Sábado 23 de agosto de 2025.
El Ministerio de Guerra israelí ha declarado su intención de ocupar la ciudad de Gaza, “el último bastión de Hamás” Cada vez que ocupan una ciudad, dicen lo mismo: “Este es el último bastión” . Lo hicieron con Jabaliya, con Beit Lahiya, con Rafah. Y ahora es la ciudad de Gaza.
El problema es que 2,3 millones de gazatíes ya viven en el 20 % de la Franja de Gaza, y el 80 % restante está ocupado por el ejército israelí. Tras la ocupación de la ciudad de Gaza, estos 2,3 millones de personas quedarán confinadas en tan solo el 10 % de la superficie del enclave, es decir, 35 kilómetros cuadrados.
Desde este anuncio, no dejo de recibir llamadas de amigos y de muchas otras personas: “¿Qué debemos hacer? ¿Es esto en serio? ¿De verdad van a hacer esto? “. Mi esposa, Sabah, me hace la misma pregunta. Respondo con optimismo: “No, no van a ocupar la ciudad de Gaza. ¡Es hora de alcanzar un alto el fuego!” . Pero en el fondo, sé que todo es posible.
Cuando Israel se preparaba para ocupar Rafah, Joe Biden, Emmanuel Macron y otros líderes occidentales dijeron: “Rafah es una línea roja” . Pero Israel, el niño mimado de Occidente, hizo lo que quiso, y mirad en qué se ha convertido Rafah: un campo de ruinas. Con Netanyahu, no hay línea roja. Mientras dure la guerra, también dura su vida política. Pero es difícil decirlo tan brutalmente. Así que no encuentro otra respuesta para mi familia y amigos.
Ponerse en camino solo con una mochila sin saber a dónde ir
Todos me preguntan también si tengo alguna idea para un “Plan B”, como siempre. Por desgracia, esta vez no la hay. Ni para mí ni para los cientos de miles de personas que no tienen adónde ir. Al principio de la guerra, cuando nos vimos obligados a marcharnos, había soluciones: ir al centro de la Franja de Gaza, a Deir el-Balah, o al sur, a Jan Yunis, Rafah, Al-Mawassi… En estos pueblos y sus alrededores, aún había espacio, habitaciones para alquilar, terrenos para acampar. Hoy es casi imposible.
Algunos han encontrado alojamiento allí con amigos, en almacenes, en garajes, por si tienen que irse. Como nosotros, ya han vivido el desplazamiento. Ya no quieren emprender el camino con solo una mochila sin saber adónde ir, y verse obligados a empezar de cero: encontrar una tienda de campaña, un lugar donde asentarse, ropa, etc. Pero otros cientos de miles de personas no tienen esta opción. Y, sobre todo, ya no hay espacio. Otros amigos han ido a explorar Al-Mawassi, la zona cercana al mar, al sur, donde cientos de miles de personas se hacinan, para intentar negociar un terreno aún vacío donde poder acampar. Es prácticamente imposible. El terreno privado donde habíamos instalado nuestra tienda con las de otras cinco familias, en Deir el-Balah, está completamente ocupado.
Así que no tengo un plan B. No sé qué voy a hacer. No me gusta sembrar la preocupación y el miedo, sobre todo entre mi esposa e hijos. Sé que Sabah leerá este texto, y también mis amigos.
Desgraciadamente, no tenemos otra opción. No tenemos adónde ir ni forma de llegar. La única forma de llegar al sur ahora es por la carretera de la costa, donde los coches están prohibidos. De todas formas, no hay coches ni gasolina. Así que tendríamos que ir a pie, o en carros tirados por animales, o en los tuk-tuks que aún funcionan.
La deportación será la única salida
¿Pero adónde ir ? Esto es lo que aterroriza a los gazatíes. El ejército israelí bombardea los barrios de Shajaya, Zeitoun y Sabra. Rodea la ciudad de Gaza por el norte, el sur y el este. Al oeste, el mar. Y como saben que no tienen otra opción, muchos prefieren rechazar las órdenes de evacuación y morir en casa.
Sé muy bien que nos encontramos en una encrucijada. O bien el fin de la guerra o bien la deportación al extranjero. No hay una tercera opción. Si nos obligan a irnos, será a Rafah, al lugar que el Ministro de Guerra israelí llama una “ciudad humanitaria”. Es decir, nos encerrarán en un enorme campamento erigido sobre las ruinas de Rafah, custodiados por militares, en tiendas de campaña, en condiciones inhumanas. Luego, por “razones humanitarias”, algunos países aceptarán acogernos. La deportación será la única salida. Por supuesto, no se utilizará la palabra “deportación” ni “limpieza étnica”. Se dirá: “Ofrecer una vida mejor a estos pobres palestinos que viven en condiciones terribles”.
Ya está. Es eso, o el fin de la guerra, que es lo que todos esperan.
Los israelíes no esperaban más que una excusa para poner este plan en marcha
Hamás se enfrenta a un Netanyahu que constantemente impone nuevas condiciones para detener las masacres. Pero a mi alrededor, cada vez escucho más gente decir que Hamás debe dejar de negociar con un enemigo que tiene todas las de ganar y que juega con la existencia misma de la población de Gaza. Se preguntan: “¿Qué espera Hamás para izar la bandera blanca?”. Hamás, como movimiento, no tiene nada que perder. Es la población la que paga las consecuencias. Por supuesto, dentro de esta población se encuentra la base popular de Hamás. Pero como políticos, no tienen nada que perder. El problema es que nosotros, los orientales, o los árabes en general, nos negamos, por orgullo, a reconocer nuestras derrotas militares, especialmente ante un ocupante. Después de Hiroshima, el emperador japonés izó la bandera blanca, diciendo que si no lo hacía, no quedaría ningún japonés. Y que Japón no podría existir sin los japoneses. De igual manera, Palestina no sería nada sin los palestinos.
Pero Hamás mantiene su ideología de liberar Palestina mediante la resistencia armada. No ha aprendido de otras facciones que surgieron mucho antes, especialmente Fatah, que también experimentó con la resistencia armada y luego la abandonó para quizás algún día crear un Estado palestino. Hamás aún cree que la bandera blanca significaría el fracaso de la resistencia y que Palestina nunca será liberada. Creen que no pueden convencer a sus bases de que detengan la lucha armada. Por eso prefieren que el barco se hunda con todos a bordo, para que no se diga que solo Hamás ha perdido y capitulado, sino toda la población. Prefieren la destrucción total de la Franja de Gaza y la deportación de toda la población gazatí. Desgraciadamente, esta mentalidad le ha costado muy cara a la población palestina. Podríamos haber evitado todo lo que estamos viviendo actualmente. Podríamos haber evitado estas masacres. Sabemos desde el primer día, desde el 7 de octubre, que el verdadero objetivo de la guerra es la deportación de 2,3 millones de personas. Los israelíes solo esperaban una excusa para implementar este plan. No había que proporcionársela. Especialmente frente a un mundo silencioso, con unos Estados Unidos cómplices que ofrecen a Israel todo el apoyo posible, militar, financiero y político.
El pueblo de Gaza no es culpable de nada. Solo quiere resistir la ocupación y permanecer en suelo palestino. Pero al optar por la lucha armada, todos pierden. Hamás dirá que resistió hasta el último minuto, hasta el último pedazo de tierra, pero que fue víctima de la complicidad del mundo entero con Israel. Es grave que Hamás piense así. Porque es Palestina la que perderá. Ya no habrá Palestina. Gaza será una ciudad israelí. Y quizás una “Riviera” estadounidense. Todos habrán perdido, incluido Hamás, aunque no lo reconozca. Desde que Hamás está en el poder en Gaza, siempre han sido los israelíes quienes han declarado el principio y el fin de las guerras. La guerra de 2009 dejó 1200 muertos. La guerra de 2014, más de 2000. La guerra de 2019, cientos de muertos. La Franja de Gaza lleva 17 años bloqueada. Ya casi no entra nada. Pero Hamás siempre cantaba victoria, porque seguía allí, y también lo hacía la población. Quizás. Pero esta vez, ya no quedarán palestinos.
Esta es la encrucijada: o la eliminación de la existencia palestina en Gaza, o el fin de la guerra. Me dirijo a quienes negocian en el extranjero en nombre de 2,3 millones de personas. Les pido que consideren que la derrota o la victoria dependen de la existencia de los palestinos. Les digo que no es vergonzoso dejar de luchar, sean cuales sean las condiciones, cuando nos enfrentamos a un ejército abrumador que nos masacra a diario. Estamos sufriendo un genocidio, una limpieza étnica y una hambruna ante los ojos del mundo entero, en el siglo XXI . No es vergonzoso decidir respirar un poco.
Sabemos muy bien que un día Palestina será liberada. Sabemos muy bien que un día reinará la justicia, que las y los palestinos tendrán sus derechos. La historia, la lógica y la naturaleza lo atestiguan: la injusticia no dura eternamente. Pero mientras tanto, debemos preservar lo que tenemos. Debemos distinguir entre el coraje y la sabiduría. La sabiduría, a veces, requiere mucha valentía. La sabiduría para detenernos, aun sabiendo que perderemos como movimiento de resistencia. Pero ganaremos porque el ser palestino permanecerá en su tierra de Palestina. Podremos reconstruir; ya lo hemos hecho varias veces. El mero hecho de existir, de permanecer en suelo palestino, será una gran victoria.
Precisamente, los israelíes saben muy bien que el verdadero peligro para la existencia de Israel y para la liberación de Palestina es el Palestino. Y por eso intentan por todos los medios expulsarnos, ya sea en Gaza o en Cisjordania. Saben muy bien que son ocupantes de una tierra que no les pertenece. Hay que detener este torrente de sangre. Este es un mensaje para Hamás. Aunque Netanyahu cambie los parámetros en el último momento, no importa. Él es el más fuerte; impone sus condiciones. Aceptando estas condiciones, ganaremos: no habrá más deportaciones, ni en Gaza ni en Cisjordania. No habrá más pretextos para que Netanyahu deporte a los 2,3 millones de personas ni anexione Gaza a Israel. Y los palestinos seguirán allí.
Traducción: Faustino Eguberri
Publicado por Rami Abou Jamous | Sep 5, 2025


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