“Walid sale poco a poco del mundo imaginario que había creado para él”
Ciudad de Gaza, 26 de junio de 2025. Zapatos manchados de sangre con los cuerpos de las personas asesinadas durante los ataques israelíes de la noche, en la morgue del hospital Al-Shifa en la ciudad de Gaza. Omar AL-QATTAA / AFP

— Papá mira, hay un helicóptero sobre nosotros
— Sí, Walid, lo he visto. Es bonito.
No, papá, no es para los paracaídas, es para los tartificios [fuegos artificiales].
Sí, pero incluso los tartificios son bonitos, ¿verdad?
—Papá, estos artefactos hacen mal. Destruyen casas. Mira lo que hicieron la última vez. Destruyeron casas.
Pero no Walid, no son destrucciones de casas, son fuegos artificiales. Es un error.
No, papá, voy a llamar a la policía. Tienen que detener los tartificios.

Esta es la conversación que tuve con mi hijo Walid el otro día. Desde hace algún tiempo, drones y helicópteros giran sobre nosotros, los vemos muy bien desde nuestro noveno piso en el centro de la ciudad de Gaza, uno de los pocos edificios que se han mantenido en pie. Mientras discutíamos, un misil había partido de uno de los helicópteros con un silbido. Lo vimos destruir parte de un edificio a unos cientos de metros del nuestro.

Esto es lo que Walid llama, en su francés infantil, “tartificios”. Desde el comienzo de la guerra le hice creer que los misiles y las bombas eran solo fuegos artificiales. Pero a medida que se acerca a sus cuatro años, comienza a comprender que estos “fuegos artificiales” pueden ser peligrosos, y que los helicópteros no están ahí para lanzar ayuda humanitaria en paracaídas, como hicieron los aviones al comienzo de la invasión israelí. Por eso quería llamar a la policía: este helicóptero no utilizaba bien los fuegos artificiales, los utilizaba para destruir casas. Walid sale poco a poco del mundo imaginario que había creado para él, para evitarle la realidad mortal que estamos viviendo.

La ley colonial impone el orden del juego
Al mismo tiempo, concibe que debe haber una forma de justicia en la tierra. Quería “llamar a la policía” para hacer valer el derecho. Le gustan los helicópteros, sueña con subirse algún día a uno de ellos para lanzar fuegos artificiales y soltar paracaídas. Pero esta vez pensó que este helicóptero estaba abusando. La justicia es algo innato en los seres humanos, es universal. Pero no cuando se trata de las y los palestinos. Hemos vivido la injusticia desde 1948. Esta vez, se manifiesta a la luz del día. Occidente ya no busca ocultarlo bajo relatos de propaganda. Ya no cierra los ojos.

No hablo de las personas, entre las poblaciones occidentales, que se manifiestan por la justicia y en defensa de la población palestina. Para la mayoría de los líderes, la injusticia se ejerce contra Israel. Francia e Italia han autorizado al avión de Netanyahu a sobrevolar su espacio aéreo, ignorando así la orden de detención de la Corte Penal Internacional (CPI) en su contra. No solo no se le detienes, sino que se le sigue apoyando con la entrega de material militar. Por otro lado, Microsoft está despidiendo a los empleados y empleadas que se manifestaron por Gaza. Los bancos impiden que las asociaciones envíen fondos a Gaza. Estados Unidos sanciona a los magistrados de la CPI y a todos los que no aprueban a Israel.

Recientemente han añadido a su lista a Francesca Albanese, la reportera especial de la ONU, una de las pocas personalidades de estatura internacional que denuncia un genocidio en la Franja de Gaza. Es castigada porque ha dicho la verdad. Poco a poco descubrimos la realidad de estos valores de los que Occidente nos habla sobre todo cuando viene a conquistar nuestros territorios: “Queremos liberarte de la injusticia, darte democracia y derechos humanos”, han dicho siempre los líderes occidentales. Hemos entendido que son solo palabras, que el verdadero motor es el beneficio. Vemos claramente que ni esta justicia ni esta democracia existen, y que es la ley colonial, la del más fuerte, la que impone el orden del juego.

Esto es exactamente lo que hace el ejército de ocupación. El 7 de octubre fue un gran regalo para Israel, le permite hacer hoy lo que no ha podido hacer desde 1948: expulsar a toda la población palestina de Gaza. El debate sobre el uso o no de la palabra genocidio oculta la realidad del proyecto israelí: la deportación por la fuerza de toda la población de Gaza. Y si no funciona con la fuerza, funcionará con aún más fuerza. Es decir, más masacres, carnicerías, israelerías para mover a los habitantes de Gaza.

Ni una ciudad, ni humanitario: un campo de concentración
Recientemente, el ministro de Defensa israelí, más bien el ministro de guerra, anunció la voluntad de crear una ciudad humanitaria en Rafah. Ya no hay vida en Rafah, no hay un solo edificio en pie. Los israelíes la han convertido en un terreno baldío, precisamente para construir esta ciudad humanitaria. Acogerá, según el ministro, a 600 000 personas en un primer momento, con la posibilidad de llevar allí, con el tiempo, a toda la población de Gaza. Estas 600 000 personas son los habitantes de Gaza que viven en la zona tampón decretada por Israel, de dos o tres kilómetros de ancho en la frontera que separa Gaza de Israel. En otras palabras, alrededor del 40 % de la superficie de Gaza se ha convertido en tierra de nadie.

Esta ciudad no es ni una ciudad ni humanitaria: no tendrá ninguna de las infraestructuras de una ciudad real. Será un campo. Las entradas serán filtradas. Los miembros de un partido o facción no podrán entrar. La entrada será voluntari”, pero, una vez que estemos allí, no podremos salir, excepto para exiliarnos en un país extranjero. Una decisión que también será voluntaria.

El ministro espera cubrir su plan con un barniz legal, como siempre lo ha hecho Israel. Incluso allí, abogados, asociaciones y ahora personalidades políticas han dado su verdadero nombre a este proyecto: “Lo siento, pero es un campo de concentración”, dijo el 13 de julio el ex primer ministro Ehud Olmert en una entrevista con el diario británico The Guardian, y agregó: “No se puede entender esta estrategia de otra manera. No pretende salvar a los palestinos, sino deportarlos, empujarlos, echarlos”.

Estas palabras – “campo de concentración”, “deportación”– pesan mucho cuando son pronunciadas por un político israelí. No hay duda de que mucha más gente los usará cuando no quede nadie en Gaza, porque todo el mundo habrá sido asesinado o deportado. Y en ese momento, el mundo añadirá: “Fue un genocidio”.  Un genocidio sin precedentes en nuestro siglo.

La única etnocracia del próximo Oriente
Walid todavía cree en una justicia que pueda evitar los “tartificios”. Los que gobiernan el mundo no  creen en ella. Un niño de cuatro años puede distinguir entre el bien y el mal, ellos no. Occidente, y en primer lugar Estados Unidos, quiere hacer creer al mundo que todo lo que Israel hace contra la población palestina es culpa de las y los palestinos. Según esta narrativa, Israel busca principalmente mejorar la vida de los palestinos y palestinas. Es Hamás quien toma como rehenes a los 2,3 millones de habitantes de Gaza. Se destruyen los hospitales por culpa de Hamás, las infraestructuras por culpa de Hamás, las escuelas por culpa de Hamás, las universidades por culpa de Hamás. Se destruyen 2,3 millones de personas a causa de Hamás, y porque en 2006 los palestinos votaron por Hamás. Fue Occidente quien instó a los palestinos a celebrar elecciones legislativas, pero cuando Hamás ganó, Occidente no aceptó la democracia, porque el resultado de las elecciones no le convenía. Me hace sonreír escuchar que Israel es la única democracia de Oriente Medio. Deberíamos hablar más bien de etnocracia frente a un país que se definió a sí mismo, por una ley de julio de 2018, como “el Estado-nación del pueblo judío”.

Por mi parte, aconsejo a los occidentales, si quieren acercarse a la realidad, que digan que Israel es “el único Estado etnocrático del Próximo Oriente”. Y en nombre de la etnocracia, este Estado bien organizado encarcela, mata, tortura, ocupa territorios y planea expulsar a los palestinos de su tierra. La población de Gaza está super agotada. De un desplazamiento a otro, de un bombardeo a otro, de una masacre a otra, de un genocidio a otro. Vive una hambruna que se acelera con, como único remedio, las limosnas del verdugo que pretende darnos de beber y de comer, solo para jugar con nosotros a los juegos del hambre: en los centros de distribución, los más fuertes pueden atrapar una caja de comida, los más débiles son asesinados por las balas y los proyectiles del ejército israelí emboscado.

 Esto tiene lugar ante los ojos de todo el mundo, un mundo en el que la mayoría de la gente no tiene ni los ojos ni el corazón de Walid para distinguir entre el bien y el mal.

19/Jul/2025

 ORIENTXXI

 Rami Abou Jamous escribe su diario para Orient XXI. Fundador de GazaPress, una oficina que proporcionaba ayuda y traducción a los periodistas occidentales, tuvo que abandonar su apartamento en Ciudad de Gaza en octubre de 2023 con su esposa Sabah, sus hijos y su hijo Walid, de dos años y medio, bajo la amenaza del ejército israelí. Refugiada desde entonces en Rafah, la familia tuvo que trasladarse a Deir El-Balah y más tarde a Nusseirat, atrapados como tantas familias en este enclave miserable y superpoblado. Un mes y medio después del anuncio del alto el fuego, Rami finalmente está de vuelta en casa con su esposa, Walid y el recién nacido Ramzi. Por este diario de a bordo, Rami recibió el premio de la prensa escrita y el premio Ouest-France en el Premio Bayeux para corresponsales de guerra. Este espacio está dedicado a él (en orientxxi) desde el 28 de febrero de 2024 (en Viento Sur hemos publicado algunas de sus crónicas).

Traducción: Faustino Eguberri

Información adicional

Diario de a bordo de Gaza 99
Autor/a: Rami Abou Jamous
País: Palestina
Región: Medio Oriene
Fuente: Viento Sur

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