La insistencia de los periodistas de las principales firmas de la industria mediática nacional y otras internacionales, como El País (España), en producir y reproducir la narrativa de la ‘oscura noche’, con sus espantosas evocaciones e imágenes de catástrofes y nubarrones, tiene como propósito difundir los horrores y martirios de la violencia que atemoriza a las gentes de bien y que solo puede aliviar el señor Uribe.
Esos periodistas hacen culto, sin embargo, a un tipo de violencia a la que atribuyen virtudes tecnocráticas y de legitimidad, esa que defiende el statu quo. Actúan como voceadores del discurso de quienes de forma intencional ofrecen explicaciones y justifican los móviles del crimen de Miguel Uribe Turbay, sin que aún se haya probado alguna hipótesis sobre las causas del mismo. Lo hacen para tomar provecho político del asesinado, con la aprobación obvia de la familia y el padre de la víctima, el mismo que ya es precandidato por el CD, el partido del caudillo que renace.
Las discrepancias que puedan surgir entre los líderes de opinión pro estatu quo son, al fin de cuentas, cosméticas, menores, en cambio, las similitudes son las más. La principal, que comparten la actitud infame de negarse sistemáticamente al esclarecimiento ético de los hechos y la verdad de los acontecimientos que están ocurriendo. Con descaro, lo único que les interesa es tomar provecho político del muerto para avanzar en la contienda mediática que tiene como objetivo la restauración del viejo orden establecido, el que encarna hasta la bilis el renacido Uribe.
Despiertan sospechas, cuando menos, los titubeos de esa derecha liderada por Juan Manuel Santos, la que hasta no hace mucho pretendía deslindarse de Uribe y su formación política. Parece que ya no. Todo por cuenta de dos hechos relevantes y que se conectan entre sí, y que dan forma a una coincidencia fatal. Por un lado, el así nombrado magnicidio del joven líder de la extrema derecha, cruda, burda, clasista y radical, propietario de un discurso de desprecio a la vida y, por el otro, la condena a Álvaro Uribe Vélez a 12 años de cárcel. La figura del mártir fabricado en las matrices de medios así como la del caudillo que renace, se complementan para formar la trama de novela política y policiaca cuyos desenlaces prometen más hechos de terror en el marco de una campaña electoral única y convulsa.
El mártir es reclamado suyo por los de su sector de clase y otros que encuentran en el hecho réditos electorales. Hecho que es presentado exactamente como un sacrificio mediante el que se concede al difunto la aureola de la gloria eterna de martirizado, sino la gloria de la redención de Uribe. Que de criminal pasó en corto tiempo a convertirse en (la) víctima del sistema. A la vez que hace aparición un sentimiento de indefensión inicial de clase del que se pretende contagiar a toda la sociedad. Ese sentimiento de indefensión no es en realidad de la sociedad de a pie o el de la vendedora ambulante que es indagada por el periodista sobre los hechos acaecidos tras el sepelio del mártir.
Sin embargo, si ocurre algo que resulta peligroso para la vida presente y futura de esas personas de a pie: elevar a mártir al joven político de derecha y convertirlo en objeto de manipulación emocional de las masas, a la vez que en motivo de unidad de la derecha rancia, acción que gira alrededor del vivo, el caudillo que ha sido rescatado del hondo lupanar criminal a dónde sus miserias lo conducen, luego que un magistrado del Tribunal Superior de Bogotá le diera la libertad.
Al respecto, surgen varias preguntas: ¿a quiénes –no– conviene el esclarecimiento de los móviles y la identidad de los actores intelectuales del magnicidio? ¿Es coincidencia que la noticia del deceso de Miguel Uribe Turbay se conozca justo el fin de semana siguiente a la condena de Uribe? En vallas publicitarias ubicadas en lugares estratégicos de varias ciudades, días previos a la marcha promovida por la derecha, se exhibió una imagen premonitoria de los desenlaces que vienen después de conocerse el deceso de Miguel Uribe Turbay. Uribe de pie inclina ligera y sutilmente su cabeza ante el joven Miguel Uribe Turbay, mientras que él (Miguel) le habla a quien es su mentor, que solemne lo escucha. Parece que el joven está dando aviso de su partida inminente del mundo temporal. La actitud del seguidor –es– la de un discípulo reverente.
¿Y, qué representan Álvaro Uribe y Miguel Uribe Turbay? Ellos son parte de ese segmento de clase enmohecida, son terratenientes, rentistas, negociantes, gamonales, proclives al autoritarismo y a un tipo de violencia que apropia la técnica y los medios de la guerra más avanzados, crueles e inhumanos. Ejemplo de la cual es el paramilitarismo. Y qué es el paramilitarismo sino la combinación de técnica, medios de bélicos y del crudo fundamentalismo ideológico destinado a promover el mantenimiento de la hegemonía de la derecha decimonónica. Instrumento armado que instiga a la destrucción y a la aniquilación, no solo de la insurgencia o las expresiones políticas opuestas, se empeña también en reducir el campo de la democracia liberal a mero procedimiento, suficiente para garantizar la legitimidad formal de la violencia que ejercen sobre los que consideran sus enemigos. Son dueños de argumentos fabulados y manipulados, de ideas toscas, a juicio de expertos vacías de sustancia ética. Ideas que anidan en la mente de sociópatas.
Al respecto la literatura señala que el espectro del Trastorno Antisocial de la Personalidad es de varios tipos, dos de ellos la psicopatía y la sociopatía. El psicópata tiene un comportamiento más organizado y calculado, mientras que el sociópata es más impulsivo y desorganizado1. Ambos trastornos tienen en común que muestran a individuos carentes de empatía, movidos por el deseo de someter a los demás. Aunque no fuera necesario para satisfacer su deseo de dominio, recurren por lo general a la destrucción de las normas, convenciones sociales y a transgredir los límites de lo aceptado y soportable socialmente, a las más crudas violencias, incluidas el asesinato y otros crímenes.
Menos del 10 por ciento de los psicópatas incursionan en actos criminales, mientras el otro porcentaje vive procesos autodestructivos2. Mientras que los sociópatas no pueden evitar protagonizar ser los autores y perpetradores de actos criminales contra el propio aparato social, incluso su propia familia (p.e., los hermanos Castaño, creadores del paramilitarismo), el “asesino de masas”, p.e., dice el Dr. Carrillo3 es clasificado por la psicología política como caso típico de sociopatía, como el “enfermo de la sociedad” que pasa a atacarla. Tal cual ocurre con los ‘criminales de guerra’ y los ‘líderes fascistas’. Preguntémonos, ¿qué ocurre cuando dicho sujeto llega al poder? Del empleo en Colombia de métodos como ejecuciones extrajudiciales, tortura, genocidio, desaparición forzada, se tiene noticia hace más de 70 años, inicios del periodo de la violencia política. Estos métodos han tenido en común que están orientados a causar daño psíquico además de físico. Las masacres –causar la muerte a la mayor cantidad de personas en comunidades y territorios–, provocar el destierro masivo, han obedecido a un plan diseñado para producir terror, causar daño y destruir el tejido social y cultural de las comunidades. Podría afirmarse que este tipo de métodos de guerra solo son concebibles, accionados y perpetrados por sociópatas. Por tanto, que el paramilitarismo implementado en la última fase de la guerra contrainsurgente es obra de sociópatas que han ocupado el solio de Bolívar.
El atentado que le cuesta la vida a Miguel Uribe Turbay pudo ser planeado por sociópatas, sí se examina el hecho en el contexto y se identifica el objetivo político probable del crimen. El desorden psíquico que caracteriza al sociópata no es lo mismo que estos carezcan en absoluto de la capacidad de cálculo, todo lo contrario. Un hecho a tener en cuenta en el análisis de contexto es lo ocurrido en el juicio a Uribe. Es el hecho que sirve de marco al atentado de Miguel Uribe Turbay. Un proceso jurídico que culmina con la condena del inculpado, y que permitió observar el comportamiento de un individuo carente de vergüenza y de consideración con las víctimas de sus acciones criminales. La actitud del acusado es idéntica a la que describe H. Arendt en “Eichmann en Jerusalén”, la banalización del mal. El cinismo e indolencia exhibidos son las del sociópata. El juicio se hizo espectáculo, el acusado se asume como víctima para la manipulación emocional de quienes siguen interesados la transmisión, tal cual Eichmann. Pero a diferencia de Eichmann, el acusado (Uribe) no es quien recibe órdenes sino quien las da (¿quién dio la orden?). Lo hace impulsado por un deseo de poder enfermizo característico de personalidades autoritarias como él y otrora Laureano Gómez, ambos individuos guiados por una pulsión agravada de deseo de poder que conlleva a que su ego y su alter se hostilicen4.
El Dr. Carrillo5 nos propone reparar en el tipo de personalidad de los “seguidores” del enfermo de la sociedad. Preguntémonos, ¿si es correcto afirmar que la estructura social de la personalidad de los seguidores corresponde a la imagen especular de la estructura psíquica del sujeto de su deseo que en este caso es Uribe? Entonces, ¿quiénes son los seguidores de Uribe? Los resultados electorales de los últimos 25 años indican que un porcentaje elevado de la sociedad colombiana es afecta a liderazgos autoritarios como el de Uribe. Lo que indica que la sociedad colombiana responde a un perfil de personalidad autoritaria propensa a ser manipulada. Al punto que los seguidores llegan a cometer crímenes para agradar al sujeto de su deseo, como en el caso de Cadena (el abogánster). Aquí el dicho que reza: “el criminal no actúa solo” cobra relevancia. A decir verdad son los seguidores de los líderes fascistas y criminales de guerra quiénes necesitan el abordaje multidisciplinar.
Ahora bien, el así descrito magnicidio de Miguel Uribe Turbay y la relevancia de la personalidad autoritaria del caudillo Uribe, serían la demostración de que el campo político colombiano se proyecta como un espacio hostil y amenazante, en el que los sentimientos de temor y venganza son juntados para componer el espectro de las motivaciones individuales y colectivas que alimentan la confrontación política, militar y criminal promovidas por personajes como Uribe, los Castaño, Pablo Escobar, Víctor Carranza y otros. Ideas que fueron de la apetencia del asesinado Miguel Uribe Turbay. De allí la intensidad de la polarización política, la creciente percepción de inseguridad que hechos como el magnicidio provocan o se esperaba produjeran, porque si nos fijamos bien el atentado aparece como un suceso en medio de una sucesión de hechos calculados.
Medofilo Medina, en carta dirigida al líder de las Farc Alfonso Cano en 20116, le dice: “La violencia –en Colombia– es un fenómeno político emocional que arrastra a la mayoría de la opinión para ponerlo en manos de la extrema derecha”. Agrega: la violencia que experimenta Colombia es, en lo fundamental, una confrontación de carácter emocional, por lo que la historia política del país estaría signada por la prolongada cadena de sucesos de violencia que dicha confrontación emocional produce. De acuerdo con el profesor Medina, el componente emocional y psíquico de la sociedad continúa siendo el miedo que produce la guerra y los hechos de violencia.
La «guerra» es, al fin y al cabo, la manifestación de los términos en que se desarrollan las relaciones de poder en Colombia en todos los ámbitos. Lo que está en la base del conflicto de décadas no es solo el reclamo de una sociedad por la igualdad, la justicia y la democratización. También es el resultado de la intensa y profunda confrontación por el poder del Estado entre defensores del grupo de poder hegemónico, ese segmento de clase tradicional, conservadora que ha hecho lo imposible y reprochable para conservar la hegemonía de su estatu quo. Un statu quo, que los datos históricos muestran es proclive al crimen.
Lo que distingue a ese sector de clase, erigidos como minoría poderosa, del resto de la sociedad es que además de su profundo “deseo individual de poder, también son dueños de la mayor parte de los «recursos de poder económico y simbólico»”7. Dominan a sus anchas el aparato Estatal, por medio del servilismo mostrado por congresistas, magistrados, jueces, funcionarios, policías, militares, notarios, alcaldes…
Nada más fácil que activar el instinto de agresividad del ser humano o de la sociedad atemorizada y presa del pánico. El instituto de agresividad es un poderoso recurso psíquico de manipulación emocional de las masas. Los seres humanos han luchado por –el dominio de sí y la represión de sus impulsos–, lo que devino en la producción de las condiciones propicias para la instauración del dominio común, el gran Otro. Pero, a lo largo de la historia de la modernidad, la contradicción interna de la clase dominante ha estado merodeando sediciosamente en torno a la lucha por el poder del Estado y el dominio del gran Otro. El gran Otro se ha convertido, tanto en objeto de deseo individual como colectivo de grupos de poder que desean hacer uso ilimite de la violencia física y simbólica del Estado, para someter y manipular las mayorías, lo que ha conducido al truncamiento del anhelo de paz burguesa.
Miremos, ¿quiénes y de dónde son los que promueven la violencia y el terrorismo de Estado y el paraestado en Colombia? De ese tipo de deseosos de poder habla la historia. Laureano Gómez, p.e., y sus leales epígonos de mediados y finales del siglo XX, Álvaro Uribe y sus lugartenientes en las últimas tres décadas. Hitler en Alemania, Franco en España, Mussolini en Italia, Pinochet en Chile, etcétera. Todos ellos personajes movidos por sus apetencias y delirios, recurrir sin vergüenza a la implementación y utilización del terrorismo, la violencia física y simbólica (tecnológica, mediática) como el recurso privilegiado de sometimiento de las mayorías.
En el pasado, los falangistas –criollos– afines a Franco, acudieron a los ‘pájaros’, luego a la instrumentalización del aparato militar y policial del Estado, los chulavitas; ahora, acuden al paramilitarismo con la complicidad de las FF.MM y la Policía, siempre al servicio de los poderes locales, regionales y nacionales. Con el paramilitarismo como mecanismo efectivo de control social, económico y militar de los territorios, se ha producido la restauración del más rancio de los gamonalismos, la regionalización del conflicto, la expansión del narcotráfico y el control criminal de las economías ilegales y el extractivismo, la expropiación de tierras y la ocupación de territorios. Lo anterior para afirmar que la violencia en Colombia es un fenómeno político, económico y militar, que ha definido el campo de lucha política como el espacio físico y social en el que tiene lugar la confrontación emocional entre los individuos que intervienen en la disputa por el poder del Estado. Lo acaecido con la UP, los líderes del movimiento obrero, campesino, ambiental e indígena, se ha producido en el marco de la guerra de larga duración contrainsurgente, pero también antipopular, contra la sociedad, los obreros, indígenas y campesinos.
La disputa política en democracia y en paz ha puesto en cuestión el poder hegemónico bicentenario de la derecha, lo que está en juego, no es simplemente el poder presidencial, sino el del Estado. Necesitan revertir la tendencia del proceso de democratización y para alcanzar ese objetivo requieren activar la guerra. Ellos no se fían de los mecanismos democráticos electorales. Por eso acuden al recurso de la guerra, la manipulación emocional y la atemorización de los ciudadanos. Para hacerlo demandan capacidades económicas y tecnológicas, dispositivos operativos y medios de seducción emocional potentes en un orden sincrónico. ¿Quién o quiénes poseen las capacidades para concebir, diseñar y ejecutar, con tal sincronía las acciones de terror, un asesinato político, la declaración de guerra de Miguel Uribe Londoño, la orden de libertad de Uribe y al mismo tiempo el renacer del condenado como caudillo, los actos terroristas de Cali, el ataque contra la policía en Amalfi, Antioquia? ¿Qué sector de clase está interesado en la desestabilización del país? ¿Cuál es rol de los líderes de opinión y periodistas en el marco del plan de desestabilización?
Recordemos, la violencia y la guerra son una empresa, un negocio. Y como todo negocio la guerra posee elementos racionales, es decir, que no solo administra una racionalidad instrumental –como el mercenarismo-paramilitarismo–, sino que también se encuentra sujeto al cálculo económico y político-electoral, pero más peligroso aun, se encuentra sujeto en lo ideológico al fascismo.
¿Qué sabemos de la paz? La conversación continúa…



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