El 19 y 20 de junio de este año se ha tenido, de forma virtual y asincrónica, el “IV Congreso Internacional Filosofía Teórica y Práctica” que este año fue dedicado exclusivamente al pensamiento del autor danés Søren Kierkegaard. Junto con la Academia Hispanoamericana de Doctores, la Sociedad Iberoamericana de Estudios Kierkegaardianos y la Biblioteca Kierkegaard Argentina he tenido el placer de organizar este evento, el cual ha sido desarrollado para difundir la obra de Kierkegaard entre el público colombiano, ya que, entre todos, habíamos constatado que su difusión por acá es mucho más limitada con respecto a otros escenarios latinoamericanos como, por ejemplo, Argentina o México. Para quien estuviese interesado, todas las conferencias han quedado disponibles en las redes.
Sin embargo, sin querer menospreciar el ejercicio divulgativo académico, este evento se ha organizado también desde la profunda convicción de que las reflexiones que Kierkegaard desarrolló en su breve vida, más o menos en la mitad del siglo XIX en Copenhague, siguen teniendo una relevancia que vale la pena rescatar por muchas razones. Entre ellas sobresale el hecho de que Kierkegaard ha sido uno de los primeros en desarrollar una filosofía que buscaba ir más allá de lo conceptual, para conectarse directamente con la existencia de cada individuo. De hecho, no es ninguna novedad afirmar que él se puede considerar como uno de los padres del famoso existencialismo, que, cien años más tarde, influenció una larga estación cultural y política de Occidente.
Así las cosas, quiero proponer una mirada a vuelo de pájaro sobre algunos de los hitos del pensamiento de Kierkegaard para que se puedan apreciar algunas de sus consideraciones, y ojalá se llegue a compartir la relevancia que estas tienen para cada persona.
Lo primero que hay que destacar es que todo el trasfondo del pensamiento kierkegaardiano es religioso, pues él declara explícitamente que su objetivo fue “introducir el Cristianismo en la cristiandad”. Más precisamente, se dio cuenta de que, a pesar de la opinión común, nadie, en su entorno social, vivía acorde al ejemplo que había brindado Cristo, a quien todos debían tomar como punto de referencia para manejar sus propias existencias.
Para tratar de corregir este enorme malentendido, Kierkegaard tenía que convencer a sus conciudadanos de que estaban conduciendo un estilo de vida completamente erróneo, ya que era completamente separado del ejemplo cristiano. Este propósito choca de inmediato con un claro problema comunicativo, a saber, cómo convencer a una multitud de personas de que se están portando mal, si nadie, incluidas las instituciones religiosas, percibe su error. Kierkegaard encuentra una solución muy inteligente para resolver el problema, que implementa de una manera muy llamativa. En específico, él concluye que, por medio de sus obras, hay que convencer a sus lectores de que están hablando con una persona que conduce un estilo de vida similar al de ellos y que, entonces, no se pone en un altar moral, sino que les habla de y desde su misma perspectiva existencial. Una vez que ellos se hayan convencido de estar platicando con un par, entonces se les podrá mostrar que este mismo estilo de vida que comparten conduce hacia un abismo de futilidad, que impide el desarrollo de la individualidad. Esta intuición fundamental viene acompañada por otro problema práctico, ya que hay muchas maneras diferentes de “no vivir religiosamente”, entonces hay varios tipos de personas que tienen que ser convencidos por medio de relatos diferentes, que les hablen de su propia situación. Grosso modo, Kierkegaard identifica que, más allá del estilo de vida religioso, se puede vivir de forma ética o estética. Pasando por alto todos los matices que se pueden identificar en esta clasificación, que Kierkegaard expone en sus textos, se puede generalizar que el estilo de vida estético se distingue por la primacía del deseo en la esfera existencial del individuo; el estilo de vida ético se distingue por la primacía del deber; y lo religioso se distingue por la primacía de la fe. Para que su postura quede más clara, Kierkegaard escoge unas figuras literarias que ejemplifican cada estilo de vida. Así tenemos el Don Giovanni de Mozart y Johannes el seductor para el estilo de vida estético; tenemos al juez de provincia Wilhelm para el estilo de vida ético; y tenemos al Abraham bíblico para el estilo de vida religioso. Afortunadamente, los límites entre estas etapas en el camino de la vida no son rígidos, por lo cual nada impide que una persona que haya optado por una vida estética luego no pueda dar el salto hasta lo ético o lo religioso, al tiempo que una persona que haya vivido de forma religiosa podría volver a conducir una vida ética o estética. Dicho de otra forma, Don Giovanni puede, tarde o temprano, volverse un Abraham. Esto sí, el doble pasaporte no está contemplado, por lo cual si tomo una postura tendré que renunciar necesariamente a los otras maneras de vivir, pues toca elegir o lo uno o lo otro. En otras palabras, no se puede ser un seductor y un juez de provincia con una hermosa familia al mismo tiempo. Al respecto, Kierkegaard diría que esto es necesario pues la vida no funciona como la lógica hegeliana, en donde se plantea la posibilidad de sintetizar entre opuestos. Cuando hay que hablar de la existencia, que al fin y al cabo es lo único que importa, hay que tomar unas decisiones contundentes que no dejan espacio a los malabares conceptuales que se permiten en los andamiajes de los sistemas filosóficos que se limitan a la especulación abstracta.
Así las cosas, desde el punto de vista práctico, el autor danés crea un abanico de seudónimos que aparecen como autores de muchos de sus libros, los cuales, a menudo en diálogo y en debate crítico entre ellos, sirven para exponer las múltiples posturas existenciales alternativas a la vida religiosa y, sobre todo, sirven también a subrayar la profunda infelicidad que subyace a estos estilos de vida. Paralelamente, Kierkegaard publica también unos escritos a tema religioso y firmados con su nombre verdadero, para que los lectores que ya entendieron el propio error puedan tener las herramientas para dar el salto de la fe y ubicarse, finalmente, en la correcta perspectiva existencial religiosa. Por supuesto, esta decisión no es irreversible, sino que hay que confirmarla casi que en cada instante, por medio de una repetición, a saber, una decisión individual que, a pesar de las condiciones que me circundan y que no puedo manejar, me confirme en mi elección de tomar una determinada postura existencial.
Como se puede deducir de lo dicho hasta ahora, el pensamiento de Kierkegaard pone una atención espasmódica en la esfera existencial del individuo, la cual viene descrita en muchas de sus aristas, incluso en lo que concierne al temple anímico de las personas. A este propósito, Kierkegaard introduce y desarrolla algunas de las reflexiones más incisivas sobre uno de los grandes temas de la existencia humana: la angustia. Muy escuetamente, la angustia corresponde a la sensación de malestar que nos aprieta todas las veces que contemplamos las posibilidades que nuestra libertad nos ofrece y que se pueden concretar solo por medio de una elección, que, por la naturaleza imperfecta del ser humano, puede inducirnos en error, al tiempo que nos cierra todas las ocasiones alternativas que terminan precluidas en virtud de la escogencia. Es más, la gran intuición de Kierkegaard es la de haber entendido que este sufrimiento que probamos frente a las decisiones importantes, en realidad, se reproduce, en diferente medida, en cada momento en que nos encaramos a las puertas que nos abriría nuestro uso de la libertad. Así las cosas, la angustia no es una situación extemporánea, sino que es una condición constante de la experiencia humana hasta el punto de que, según Kierkegaard, es el rasgo que distingue los individuos de los animales. Nadie se escapa a este malestar que nos eleva de la condición de bestialidad, y entonces, debe considerarse como un rasgo positivo de nuestra experiencia, ya que, como el mismo autor afirma claramente, “en la falta de espíritu no hay angustia alguna”.
Esta aclaraciones sobre el papel positivo de la angustia en nuestras vidas van de la mano con otro concepto ilustrativo que el filósofo define como enfermedad mortal o desesperación. Este es el malestar que nos invade si iniciamos a descuidar sistemáticamente las responsabilidades que derivan de nuestra libertad y tratamos de ignorar nuestra angustia por medio de la indiferencia. Dicho de otra forma, el sujeto puede ignorar su angustia y no comprometerse con ninguna decisión. Empero, no tomarse en serio estos cruces existenciales implica renunciar a definirse como individualidad, ya que está dejando pasar todas las oportunidades de tomar elecciones fundamentales para la conformación de su personalidad. A largo plazo, esto conlleva la desagradable consecuencia de que la persona que se haya percatado de que no le gusta el rumbo que ha tomado su existencia quedará impedida a la hora de ejercer su libertad, pues su autonomía se habrá atrofiado por completo, justamente como si fuera una extremidad que no se ha movido por años.
Así las cosas, se podría entender la desesperación como una consecuencia de la angustia descuidada, lo que, si nos fijamos un instante en lo cotidiano de nuestra experiencia, es un problema que lastimosamente se puede detectar en nosotros mismos y en la mayoría de nuestros conocidos, y que la tendencia “al callar el dolor” por medio de una medicalización excesiva, que distingue nuestra época, va exacerbando cada vez más.
En fin, si alguien se anima a acercarse un poco más a la obra de Kierkegaard, encontrará unos textos poliédricos que se escribieron con varios estilos literarios diferentes y que giran alrededor de variados temas justamente con el fin de satisfacer todos los paladares para tratar de conectar con cada lector, y hablarle de la necesidad de volver a distinguirse como individualidades en lugar de hacerse absorber completamente por la homologación social, que busca cancelar cada “Yo”, con sus peculiaridades y sus idiosincrasias, para transformarlo en un anónimo componente de una masa informe.
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