La memoria del Lobo

Deje de hacerse el pendejo 

Que lo voy a hacer cantar 

A cantar su propio canto 

Porque es tiempo de llevar 

Tantica luz a la sombra 

Pa la tiniebla rasgar 

Y después mover la roca 

Pa que salga la verdad. 

La verdad que más me duele 

La que no puedo negar 

La que me come por dentro 

Cuando estoy en soledad

https://www.fiavbogota.com/obras/lobo/

La tarde del viernes 1 de noviembre de 2024, nos alegró escuchar a las mujeres invitadas desde diversas regiones del país a compartir sus procesos comunitarios. Sus experiencias, una fuente de alegría y entusiasmo. Después, acudimos a la sala de teatro vespertina sin mayores expectativas. El arte teatral es muy exigente. Al caminar hacia la sala recordé las palabras de Federico García Lorca:

Yo no hablo esta noche como autor ni como poeta, ni como estudiante sencillo del rico panorama de la vida del hombre, sino como ardiente apasionado del teatro de acción social. El teatro es uno de los más expresivos y útiles instrumentos para la edificación de un país y el barómetro que marca su grandeza o su descenso. Un teatro sensible y bien orientado en todas sus ramas, desde la tragedia al vodevil, puede cambiar en pocos años la sensibilidad del pueblo; y un teatro destrozado, donde las pezuñas sustituyen a las alas, puede achabacanar y adormecer a una nación entera.

En el principio todo está oscuro, tiene que ser así. Se mueve una roca en lo invisible, se abre apenas una grieta y por ahí, esperando tranquila, está la luz. 

Lobo

La sala de teatro en una tenue penumbra, mientras el público ocupa más de la mitad de las sillas del primer y segundo nivel. A las seis pm, las luces se encienden y podemos ver en el escenario y en su pasillo inferior a las integrantes y los integrantes juveniles de la orquesta sinfónica juvenil de la Unab, la universidad autónoma de Bucaramanga. Cada joven allí con sus violines, contrabajo, platillos… sus “armas” de batalla por otras formas de interpretar y habitar el mundo. Una imagen insólita en un país y un mundo con juventudes convertidas en entes acorazados para matar y morir.

Edson Velandia sube al escenario, celebra que la franja musical del festival se inicie con la orquesta juvenil, agradece la gestión de Jefferson Osorio y a Joaquín Casadiego, hermano compañero, y al maestro director Marol Andrés García, por hacer posible esta ofrenda, y agradece a las músicas y los músicos de la orquesta. Su gratitud se extiende al equipo organizador del Festival. Sus palabras comunican dos de las claves principales de la capacidad de hacer mucho con poco: la creación colectiva y el reconocimiento franco, claro y público a los y las artífices de cada espacio.

La presentación de la orquesta juvenil comienza entonces acompañando la voz de otro artista invitado: el poeta Ahman Momsen. Se escucha la voz de los violines y los contrabajos con la guía de la batuta de Marol. El poeta, con la jakara palestina, dice: Vine a tocar la puerta del mundo, vine a ofrecer mi corazón, vine al agua que limpia y vi la sangre derramada… Yo quise matar, sí, quise matar en mí al asesino, al genocida, al verdugo…en la casa en llamas. Qué hacer si el ojo por ojo nos llevó a todos a la ceguera. ..Con el fuego sembramos agua. Sembramos agua con el fuego.

Una expresión espontanea de aplauso se levanta entre el público asistente. En mi interior celebro el misterio de la voz poética capaz de llegar al corazón de la niñez presente, más allá del significado de cada palabra. Conmociona observar en sus expresiones la atención cautiva y la comprensión extasiada de la voz que no es prohibición, ni publicidad, ni palabra hueca. Nuestra educación acontece más allá de las aulas escolares. Un entorno cultural fraterno y rico aporta en formas inesperada al proceso de despliegue de las potencialidades que habitan en cada ser. Lo pequeño es hermoso, dijo Shumaher …y es decisivo

La orquesta sinfónica juvenil nos embarca en un riachuelo de melodías de la memoria santandereana. Al cerrar el viaje, el calor del aplauso expresa a los intérpretes y al director el reconocimiento a su labor de largo tiempo. Hay abuelos y abuelas, gente joven y niñez reunida una tarde de viernes en el pueblo. Marol le entrega la batuta a una joven interprete y recibe de ella el asiento y el violín: una enseñanza silenciosa y muy valiosas sobre lo que significa dirigir. Suenan entonces los acordes del Caribe en los Andes: Colombia Tierra Querida. Las jóvenes del público acompañan con las palmas y los cuerpos en movimiento.

El caudal imprevisto de emociones gratas, enciende el fuego interior: ¡Tenemos derecho a experimentar el milagro de la poesía! Ha de ser parte esencial de un nuevo decálogo de derechos humanos de la niñez y las juventudes del mundo… en lugar del espanto de los bombardeos impunes, el fragor de la monstruoso de la metralla y el silencio letal del abandono. …Propondremos el decálogo a quienes quieran aportar y a la bancada parlamentaria y poética del amor sin tregua, encargada de los derechos humanos.

La intervención musical termina con el mejor de los aplausos: otra, otra, otra…clama la gradería.

El Lobo
¿Eso pasó, de verdad?

Edson Velandia y Javier Gámez han tenido una relación de panas desde hace más de dos lustros. El vínculo que se ha extendido a sus grupos familiares. Como creadores artísticos, comparten una sencillez natural que acrisola sus talentos, su pasión por el cuidado de los detalles, la audacia en las composiciones y el esmero en la calidad técnica de sus obras. Fungen ambos como una especie de columnas emocionales para sostener los equipos con los que laboran. 

La confianza labrada y esa forma divina del amor: la amistad, nos permitieron paladear la dicha que esparce la acción colectiva creadora y reflexionar sobre algunas de sus claves. La experiencia de la orfebrería estética del Lobo desestancó la sangre en las venas. Volvimos a sentirla galopar con los acordes de la dignidad creadora, irredenta y genial. Una obra que es ofrenda a la divinidad de la verdad: Aleteia,en los territorios del olvido y la mentira.

Lobo nos regocijó con inocentes alegrías. Y nos insufló un soplo inesperado en los rescoldos de la fe en la transformación del mundo. Ese mundo que, hasta ahora, no ha cesado de desayunar con el espanto y comulgar con la burbuja de un sentido infernal impuesta como normal e inmodificable. Aturdimiento frente a lo monstruoso y la engañifa. ¡El que no precise fuentes de vitalidad en el reino de las miasmas, que no se arrime a esta bocanada de aire fresco, a este formidable ramalazo de energía insurrecta y hacedora! Lobo, sin saberlo, nos tendió una celada. Nos arrojó a un deber imposible de evadir: el privilegio de conversar con su director y, ojalá, un día también con el magnífico elenco que nos ofrendó en su obra una síntesis de su esfuerzo creador colectivo y una trenza preciosa de las mejores expresiones de sus diversos talentos.

La sencillez y las virtudes
artesanales

Javier Gámez es un estudiante sencillo de la condición humana. Quizás esta condición de su espíritu lo condujo a estudiar filosofía en la universidad nacional de Colombia. Allí le buscaron los duendes del teatro a través de Mary Olarte, una directora de teatro que le invitó como técnico al montaje de una obra de títeres para niños. Allí descubrió la magia de las luces y las sombras, y contempló el arte de la actuación. Y se le reveló el amor decisivo de su vida: el teatro.

En su temprana infancia, Javier viajaba junto con su hermana en las dos temporadas de vacaciones escolares a la finca de don Roberto Wolf, en la vereda Colonia, muy cercana a la población de Villarrica, en Tolima. Al llegar a la pubertad, sus vecinas y vecinos en la vereda comenzaron a relatarle el pasado reciente del territorio y anécdotas sobre el señor Wolf y la señora Natividad, que los acogía como hijos. Una memoria que los dos hermanos desconocían.

Villarica y sus veredas vecinas fueron catalogadas como teatro de guerra en 1954-1955 por la dictadura de Rojas Pinilla, feroz partidario del anti comunismo dominante en la política exterior de los Estados Unidos. La región fue bombardeada y probaron el napalm diez años antes de utilizarlo en la devastación infructuosa de Vietnam.

Aconteció, entonces, la diáspora campesina y la irrupción de liderazgos naturales en una población que se negaba a someterse al sometimiento como condición para vivir y habitar sus tierras. Las detenciones masivas, los asesinatos selectivos, las torturas, condujeron al movimiento campesino al éxodo; unos se fueron con Juan de la Cruz Varela, hacia el norte del Tolima, otros a Marquetalia, con Pedro Antonio Marin. Don Roberto Wolf, hijo del inmigrante húngaro que llegó a Colombia al finalizar la primera guerra mundial: George Wolf, se convirtió en un apoyo del movimiento campesino en el escenario de llevar mensajes y pertrechos en el territorio amplio del Tolima, Meta y Huila. 

Los relatos de las campesinas y campesinos “permanecieron en mi memoria junto al deseo de comunicar algún día las verdades que había escuchado y que habían sido condenadas al olvido”, nos dice, Javier. Sus palabras reavivan la conciencia sobre todos los recursos, energías y tiempo que ha destinado el imperio del desamor y el bipartidismo criollo a borrar o a ocultar la memoria con la historia oficial y la “gran prensa”. El Lobo es la memoria que nos habita y desconocemos. 

El proceso de inmersión en el teatro de Javier Gámez continuó con el encuentro, que se prolongó durante años de trabajo conjunto, con los hermanos Cesar e Iván Darío Álvarez, dos titanes del batallar sin fin por la dignidad del teatro y por todo lo que significa para un pueblo que precisa brújulas. De nuevo, los títeres aparecían en su aventura vital como herramienta dramatúrgica, ahora acompañada por su estudio apasionado de los dramaturgos griegos y del teatro Noh japonés.

Ensamblar un grupo de actores y actrices que compartan el sueño de un teatro al servicio de las gentes es obra de gigantes. La noche en que El Lobo nos cautivó en Piedecuesta con un zarpazo, fue fascinante apreciar la excepcional calidad del elenco reunido en la creación colectiva de la puesta en escena. Sus voces labradas, sus danzas reveladora del trabajo esmerado con el cuerpo, la música decantada en sesiones de exploración y fusión de sus diversos saberes instrumentales, los muñecos como personajes protagonistas, los textos del guion, el ritmo sostenido del devenir de las escenas, los colores del vestuario, convocaron la atención de mayores, jóvenes y niñez intrigada y fascinada por una experiencia fraterna del obrar de las columnas del amor sin tregua que, hasta ese momento, desconocían.

El grupo de Teatro. Los Animistas nace en el año 2011, pero se consolida en 2015 con una adaptación del Gallo de Oro, la obra de Juan Rulfo. En el 2017, Los Animistas ganan una beca del Ministerio de Cultura con la obra Souvenir Asiático. Una obra que plasma una exquisita filigrana de escenas y diálogos cargados de poesía, con base en una juiciosa investigación sobre migrantes de diversas nacionalidades en un contexto de guerra y desplazamiento. Entre ellos, los jóvenes polizones de Buenaventura que intentan torcerle el cuello a sus realidades de oprobio y no futuro con sus aventuras solitarias, al margen de las travesías masivas organizadas por las mafias. 

La dinámica de colectivo teatral sostiene la exploración de formas teatrales que integran una presencia fuerte de la música, la danza y el protagonismo de figuras y máscaras en dialogo con los actores y actrices. En julio del 2023 , se estrena en el Teatro Mayor Julio Mario Santodomingo la obra Lobo.

En este sueño le pido,
Señora mía, que me ayude
a no perder la frágil luz
de la memoria

Lobo es un relato en dramaturgia de una memoria decisiva. Javier y su hermana espigaron su niñez con Wolf, hijo y padre, y con Natividad. Conocieron sus cuidados y sus corazones antes que sus vidas legendarias. Lo singular deviene universal en los pasajes secretos de la poesía. Tan indispensable como la verdad interior de un pueblo, es la forma de compartirla. Para que no yasga exánime en las estanterías. Ni sea convertida en pienso en manos de quienes no aman el arte, la ciencia o oficio del infinito amor: la educación. 

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Los hilos de la trenza

Jorge Bernal, el actor que encarna al Diablo en Lobo, ha sido decisivo en el alto nivel del grupo en el fabuloso despliegue de las posibilidades del cuerpo como medio expresivo. Lo que logran en los minutos que discurren vertiginosos en el escenario, les ha exigido miles de horas de trabajo singular y colectivo. Incluso en su laboratorio de creación colectiva, han decidido comenzar los montajes de las obras con el trabajo corporal; aún antes de incorporar los textos ya creados. 

La música es una dimensión principal en el montaje de las obras del grupo. Y el fruto de un proceso de exploración en Lobo en el que se destacó Yeison Carrillo, el acordeonista en las escenas. Juan Barona, con maestría en la guitarra, abordó el conocimiento de “el cuatro” y embriaga al público con la fuerza indómita de nuestras llanuras. Lucho, el titiritero en la obra, se descubrió como un mago en las maracas y sumó los capachos a la fuerza conjugada de los Llanos, el Caribe, el Pacifico y los Andes. Y Javier Gámez acompañó con la percusión y los textos cabalgantes el alma musical de Lobo.

Javier propuso la estampa de música popular y festiva en Lobo. El otro contrapunto de influencia fuerte en lo musical provino del Teatro Noh y del Punk Rap , japoneses, ambos. Lograron una fusión de entornos musicales inspirados en formas teatrales muy antiguas, arcaicas, si se quiere, y al tiempo, absolutamente vigentes.

La presencial notable de la música es, sin duda, unos de los secretos de la conexión de la obra con los diversos públicos que han tenido el privilegio de disfrutarla: las gentes de edades diferentes de los barrios de Piedecuesta, junto con la comunidad de artistas que coinciden, se conocen y fraternizan durante el Festival; los estudiantes de la UIS; el campesinado del Sumapaz; los habitantes de los barrios de Ciudad Bolívar; y en marzo próximo, el público devoto del Teatro La Candelaria, en Bogotá.

La paleta de colores

Pero la música va acompañada en la obra con la amorosa consagración la directora de arte: Katherine Acevedo y su paleta de colores. Así, la obra puede ser contemplada como un río de imágenes preciosas que cautivan la mirada. Los diálogos entre muñecos y con muñecos de estatura humana, integran personajes animales y espíritus que participan en el devenir dramático. Hay una dimensión preciosista presente en cada detalle de cada escena, en cada luz y en cada sombra: el altar, los vestuarios, los muñecos y las máscaras.

Y en la médula de esta delicada arquitectura en movimiento: los textos fulgurantes y el humor implacable. Ambos gestando diversos planos de conciencia sucesivos en las miradas que contemplan Lobo. La dimensión mítica del eterno conflicto entre fuerzas espirituales del bien y el mal, la guerra y la paz, Aleteia y Leteo, la Verdad y el Olvido, la Violencia y el Miedo, todas ellas fuerzas entrelazadas con una crónica de acontecimientos locales –bombardeos, torturas, despojos, campos de concentración– que nos acerca a las raíces esencial de los hechos que la historia oficial nombró, más para ocultar que para esclarecer, como La Violencia

A bailar en la candela pueblo perdido y sin ley

¿ Cómo no apreciar la palabra breve, certera y explosiva del guion? ¿La palabra sencilla, clara y directa que comprende el alma popular? Palabra espontánea y labrada en el estudio y la reflexión creadora que discurre como caudal de destellos comprensivos en la mente y en las entrañas. Palabra poética que restaura la memoria y, sin proponérselo, concita la reflexión sobre los deberes del presente y revela con su ejemplo en la escena algunas de las claves preciosas de la acción colectiva que precisamos.

En este momento el grupo Los Animistas, mientras continúan presentando con cálida y entusiasta acogida El Lobo, están creando una nueva obra que aborda el tema del mal, poniendo en marcha un centro cultural en el municipio de Arbeláez, y un teatro rural en una vereda vecina del poblado.

Varias muertes libra el Lobo, 

De todas puede escapar. 

En el sueño el que se muere

Despierta para contar. 

Varias muertes libra el Lobo, 

De todas puede escapar.

En el sueño el que se muere 

Despierta para contar. 

Texto dramático

Javier Gámez

Elenco: 

Juan Barona es Lobo

Juliana Herrera es Natividad

Víctor Hernández es Aleteia

Jorge Bernal es Leteo

Lucho Tangarife y Henry López son Los Campesinos

Yelson Carrillo es El Acordeonista

Javier Gámez es El Recitador

Información adicional

Autor/a: Conversación con Javier Gámez
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº327, agosto 19 - septiembre 19 de 2025

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