Son las cosas de la política, ciencia y arte, en la cual nada está escrito como última palabra. El Centro Democrático, reducido en su potencia social, votación nacional y presencia en el legislativo, así como cantidad de territorios en los que ejerce control administrativo, tiene ante sí, producto de dispares circunstancias, dos íconos que le brindarán espacio para recuperar y ampliar su presencia en la opinión pública y para jugar un rol más protagónico de cara a la coyuntura electoral del 2026.
Uno de ellos surge como víctima. En miles de camisetas vimos el pasado 7 de agosto estampado su rostro y el mensaje “Inocente”, las cuales vestían sus simpatizantes en las marchas citadas para “desagraviarlo”. Derrotado ante los tribunales, condenado, recluido en casa por cárcel, seguramente deprimido ante el varapalo recibido, imaginado por él o por sus más cercanos lugartenientes, no da/n tiempo al tiempo y contra ataca/n para evitar que la derrota ética y moral se consuma y el otrora líder incuestionable pierda el aura de intachable que a toda costa ha querido procurarse, así como la energía y luz que transmite a los suyos.
La mejor defensa es un ataque, dicen en política, de ahí las marchas escenificadas el siete de agosto en varias de las principales ciudades del país, pero también la consigna: “inocente”, con la que, saltándose las razones de la justicia, pretenden blindar ante sus incondicionales, y más allá de ellos, a quien violentó la misma Ley que el otrora presidente dice tanto defender y respetar. Ley que también viola el cristiano practicante que dice ser: “No darás falso testimonio, ni mentirás”, reza uno de los Diez mandamientos.
Es un proceder, el de las marchas y otras iniciativas mediáticas y jurídicas desplegadas, una maniobra ideológica y política que pretende hacer de la derrota una victoria, en este caso ideológica. Aunque limitado por estar encarcelado, así sea en una de sus tantas propiedades, sin posibilidad de desplegarse por todo el país, como de seguro procedería de no estar limitado para movilizarse, no se queda callado, y la ocasión para opinar la brinda el deceso de uno de sus pupilos preferidos, Miguel Uribe Turbay, malherido tras trampero atentado que le afectó su humanidad con varios proyectiles, y la presencia en su funeral de otro ex presidente, Juan Manuel Santos , otrora aliado político y conspirador de largas jornadas de compartir opiniones para prolongar y ampliar privilegios, así como ahondar poderes.
Con ocasión de ello, vuelve sobre un tema que sabe es taquillero en cualquier escenario colombiano, mucho más en la coyuntura electoral: la seguridad, la necesidad de mano dura, la urgencia de impedir que la guerrilla gane más territorio, todo lo cual se desprende del señalamiento a Santos de ser responsable de “[…] la entrega del país al narcoterrorismo…”.
¿Cómo hacer para recuperar el país del control “narcoterrorista”? Él, y su partido, tiene/n la fórmula: mano dura. Es un reclamo que está presente cada día en los medios oficiosos de comunicación, que le reclaman al Gobierno por no militarizar el país y permitir con ello que la guerrilla esté presente de nuevo en territorios de los cuales había sido desalojada. Un reclamo, un decir, que tiene como principal propósito que la demanda de seguridad, tranquilidad y la confrontación sin medias tintas con la insurgencia, en todos sus matices, se sitúe como tema central del debate político.
En este proceder, la “víctima”, el “condenado de manera injusta”, aupado por toda la pléyade de adoradores que aún conserva, aguarda el fallo de tribunales superiores para, en caso de ser rebajada o eliminada su condena y, por tanto, recuperar la libertad, retomar como tigre la dirección de su partido y la iniciativa en la campaña electoral.
En esa maniobra el otro ícono surge como mártir. Pocos recursos brindan más espacio en política que los que otorga un inmolado, al cual poco se le puede objetar. Como es conocido, “No hay muerto malo”, y Miguel Uribe Turbay no podría ser la excepción. Pero no solo ello, no solo cumple con la regla del refrán de marras sino que los medios oficiosos lo insuflan y lo colocan en las alturas como intachable, mártir, y mucho más: “una joven promesa de la política nacional que de no haber sido asesinado seguramente ‘habría refrescado el país con su sabiduría, su dedicación, su bondad, su don de gentes, su vocación pacífica’”. La alta cantidad de sufragios obtenidos en los comicios que lo ungieron como la votación más alta para el Senado, brindan espacio para ello.
Con cuidado hay que hilvanar que por parte alguna aparecen sus ideales políticos, los mismos que le llevaron al Centro Democrático, ni su identidad de clase, la misma que le marca en las toldas de Trump y de la pléyade de privatizadores y fanáticos del capital que difunden y rubrican iguales idearios de gobernar a favor de las minorías. Todo ello, como queda evidente con la reducción de impuestos que propenden para los ricos y la negación de derechos fundamentales que ahora pretenden, sin disimulo alguno, allí donde son gobierno. Una agenda neoliberal llevaba al extremo con supuesto propósitos de eficiencia y de salvar las arcas públicas.
Es un endiosamiento que, validos de la violencia de que fue objeto, brinda piso para evidenciar con más contundencia la inseguridad que campea en el territorio nacional, la cual, según su delirante discurso, “regresa al país a 1990”, y la imborrable ola de violencia y magnicidios que lo conmocionaron.
Situados en ese tiempo, de manera poco transparente, llevan a la opinión pública al interrogante, ¿qué le permitió al país superar el caos, el avance guerrillero, el actuar violento del narcotráfico? Un solo detalle por no dejar al margen: el paramilitarismo no asoma sus orejas por ahí, cosa más que extraña. El paramilitarismo, su estructuración, moldeamiento y operatividad de la mano de las Fuerzas Armadas, como lo reconfirman los procesos judiciales seguidos a decenas de oficiales de las tropas nacionales, ahora con cargos penales de diversa naturaleza.
Recuérdese que esa realidad de inseguridad, profundizada por un actor guerrillero que ahora sabemos que había perdido el decoro, fue la que le abrió la Casa de Nariño a Uribe Vélez, administración que contó con el silencio nacional para que procediera como lo hizo y, según unos y otros, “poder volver a salir a transitar las autopistas nacionales y regresar a las fincas sin temor a ser secuestrados”.
Mano dura, reforzamiento de las Fuerzas Armadas, libertad para operar, ofensiva en el campo y las ciudades, todo ello en el centro del debate electoral que ya está en curso, eso es lo que van orquestando.
Por tanto, seguridad, “derrota de los violentos”, en ese vértice se encuentran como referentes políticos, como una sola potencia, los dos íconos, los mismos que retomados como pipa de oxígeno le insuflan aire al Centro Democrático, y de manera adyacente al conjunto de organizaciones partidarias que militan con ideas iguales o similares. Su discurso y propuestas encuentran aval en el entramado ideológico y político que en nuestra región, además de Estados Unidos, plasman en sus respectivos países Milei y Bukele. Existen otros que andan por tal senda, pero estos son los más mediáticos.
Validos de todo lo relacionado, ganan cuerpo preguntas como, ¿tomará forma una amplia coalición, más allá de la derecha más dura, para actuar como una sola propuesta en la jornada electoral que se avecina? ¿La exigencia de seguridad alcanzará a centrar y marcar como reclamo nacional la venidera campaña presidencial? ¿Permitirá el partido de gobierno que tales propósitos tomen forma? ¿Logrará, para que así sea, tensar las fibras del país con demandas, reivindicaciones y promesas de otro orden, bien económicas, bien sociales, bien políticas?
Dos íconos, el uno asesinado y que por obvias razones ya no puede hablarle con nuevas propuestas al país, y el otro maniobrando para no dejarse enterrar en vida, aparecen como salvavidas para el Centro Democrático y todos aquellos partidos que defienden iguales ideales. Mientras esto sucede, continúa sintiéndose en el país la ausencia de un sujeto popular con impacto nacional que enamore con su actuar transparente y certera convicción de poder, construyendo día a día otra democracia, de iguales y entre iguales, directa, participativa, plebiscitaria, radical.
He ahí las sorpresas que brinda la política, en la cual nadie está enterrado para siempre y en la cual una de las mejores maniobras es huir hacia adelante.


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