Coyuntura: Hybris e in-competencia

El secreto del éxito de la acumulación de riqueza –identificado como desarrollo de las naciones capitalistas modernas–, agenciada por sus originales burguesías nacionales, radica en la competencia económica, que se constituyó en su condición de existencia u ontología y que operaría desde entonces como su élan vital. Secreto ligado a las denominadas ventajas comparativas naturales y artificiales (producto de la ciencia, la tecnología humana y su división del trabajo) de sus países y poblaciones, tal como lo teorizara entonces su intelectual fundacional Adam Smith en su obra: la Riqueza de las naciones (1776). Condición de acumulación que, al incubarse como su carácter y/o conatus, marcaría el destino, es decir, el principio, despliegue y fin de la respectiva época civilizatoria moderna emergida en el siglo XVII; en la actualidad en transición o implosión crítica al irse visibilizando lo contradictorio de su secreto. 

Su historia, Giovanni Arrighi la enmarca en lo que denomina cuatro ciclos sistémicos, definidos por una unidad fundamental de la agencia primaria y de la estructura de los procesos de acumulación en cabeza de un Estado: 1. El ciclo genovés, del siglo XVI hasta el siglo XVII, 2. El ciclo holandés, hasta finales del siglo XVIII, 3. El ciclo británico, hasta mediados del siglo XX y 4. El ciclo americano, aún vigente, “que, en la fase de expansión financiera de los años noventa está destrozando las estructuras del “viejo” régimen estadounidense y creando presumiblemente las de un “nuevo” régimen”1.

Sobra detenernos –aunque no deje de ser recomendable ilustrarnos al respecto, para entender mejor el momento actual y su devenir–, acerca de la pérdida de la vigencia de las hegemonías del proceso en cuestión, en cabeza de Génova, Holanda e Inglaterra; para centramos en la implosión que le asiste en la actualidad a la hegemonía estadounidense que, además –en nuestro criterio–, marca o significa el cierre de la época moderna y la emergencia, a partir de mediados del siglo XXI, de una nueva transmoderna o del procomún colaborativo2. Periodo en el que, entre otras, es probable que no se asista al monopolio hegemónico de uno o dos agentes –unipolaridad o bipolaridad–, sino a su multipolaridad o multihomogeneidad, como lo proponen Paul Kennedy en Auge y caída de las grandes potencias (1987), Dale Walton en Geopolítica y las grandes potencias en el siglo XXI (2007), y Dilip Hiro en Después del imperio: El nacimiento de un mundo multipolar (2010). Multipolaridad –que no es bipolaridad– y “que no coincide con el modelo nacional de la organización mundial según la lógica del sistema de Westfalia” (https://www.perio.unlp.edu.ar/). Mundo multipolar que no considera seriamente la soberanía de los estados-nación existentes, afirmada sólo a nivel puramente jurídico, pues ya no es suficiente ser un Estado-nación para ser una entidad soberana, pues la soberanía real solo podrá alcanzarse mediante una combinación y coalición de Estados, como parece ilustrarlo el bloque conformado por los Brics. 

Es en ese marco académico e histórico que nos podemos explicar las dificultades y reveses políticos que padece el presidente norteamericano Donald Trump, al comportarse con soberbia (Hybris) y sin igual contradicción en sus propuestas y estrategias políticas para “volver a hacer grande a U.S.A”. Pecado capital que, como ira, se liga al otro, el de la codicia3 de unos pocos epulones, cometidos mítica e históricamente por personalidades que encarnan el declive de cualquier tipo de dominio que, con la pretensión de mantenerlo, optan por convertirse en tiranos; punto de partida de su mortal desenlace. 

Como de todos es sabido, la implosión de la Unión Soviética en la década de los noventa del siglo pasado, marcó el fin del bipolarismo y/o “Guerra Fría” instaurados después de la Segunda Guerra Mundial. Eso hizo que los Estados Unidos se consideraran y vieran expedita su constitución como único hegemón en el mundo. Pasaban por alto que ellos, igualmente, desde mediados de los años setenta, acusaban su propia crisis funcional como formación social capitalista: crisis petrolera y de acumulación, ruptura del patrón monetario y recesión y/o estanflación, pérdida de Vietnam –que marca el principio del fin de sus expediciones guerreristas–, entre otros; por demás, enmarcada en la crisis orgánica de la época civilizatoria moderna emergida en los años setenta del siglo XXI, a raíz del cambio de la matriz energética y la crisis ambiental, y los nuevos giros: comunicacional, cognitivo, demográfico, institucional y cultural, que impelen la emergencia de una nueva época. 

En su propósito de salir de esa crisis funcional y consolidar su hegemonismo unipolar, EE.UU. propone el denominado modelo de desarrollo neoliberal, a través del recetario conocido como el Consenso de Washington (1989), imponiéndolo a todos los países del mundo por las vías de hecho o de derecho. 

En este, el secreto de la libre competencia, que de la mano de las burguesías nacionales iniciaba el camino y destino del sistema capitalista desde sus inicios hasta los años treinta del siglo XX y que, regulada por el estado keynesiano lo llevó a su Edad Dorada (Hobsbwaum (1995); será renacida, pero ahora, sin barreras nacionales y a nivel planetario, es decir, liberada de la regulación estatal objeto de ninguneo. Competencia neoliberal que ahora irá de la mano de las grandes corporaciones financieras transnacionales privadas, emergidas y consolidadas en el anterior periodo gracias al mismo proteccionismo estatal Keynesiano –la mayoría de las cuales son de origen estadounidense. Actores cuyo poder monopólico les permite obrar por encima de los Estados –al cual desprecian–, y “regular” o “liberar” a su antojo la neo-competencia sin barreras nacionales, con el fin de “socializar pérdidas y privatizar ganancias” haciendo más “ricos a los pocos ricos y más pobres a los muchos pobres” y, para cuyo efecto, convierten a los Estados en un verdadero aparato corporativo, su aparato de poder propiamente dicho; de ahí el renacimiento de los fascismos.

El asunto es que este modelo hizo crisis en el 2008 y, con o por él, la competencia deambula al garete, “como fantasma recorriendo al mundo”, provocándole un verdadero desmadre ¡al pobre Trump!, quien no tiene a la vista modelo a seguir, pues la misma academia, ante tal situación, no sale del asombro y se haya bloqueada para proponer otro modelo que le permita materializar su propósito.

Entonces, en su solitaria soberbia y falaz pretensión de reencauchar una economía gringa alicaída, así como hegemonía unipolar venidas a menos, se ve obligado a dar palos de ciego a diestra y siniestra; pretendiendo, con el sentido común de un comerciante, hacer competitiva una economía que ya no es nacional sino transnacional – y, ahora, en cuidados intensivos–, con medidas como los aranceles, la antinmigración, las cárceles y los muros aislacionistas, entre otras. Medida con tufillo “proteccionista-nacionalista” en contravía de los intereses de las y “sus” corporaciones transnacionales agentes del modelo neoliberal en crisis. Estrategias de política que nos resultan contradictorias respecto al credo y alma de la libre competencia del capitalismo del “dejar hacer y dejar pasar”, que la hacen oler huera (oler feo). Pero, más aún, ridículas, pues parece con ellas estar “cañando” al mundo a ver que descuidado pesca al considerar que “algo es algo, peor es nada”, y que, por sus previsibles resultados, lo convertirán en bufón. 

Pero lo más interesante es que con esas propuestas asesta un golpe a lo que se supone es para el sistema capitalista la gallina de los huevos de oro, nos referimos a ¡la libre competencia! Secreto del capitalismo que, en nuestra consideración, en el marco de la transición civilizatoria que vivimos, empieza a considerarse innecesaria, y con ella el pecado que incubó: el de la avaricia de la acumulación; la cual, es nuestra esperanza, será remplazada, en un proceso de años, por la solidaridad, una virtud afín con la nueva época del Procomún colaborativo, que en su despliegue vaya dando al traste con las pretensiones antimigratoria, las cárceles y los muros aislacionistas, racistas, xenofóbicas y homofóbicas, entre otras, que han impedido el reconocimiento humano de nuestra planetaria especie.

Ilustración, igualmente, de cómo la hybris se hace estúpida y que, en asuntos como los políticos, el actor que las representa encarna a la sociedad que las protagoniza. De ahí nos resulte sugestiva la sentencia de que: “los pueblos tengan los líderes y fortuna que se merecen”. 

1 Arrighi, G. (1999). El largo siglo XX. (E. Akal, Ed.) España.
2 Jeremy Rifkin. La sociedad de coste marginal cero (Barcelona: Paidós, 2014), 464 pp.
3 Zamagni, S. (2009). La Avaricia. Pasión por tener. Madrid: Cofás, S.A.

Información adicional

Autor/a: Luis H. Hernández
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº327, agosto 19 - septiembre 19 de 2025

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