El Chocó, territorio de dignidad en un país racista y colonial

La realidad del Chocó y sus gentes, más allá del folclorismo como el poder central continúa avistando esta parte del país, solo superable con la persistencia de construir dignidad por los pueblos que habitan la región más biodiversa del mundo.

El Chocó es un departamento al que bien le queda la denominación designada por el maestro Orián Jiménez, como un paraíso del demonio1. Este, territorio de exuberante biodiversidad con acceso a los océanos Pacífico y Atlántico; de caudalosos y cristalinos ríos; de majestuosas selvas; de colores, olores y sabores; de una humanidad indígena y afrodescendiente humilde, cálida y rebelde; es este el territorio amado, dignificado, pero también, el territorio deseado, expoliado, saqueado, violentado. Como dirán aquellos que solo han visto en el Chocó la despensa de riquezas para el capital, es “la mejor esquina de Colombia”. 

Allí han convivido por siglos las contradicciones que un sistema colonial capitalista consuma en las tierras donde posa sus intereses. Algunos asuntos que pueden reflejar esta situación es la histórica economía de enclave que se ha dado, pues el Estado ha puesto sus ojos en este territorio sólo para extraer sus recursos y llevárselos a capitales de riqueza colonial, bien en Europa o norteamérica, pero también Antioquia, Risaralda o Valle del Cauca. No puede caer en el olvido que muchos de los grandes ricos de Cali, Popayán, Rionegro y Medellín administraban en el siglo XIX, desde la lejanía, minas completamente productivas con mano de obra esclavizada; circunstancias de explotación extendidas en el siglo XX, y aún hoy, cuando sectores del capital miran hacia acá solo para apropiar las bondades de estas tierras, sin dejar nada para su población, ni siquiera en infraestructura, de la cual solo les preocupa que les permita transitar para sacar el mineral, la madera, y todo aquello que considere valioso para multiplicar su patrimonio.

Además de la explotación de sus fuentes, el Chocó también ha sido objeto de intereses estratégicos para la política y la economía global. Desde la Colonia, el Rey Carlos en 1534 ordenó el primer estudio de factibilidad para unir al Pacífico y el Atlántico; de la misma manera, en 1822 Bolívar propuso el trazo de un canal por el istmo que conectaría el río Atrato y el San Juan, lugar conocido como “el arrastradero de San Pablo” o “el canal del cura”; un área estratégica desde la colonización. Y así, de la misma manera, bajo los mismos intereses, el Pacífico ha tenido una proyección para el “desarrollo” de afuera, a costa de la miseria, la injusticia y la precariedad de quienes aquí habitan. El canal interoceánico Atrato-Truandó; la construcción del puente terrestre interoceánico entre Bahía Candelaria en el Atlántico y Bahía Cupica en el Pacífico; la vía Panamericana; la agroindustria de Palma; la explotación maderera; ahora la industria ambiental; son todas formas en que el mundo entero ha proyectado sobre el Chocó usando la violencia como mediación. 

No pueden quedar en el olvido las prácticas colonialistas a inicios del siglo XX en el Chocó, cuando este territorio fue una propiedad robada por extranjeros estadounidenses y británicos, privándola para las y los chocoanos. Entre 1916 y 1925 la Compañía Minera Chocó Pacífico explotó oro y platino de los ríos San Juan y Condoto (para lo cual no pagó regalías), instalando todo un sistema de apartheid en Andagoya, donde el pueblo que se levantó y domó la inmensidad de la selva, no era bienvenido más que para el trabajo esclavo de hombres y mujeres en la minería o en las mansiones de sus propietarios. 

Resistencias

Pero, proporcional a tanta violencia, se han edificado también rebeldías constitutivas, un espíritu cimarrón, libertario que brega día a día con la subsistencia, pero que persiste también en la posibilidad de hacer de este un territorio digno de ser vivido. Como diría el maestro Alfonso Córdoba ‘El Brujo’ en una de sus canciones: “la vida del negro en sí, siempre ha sido dramática, y no el drama alegre, el drama bellamente vivido, lo que pasa es que nosotros de las amarguras, hacemos vivencias alegres”. 

Aquellas palabras del maestro resumen la paradoja de este territorio, y también el contexto de incidencia de la Red de Derechos Humanos del Pacífico Colombiano (Reddhhpac), un proceso integrado por una variedad de liderazgos, comunidades, colectivos, colectivas, estudiantes, profesores, académicos, artistas y demás personas que han recorrido enormes porciones del Chocó y siempre concluimos colectivamente que la dignidad habita todos sus territorios, pero que también permanecen las lógicas racistas y coloniales que promueven las difíciles situaciones humanitarias y de la mera existencia humana que sufre la población chocoana rural y urbana; razones suficientes para asumir desde la Reddhhpac un compromiso político con el Chocó y sus gentes, buscando las posibilidades de pensar el territorio, y no dejar que otros lo piensen para la destrucción. 

Las formas en que el Chocó ha sido pensado y administrado por el centro del país, sigue haciendo mella en las indignas condiciones de “subsistencia” con que carga el pueblo chocoano. De aquí que reiteramos el llamado a ver la profundidad y no la apariencia de las situaciones que hacen de este departamento uno de los más empobrecidos de Colombia. En esa realidad, el conflicto armado es solo una arista que, claro, afecta sobremanera la vida de nuestra gente, pero que también es la estrategia distractora para que desde afuera no se vea que son la corrupción, el clientelismo, el despotismo de sujetos concretos en el Estado, sus funcionarios, gobernantes, empresas y también las mismas organizaciones multilaterales, organismos transnacionales y otros países, los que invierten para que la violencia en el Chocó sea la ordenadora de sus territorios.

Engaño y manipulación

El pueblo chocoano ha sido tratado desde una injusticia constitutiva, pues vemos cómo su inmensa población afrocolombiana e indígena carga con un continuum de violencias que se refleja en cada dimensión de la vida individual, familiar, comunitaria y territorial. Por ejemplo, a propósito de las recientes pruebas saber que califica los niveles académicos de instituciones escolares, vemos con tristeza cómo el Chocó concentra las peores cifras encabezando la lista de los 30 peores resultados a nivel nacional. Aquel es un instrumento que compara sin contexto y sin la diversificación de las metodologías y proyectos educativos de los pueblos indígenas del Chocó, colegios que a duras penas tienen un techo y un profesor; con las grandes infraestructuras escolares de los sectores pudientes, blancos y burgueses de las capitales andinas, ayudando a incrementar las brechas históricas. Increíble, incluso en tiempos de cambios anunciados, persiste la visión y estructuración de un modelo educativo único para todo el país, alejado de las realidades de cada uno de los territorios y poblaciones que los habitan. Sometimiento del centro capitalino al centro del capital global, que diseña estas pruebas, e imposición cognitiva del centro del país sobre las periferias territoriales que integran el país llamado Colombia.

Se tapan los ojos ante su violencia, imposiciones y exclusiones que oprimen. Pero hay resistencias. Es tanto así que cuando los pueblos del Chocó se levantan para exigir condiciones efectivas de dignidad social, el Gobierno escucha, ¡pero no cumple! Aquello lo pudimos evidenciar y ratificar en la última minga realizada el mes de octubre del 2025, la cual pudimos acompañar de manera satisfactoria y conocer de primera mano una serie de exigencias dirigidas a construir mínimas condiciones para la apertura económica y el desarrollo de proyectos de futuro en los territorios más golpeados por la violencia en las zonas rurales del Chocó, todo esto en la histórica jornada de Aquí en la Lucha Transformamos; ante la cual, hasta el Gobierno del cambio jugó con las esperanzas de transformación del pueblo chocoano.

En esa jornada, de construir colectivo senderos de vida, el Gobierno dejó ver su “voluntad” llegando incluso a mostrar la necesidad y posibilidad de juntar en la mesa de negociación a la gobernación y las alcaldías para juntar esfuerzos, y que los delegados de las comunidades se encontraran en Quibdó con las entidades gubernamentales para iniciar las rutas de atención. El planteamiento era que sólo había que desmontar las vías de hecho para empezar a trabajar ¿Y qué pasó una vez fueron levantadas las “vías de hecho”? Bajo la justificación de no contar con los recursos para la logística de la conversación, unilateralmente cancela el espacio concertado, cerrando con ello no solo la posibilidad de construir una ruta de transformación; sino la misma esperanza de que el Estado asuma su enorme deuda con el Chocó.

¿Es racismo, colonialidad, capitalismo rapaz cubierto de progresismo y habilidades sociales? ¿Es la tendencia siempre perjudicial de engañar a los pueblos con promesas distantes, desgastantes y falsas para romper la exigencia de derechos? ¿Es la nueva forma de escuchar al pueblo para no hacer nada? ¿Ya no es un exceso de escucha? 

Son las sutilezas de estos tiempos. El Chocó se ha convertido en un departamento priorizado por las políticas nacionales e internacionales, pero no para la dignificación de las condiciones estructurales de vida de sus gentes, sino para la romantización y folclorización de un pueblo visibilizado para hacer alegre a otros mediante sus bailes, músicas, comidas, artesanías. Se habla a pleno pulmón de la gran biodiversidad que alberga, se llama a su protección, se difunden sus potencialidades, se comercia con ello, pero por parte alguna aparecen las gentes que lo habitan, como si ellas no fueran parte de esa naturaleza biodiversa.

Al mismo tiempo, se nombran fiestas patronales, se reencauchan otras festividades, se exhibe la cultura chocoana con orgullo en los festivales internacionales, se marca un exhibicionismo de lo bueno que ha sido el Chocó, de sus bondades; pero se pierde la pretensión de transformar radicalmente las lógicas racistas, coloniales, capitalistas y patriarcales sobre este territorio.

El Chocó es un departamento de alegrías y de penurias, un lugar donde se gestan planes feminicidas sobre nuestras mujeres por parte de grupos paramilitares como el Clan del Golfo; donde los jóvenes no pueden construir su futuro en los territorios porque unos y otros solo los buscan para armarlos y pelear por otros intereses; donde el único trabajo accesible es manejar una moto en las ciudades o ser agente de inteligencia para el grupo paramilitar que llegue nuevo al territorio.

Pero a pesar de cada complicación, adversidad, peligro y complejidad, la Reddhhpac sigue co-construyendo esperanza de cambio en la dignidad suprema que acompaña al pueblo chocoano, un compromiso que no es ciego ante las problemáticas que le acompañan. Continuamos con la defensa activa de los derechos humanos y pensamos que ese acumulado de lucha por la dignidad y la libertad del pueblo chocoano, puede ser la salida a innumerables problemas quel le afectan, pero para dicho cometido se requiere, no subsidios o pequeños aportes económicos a los más necesitados del Chocó, sino acciones reales, estructurales y dignificantes. Por eso hablamos de la necesidad de asumir la deuda histórica, la justicia histórica que los colombianos y colombianas tienen con el pueblo afro y con el Chocó en particular. 

Demanda que choca ante un muro de colonialismo puro que se extiende más allá del tiempo. Es así como vemos, con lástima, que incluso el gobierno del cambio, el único sobre el cual se han puesto esperanzas, no ha avanzado en dicho propósito, ni siquiera cuando ha sido un asunto reconocido incluso por el supuesto último Aureliano Buendía2. Es por ello que la unidad del propio pueblo, el poder popular de indígenas, afros, campesinos, estudiantes, trabajadores, mujeres, juventudes, etc, es la máxima posibilidad de transformación real para, como se dice en el Chocó, vivir sabroso

1 Chocó un paraíso del demonio: Nóvita, Citará y Baudó Siglo XVIII del profesor Orián Jiménez. 

2 Mediante un trino en la cuenta X en enero del 2025, el presidente Gustavo Petro se refirió a sí mismo como el último Aureliano Buendía.

Información adicional

Autor/a: Red de Derechos Humanos del Pacífico Colombiano
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº331, enero 2026

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