En 1960, los científicos de la Nasa Manfred E. Clynes y Nathan S. Kline publicaron en la revista Astronautics un artículo titulado Cyborgs and space. Al parecer, allí se emplea por primera vez el concepto de cyborg, formado a partir de la fusión de dos términos: “cibernética” y “organismo”. Clynes y Kline concebían al cyborg como una entidad híbrida humano-máquina, capaz de autorregularse y adaptarse de modo satisfactorio al hostil ambiente espacial. El cyborg sería una suerte de organismo vivo acoplado con máquinas informáticas. Estas máquinas funcionarían de manera coordinada con los respectivos componentes orgánicos característicos del cuerpo humano. La idea era sencilla: el cyborg, en tanto sistema bío-técnico, podría establecer una relación adecuada con su ambiente a través del control y la retroalimentación automáticos, de ese modo los seres humanos se dedicarían a pensar, crear y explorar.
La figura del cyborg resulta particularmente útil para entender la complejidad de nuestra época, puesto que involucra tanto ciencia y razón como imaginación y deseo. En ese sentido, podríamos afirmar que el cyborg se convierte en un tropo útil para la comprensión de los sistemas técnicos imbricados con nuestra existencia orgánica y social, pero también en una figura mítica emparentada con otras figuras presentes en la heterogénea trama de la cultura occidental. Por ejemplo, podríamos concebir al cyborg como una renovación del mito prometeico. Platón nos recuerda en su famoso diálogo Protágoras que el titán Epimeteo era el encargado de dotar de rasgos singulares a todos los animales, los cuales posibilitaban su supervivencia; sin embargo, el titán agotó todos los dones y olvidó a los seres humanos. Prometeo, hermano de Epimeteo, preocupado les robó la técnica y el fuego a los dioses y se los entregó a los seres humanos. Así, desde ese instante, los humanos serían animales cuya existencia es necesariamente técnica.
Las narraciones acerca de Prometeo y del cyborg permiten aludir a organismos vivos cuya existencia es indisociable de la de las máquinas. Las máquinas no serían el mero suplemento de una humanidad vulnerable, enfrentada a un mundo hostil, sino parte de su naturaleza; una naturaleza que es desde siempre artificialidad. Llevando al límite el tropo del cyborg, incluso podríamos aseverar que los sistemas sociotécnicos, desde los más simples hasta los más complejos, son expresiones de una naturaleza que, en sí misma, también podría considerarse maquínica en general, por lo menos en el sentido de que esta no constituye una estructura homogénea, pasiva e inalterable, sino una trama dinámica, integrada por componentes heterogéneos y, a su modo, inteligente. Recordemos que, según la Real Academia de la Lengua Española, una máquina es un ensamblaje integrado por múltiples componentes, a la vez que un artificio para aprovechar, dirigir o regular una fuerza. La naturaleza en su totalidad podría considerarse un gran artificio o conjunto de ensamblajes que regulan de manera inteligente su fuerza inherente. ¡Una potente naturaleza cyborg autorregulada!
Vivimos tiempos extraños, en los que nos cuesta, quizás más que nunca, distinguir al sujeto del objeto, así como a las máquinas de los seres humanos y los organismos vivos. Esa extrañeza a veces genera confianza absoluta o temor desmedido respecto a los objetos técnicos. Los seres humanos no somos consciencias descorporizadas que podamos delegar todas las actividades rutinarias, indeseables y tediosas a máquinas serviles, a fin de dedicarnos a la creación y el pensamiento puros. Tampoco somos seres con características divinas que nos separen radicalmente de los demás animales; ¡somos cyborgs!, y las máquinas son expresión de nuestra naturaleza híbrida. Mal haríamos entonces si redujéramos a los sistemas técnicos a amos tiránicos o a esclavos complacientes.
* Doctor en Filosofía. Docente de la Universidad Nacional de Colombia.



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