y apoya el sistema patriarcal y androcéntrico, y que, debido a este reconocimiento, muchas personas tienden a defender la violencia ejercida contra ellas, justificándola como un “acto natural y esencial”, consecuencia lógica de la “estupidez y la necedad” de su propia existencia. Es decir, las mujeres son ‘castigadas’ como modo de ‘recordarles’ su patente ‘inferioridad’, y por ello, cuando la senadora dice que las mujeres no somos fáciles de manejar, mi pregunta es: ¿acaso las mujeres tienen que ser manejadas? La violencia contra las mujeres es una violencia estructural que se manifiesta a lo largo de múltiples violencias (no sólo la física).
La cultura reserva para ellas la violencia económica, ejecutada por las propias empresas (según datos de 2009 de la Confederación Sindical Internacional, en promedio, las mujeres ganan 22,4 por ciento menos que los hombres en iguales trabajos, de acuerdo con un estudio que incluye 20 países); la violencia psicológica, la patrimonial, la urbana, etcétera, etcétera, etcétera. Es por todo ello que se habla de estas identidades como “identidades subordinadas múltiples”.
¿Qué nos lleva a la discriminación más grande de la historia que afecta a más de la mitad de cualquier país? Frases como las que dicen “las mujeres no somos fáciles de manejar… somos muy necias”, y que, al final, insisten en la idea de que todas las mujeres somos iguales; que compartimos una esencia, un destino común de violencia, y que –debido a esta generalización– no gozamos de juicio ni raciocinio para acometer absolutamente nada que no sea recibir golpes. Es por ello que hoy hablo en primera persona. Han sido muchos años de feminismo los que han intentado romper con todas estas ideas que sustentan la discriminación.
Nada tengo que objetar a la afirmación de la senadora en la que cuenta que si su marido le casca es porque se lo ganó. Nada tengo que objetarle, puesto que es una mujer, diferente de todas las otras, opinando sobre su propia realidad y sobre cómo considera sus asuntos. Ahora bien, tengo un problema grave cuando la senadora habla de todas las mujeres, generalizándolas bajo el pretexto de la esencia común (ella habla de una patología dentro de la mujer que induce a reacciones como las de Bolillo) y, por tanto, ofendiéndome al decirme, entre otras, que soy “insoportablemente agresiva”.
Ante este hecho, y llevando a cabo la teoría que ésta lleva a cabo, le diría: si todas las mujeres son necias, usted lo es; si todas las mujeres son insoportablemente agresivas, usted lo es. Y así, utilizando todos estos calificativos nada acordes a un puesto político y a un cargo público, y usando los razonamientos machistas que usted misma ha utilizado consigo misma, le diría que usted (al igual que Bolillo) no es apta para el cargo que sustenta. Y bajo este hecho, y a modo de ejemplo, reproduzco con usted la misma forma de proceder que ha hecho que la sociedad discrimine todo lo que tenga que ver con lo femenino; no sin antes recordarle a Bolillo y asimismo a sus defensoras y defensores que existe una ley (entre ellas, la 1257) que condena sus acciones. Que si el señor Bolillo Gómez agredió a una mujer, arropado él por una sociedad que durante siglos ha justificado la violencia contra las mujeres, negándolas y mintiendo sobre las miserias que ejecutan, llevados de la mano de privilegios machistas, entonces Bolillo Gómez donde tiene que estar no es en las opiniones sino en una celda.
Lo único que tienen en común las mujeres que son violentadas es la sociedad discriminatoria y la violencia que las violenta (y valga la redundancia). Mujeres violadas, en situación de desplazamiento, ‘empobrecidas’ por una sociedad que las empobrece, esperan que alguien le grite “necio” al Estado que en forma constante les está invitando a ponerse la soga al cuello. El mismo que las toma por “necias”. Ellas merecen su disculpa y la restitución de sus derechos, pero, por otra parte, qué podemos esperar de una de las promotoras de la recolección de los famosos cinco millones de firmas presentadas por el Partido Conservador para conseguir una reforma constitucional que acabe con el derecho de las mujeres a la interrupción voluntaria del embarazo… Ante hechos semejantes, ¿cómo consigue ser una de las más votadas? La respuesta es fácil: porque todavía hay personas que llevan su misma bandera y que votan por la negación de los derechos y por el reconocimiento del machismo, el clasismo, la discriminación y la violencia altamente institucionalizada y politizada. Lástima que los derechos de las mujeres todavía sean caldo de cultivo de las opiniones y no de la justicia.
* Título de una obra de Miguel Lorente.
1 “La violencia de género, es […] aquella violencia física, emocional, sexual, institucional o simbólica que se ejerce contra las niñas y mujeres y contra los varones, limitando su libertad y exigiendo que sus comportamientos y roles se atengan a las prescripciones y mandatos asignados socialmente al género masculino o femenino” (Nogueiras, 2007, p. 193).
2 Aunque así se nombre, considero que este es un término inapropiado para estos casos, ya que el prefijo intra sigue insistiendo en que la violencia de género contra las mujeres es una cuestión relacionado con “al interior de”, es decir, privada. Precisamente, la lucha pasa por que este tipo de violencia sea reconocida de modo estructural a una sociedad y, por tanto, como una violencia pública y condenable.

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