Therian: animalidad negada y ficción de amor
Ya es hora de que el movimiento antiespecista aprenda también a desconfiar de quienes afirman “amar a los animales”.

Me han preguntado en más de una ocasión qué pienso sobre los llamados therians. Debo confesar que, en un primer momento, la pregunta me pareció un insulto, una forma de subestimar los problemas a los que dedico mi trabajo. No había decidido aún si, como sugería Deleuze, la pregunta o el problema eran lo suficientemente buenos. Deleuze afirmaba, siguiendo a Bergson, que a veces lo decisivo no es encontrar una solución, sino formular una problemática apropiada. Al fin y al cabo, la vida misma es una maestra de la problematización. Crea problemas y, solo en ocasiones, encuentra soluciones. La vida es sobre-vida antes que mera supervivencia.

Un texto sobre el asunto me llevó, sin embargo, a empezar a considerar el problema como tal. Comprendí entonces que el tema estaba siendo utilizado, a la manera de un hombre de paja, con el objetivo de impulsar una nueva avanzada reaccionaria contra los movimientos y las prácticas transfeministas, queer, crip, decoloniales y afines. El procedimiento era relativamente simple. Consistía en tomar un caso típico de identificación subjetiva deliberada y equipararlo con procesos que, como ha señalado reiteradamente Judith Butler, dan cuenta del carácter no solo procesual y cambiante, sino también sedimentado y corporizado de la subjetividad.

Por esa vía, la potencia de lo performativo ha sido reducida a mero espectáculo. En las redes se habla de “política performativa” como si se tratara de una política limitada al postureo, a la teatralidad vacía y a la identificación arbitraria. Lo performativo aparece entonces despojado de su densidad ontológica, material y política.

Pero este artículo no pretende centrarse en lo performativo, ni en los therians como simple recurso retórico. Tengo la impresión de que el asunto es, a la vez, más delicado y menos profundo; pero lo hemos ignorado por evitar interrogarnos en torno a lo más evidente. Lo que me incomoda sobremanera es que la identificación con lo animal descansa sobre el supuesto implícito de que no somos animales, o de que los demás animales carecen de formas propias de performatividad. Autoras como Karen Barad han sostenido precisamente lo contrario.

Más aún, he llegado a la conclusión de que muchas prácticas therian son, en esencia, especistas. No solo en el sentido de que caricaturizan las complejas vidas de los animales no humanos, sino también porque, al afirmar una identificación con alteridades previamente constituidas como “gallina”, “perro”, “pantera” o cualquier otra, contribuyen a producirlas en contraste con lo humano, con arreglo a los valores del orden imperante. De este modo, refuerzan un status quo de vidas disponibles, subordinadas y explotables.

El especismo, entendido como un orden político y de poder, no simplemente como una forma de discriminación individual, crea performativamente lo humano y lo animal. Sin embargo este no es un proceso de identificación deliberada. Se trata, antes bien, de una producción histórica, material y relacional. Un ejemplo elocuente lo ofrece la propia vida de Sunaura Taylor, intelectual crip o disca, quien ha relatado cómo la artrogriposis, inducida por el complejo industrial-militar, la ha llevado, desde la infancia, a desplazarse y a realizar acciones que suelen asociarse con lo animal. Utilizar la boca para tareas que cuerpos normativos ejecutarían con las manos es una de ellas. Desde niña, cuenta, era comparada con un mono.

A partir de ese lugar no escogido, Taylor ha reivindicado su cercanía con los animales no humanos y ha explorado la animalidad constitutiva de lo humano. Pero lo ha hecho no como espectáculo ni como gesto arbitrario, sino como efecto de la materialidad de la existencia y de sus condiciones históricas. Esa experiencia la condujo a interrogarse por la singularidad de los demás animales, por sus capacidades, a maravillarse ante la multiplicidad de formas corporales humanas y no humanas, y a adoptar un modo de vida vegano que considera coherente con ese recorrido. Nada podría estar más lejos del fenómeno therian que esta trayectoria.

Los therians, por tanto, no solo funcionan como hombres de paja en el debate público. He llegado a la conclusión de que, en sí mismos, también lo son. No resulta casual que su proliferación sea impulsada por las plataformas digitales. Son las mismas plataformas que han conducido a toda una generación por los senderos de una sensibilidad reaccionaria bajo la apariencia de libertad irrestricta y de elección sin límites: mundo de cosas, incluyendo representaciones, enteramente disponible.

Los therians constituyen, independientemente de las convicciones conscientes de cada individuo, una de las formas más recientes de desprecio tecnológicamente mediado por la riqueza de la vida en el planeta Tierra. Las feministas nos han enseñado a desconfiar de los hombres que dicen amar a las mujeres, así, en general, como si fuera posible amar una categoría abstracta, como si lo femenino fuera un objeto preconstituido, disponible. Ya es hora de que el movimiento antiespecista aprenda también a desconfiar de quienes afirman “amar a los animales”.

Porque, con demasiada frecuencia, detrás de esa declaración se oculta un profundo desprecio por la vida, por la nuestra y la de aquella alteridad que desde siempre nos constituye.

Por, Iván Darío Ávila Gaitán, Doctor en Filosofía y profesor universitario.

Información adicional

Autor/a: Iván Darío Ávila Gaitán
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: desdeabajo

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