Llegamos al barrio Cabecera del Llano, del municipio de Piedecuesta, y caminamos en dirección a las montañas de oriente hasta La Bellecera, una pequeña edificación hace años abandonada y cuyo espacio fue tomado en el 2021 en el marco del Festival de La Tigra y convertido en una biblioteca comunitaria, además de espacio para apreciar cine, privilegiando el buen cine nacional y latinoamericano que se crea en medio de la escasez de apoyo público, privado y mediático.
Es una hazaña sembrar y abrir un oasis cultural, fraterno y amigable, honesto y transparente, en medio del vertedero de los medios imperantes que, como lo padecemos cada día, obliga a tragar en cada instante la estupidez, los bulos y las semillas venenosas de la intolerancia y el odio. La maquinaria mediática imperante, en un hacer sin pausa, funciona para modular el gusto rastrero, el conformismo, el privilegio del insulto y la grosería, el privilegio del mínimo esfuerzo y el desprecio del pensar.
Un oasis cultural significa mucho para las comunidades locales cuya vida cotidiana es afectada por un sistema de medios masivos diseñado para engañar y manipular las emociones imponiendo la opinión del poder tradicional, propietario en forma de grandes empresas de las principales cadenas de radio, televisión, periódicos, revistas, portales web, poderes y medios que disfrazan en noticias su carga de opinión. Sus métodos sibilinos incluyen la creación de espacios con aparente deliberación que en realidad impiden el acceso de las audiencias a otros mundos y sentidos posibles, y a verdades esenciales para ser partícipes del rescate y de la forja de la vida colectiva.
Los medios masivos y el predominio del desierto cultural en la vida barrial y veredal impiden acceder a verdades y espacios de formidable importancia para la gente de a pie y para los procesos culturales que brotan y perseveran, sin recursos o con pocos recursos públicos. Espacios autogestionados como La Bellecera permiten, en especial a la niñez y a la gente joven, aprender a leer su vida y sus contextos, y aprender a escribir su vida y sus entornos. Son espacios –trincheras– para librar la batalla por la verdad y servir a la tarea sagrada de esclarecer conciencias, despertar espíritus, potenciar cuerpos y aguzar inteligencias.
“No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social”.
Así se expresó Federico García Lorca, en el año 1931, al hablar ante sus vecinos al inaugurar la pequeña biblioteca de su pueblo nativo: Fuentevaqueros. Sus palabras son vitales en estos tiempos de carreras sin límite ni pausa, cuando cada quien se mira en el celular y los demás no existen, o poco importan.
Es una iniciativa y vivencia nada fácil. La avalancha incontenible de las pantallas cautiva el tiempo de atención de la mayor parte de la humanidad. Se ha demostrado el impacto nocivo de las pantallas y del privilegio de las imágenes de los celulares en la capacidad de concentrarse, comunicarse y discernir. Leer es pensar. Cuando leemos o escribimos el cerebro se activa. Pero no basta con acceder a un libro, se requieren mediadores culturales que nos acerquen a las obras valiosas. Hoy, quizás como nunca, la lectura aparece como un medio salvador de los seres singulares y las comunidades.
La Bellecera, obra de un colectivo humano entusiasta y soñador, surgió y se ha sostenido por la desobediencia al estigma: están locos; al vaticinio desmoralizante: no lo podrán hacer; y a la racionalidad paralizante: eso es imposible.
La pequeña hazaña transmite luces y contagia entusiasmo hacedor porque hoy, más que nunca, los pueblos precisan de la siembra del amor por el estudio, por la verdad, las ciencias y las artes. La niñez y la juventud, en su mayor parte, han sido alejados de estas dimensiones vitales que son una barca de salvación en un sistema educativo, cultural y mediático que les impide el acceso al patrimonio común de lo mejor que ha forjado el espíritu humano.
Tenemos así una construcción comunitaria para la vida, no solo de quienes habitan el barrio, sino también de todo aquel que quiera aprovechar las puertas abiertas que le esperan e invitan a seguir. Una oportunidad para la lectura, la misma que nos permite habitar el mundo de un modo reflexivo y creador. Letras que nos liberan de la pulsión del consumismo, siempre insatisfactorio. Páginas talladas por las letras de centenares de creadores de las más diversas visiones sobre la vida, que nos ofrecen en el fluir de su imaginación y razonamientos un sendero liberador de la involución cultural que ha impuesto el pensamiento más conservador a nivel planetario, con una mayor fuerza y despliegue político, cultural, educativo, mediático, desde 1970, para responder a la revolución cultural de los años sesenta que conmovió de manera frontal a Francia y otros países europeos, pero también, aunque en menor grado, a Estados Unidos, sin dejar de llegar sus ecos a nuestra región latina. Se trata de una contrarrevolución en toda la regla, en auge desde 1991, cuando el neoliberalismo enraizó por doquier, un giro cultural, no solo económico y político, aún por superar.


Leave a Reply