
Un mundo en contradicción
De imperio a imperio. Desde hace por lo menos dos siglos, un poder hegemónico comanda el mundo mediante una forma específica de pensar y producir. Controlado durante siglos por las potencias coloniales, el bastón pasó a manos de los Estados Unidos a partir de la Segunda Guerra Mundial. Enfrentado sin éxito en la guerra fría con la extinta Unión Soviética, el mundo vivió durante dos década en unipolaridad. Es un sistema al parecer indestructible, puesto a prueba en los últimos años por una profunda crisis económica.
Pero actúa en contra suya no sólo esta prueba; también contribuyen a la conformación de un nuevo escenario mundial –multipolar– la globalización y la ascensión de China, India y otros países emergentes; el poderío de los capitales financieros; varias de las guerras emprendidas (fracasadas) por este imperio en las últimas décadas, entre ellas las de Iraq y Afganistán; la denominada Primavera Árabe y el conflicto palestino-israelí; la incapacidad de resolver urgentes problemas mundiales como el hambre y las crecientes desigualdades; los flujos migratorios incontrolables; la destrucción del medio ambiente, etcétera.
Esta multiplicidad de factores que hacen parte de la geopolítica internacional son, en realidad, conflictos de intereses y de ideas que surgen constantemente en el seno mismo del sistema. Ese poder está concentrado en el Estado, pues tuvo su origen en la necesidad de administrar naciones. Por eso, la crisis es también del Estado moderno o Estado-Nación, y es más profunda que la crisis de la hegemonía del país conocido como Estados Unidos. Es por ello que estamos no sólo ante una crisis mundial sino también ante una crisis de los fundamentos mismos de nuestra civilización.
Se dice que el motor de los cambios históricos es accionado por medio de conflictos. Un examen atento a éstos en la actual etapa de la humanidad nos permite visualizar que la semilla del futuro, de alguna manera, ya está sembrada en el presente. Para constatarlo, basta examinarlo con lupa.
En efecto, los conflictos son potenciados por nuevas formas de pensar y actuar, a partir de grupos de oprimidos y de movimientos alternativos que tienen intereses opuestos a los del poder hegemónico: el énfasis en el transporte colectivo en detrimento del individual, vigente en muchas ciudades; el uso progresivo de fuentes de energía renovables; los movimientos pacifistas, ecologistas, a favor de los derechos humanos, antineoliberales (Foro Social Mundial, WikiLeaks, el muy reciente Occupy Wall Street, etcétera), y otros. Prácticamente todos estos movimientos y estas ideas surgieron a partir de la segunda mitad del siglo XX y continúan imponiéndose con creciente fuerza hasta nuestros días. Tienen en común la contestación del poder hegemónico que domina y define nuestra civilización. El bastón está suelto.
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Hay que cambiar nuestra forma de pensar y producir
La actual crisis económica reafirma con vehemencia que el sistema económico continúa causando miseria, desigualdad, injusticia, ineficiencia, violencia, crisis, daños ambientales y otros maleficios. No basta cambiar reglas para superarla, pues su causa es estructural. Por ello, es necesario cambiar tanto nuestra manera de pensar la sociedad como nuestra forma de trabajar-producir.
La complejidad y la heterogeneidad de las sociedades modernas exige gestiones cada vez más flexibles y descentralizadas pero, paradójicamente, hay una creciente necesidad de centralización por parte del poder financiero-militar-industrial para defender sus intereses minoritarios, que se agudizan con las crisis económicas. Éstas son estructurales, causadas por un sistema de producir y pensar inviable a largo plazo, y dependen poco de la voluntad de los controladores de este poder. Todo ello genera conflictos insolubles y cada vez más agudos tanto en el seno de la clase dominante como entre ésta y la mayor parte de la población trabajadora. Aquí se considera que toda civilización tiene una forma de pensar socialmente que es la ideología, y una forma de producir asimismo social, que es la economía, y que estas formas son inseparables. El poder hegemónico de nuestra civilización es generado por una ideología y una forma de producir bienes y servicios. Transformarlas es la única salida para superar esa decadente civilización y resolver nuestros problemas. Pero qué caminos tomar es una tarea en abierto, debido a las complejidades de nuestro mundo. En este artículo se proponen posibles caminos, lo cual conduce a una discusión sobre el poder, el trabajo y la ideología.
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La idea hegemónica de poder
Se puede definir el Estado en forma coherente con las ideas de Maquiavelo (1469-1527), creador de este concepto, como una fuerza organizada e institucionalizada, con poder soberano sobre determinada población y un territorio, que adopta medidas de autopreservación y de fortalecimiento respecto a otros Estados y que tiene la función de imponer en forma monopólica, si es necesario, la coerción y/o la fuerza para mantener el orden social y el territorio que controla.
Encontrada con pequeñas variaciones en manuales de ciencia política, en la definición del recuadro está implícita la idea de que el Estado es un concentrador único y legítimo de poderes, es independiente de la sociedad, representa legítimamente a todos los ciudadanos y soluciona conflictos, y así tiene que ser visto y obedecido. En ella, Estado se iguala a poder. A pesar de su falsedad, esta idea sienta como un guante a los intereses de quienes controlan los Estados-nación, surgidos a partir del capitalismo e igualmente adoptados en los países de socialismo real.
Es importante proponer una alternativa a esa definición hegemónica de poder. Hegel (1770-1831) y posteriormente Marx (1818-1883) concibieron el Estado en forma totalizadora, histórica y dialéctica. Para ellos, él no paira sobre la sociedad ni es independiente de ella, no representa legítimamente a los ciudadanos ni necesariamente soluciona conflictos, porque tiene fuertes lazos con las empresas, la cultura, las ideas y otras instituciones sociales, que deben ser estudiadas en sus historias y sus interrelaciones contradictorias. Para Gramsci (1891-1937), que perfeccionó y amplió este concepto de poder, el aparato estatal y su control es apenas una de las instancias del mismo, siendo las otras las empresas controladoras de capitales y conocimiento, los medios de comunicación, los sindicatos, las religiones, los movimientos sociales, las organizaciones internacionales y no gubernamentales, los partidos políticos, etcétera. Gramsci sostuvo también que el bloque que tenga el control o la hegemonía de estas instancias moldea las características del sistema o, lo que resulta igual, tiene la capacidad de defender efectivamente sus intereses específicos y estratégicos. Cada una de esas instancias tiene su cuota de poder, aunque no necesariamente haga parte del bloque hegemónico, pues, según esta concepción, el poder es relativo. Este es el punto de vista adoptado aquí.
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Producción y pensamiento
“Una araña ejecuta operaciones que semejan las manipulaciones del tejedor, y la construcción de los panales de las abejas podría avergonzar, por su perfección, a más de un maestro de obras. Pero hay algo en que el peor maestro de obras aventaja, desde luego, a la mejor abeja, y es el hecho de que, antes de ejecutar la construcción, la proyecta en su cerebro. Al final del proceso de trabajo, brota un resultado que, antes de comenzar el proceso, ya existía en la mente del obrero; es decir, un resultado que tenía ya existencia ideal” (1).
Razón, emoción, intuición componen el imaginario humano. Por otro lado, toda y cualquier acción viene precedida por tal imaginario. Bajo este punto de vista amplio, no hay una acción aislada, pues siempre depende del imaginario y, por otro lado, tampoco hay un imaginario aislado, pues siempre depende de la acción. Esa mezcla de acción e imaginario es la praxis. Pero interesa analizar la acción y el imaginario en términos sociales y no en términos generales o filosóficos. En términos sociales, acción es trabajo, imaginario es ideología y praxis es política. Las acciones colectivas producen cosas para satisfacer las necesidades de supervivencia, sean ellas materiales o no materiales, incluyendo el sistema judicial, de defensa, de poderes ejecutivo y legislativo, y otros. Tales actividades colectivas son aquí, todas, consideradas trabajo, y su conjunto define el sistema económico, que debe tener un mínimo de coherencia para poder funcionar a contento. Análogamente, el imaginario, en términos sociales, es la ideología, o sea, un sistema de ideas coherentes. Parafraseando las afirmaciones anteriores, no hay trabajo aislado, ya que siempre pasa por la ideología y, por otro lado, tampoco hay ideología aislada, pues siempre pasa por el trabajo. No es el trabajo que transforma la realidad ni la ideología, sino la síntesis necesaria entre ambos, la política. Entonces, política, en términos sociales, es sinónimo de poder, de capacidad de transformar la realidad social y de determinar su evolución. La ideología y el trabajo se sostienen con recíproca correspondencia.
En la sociedad conviven entre sí variadas modalidades de producción y pensamiento, dominantes o no, cada una de ellas con objetivos diferentes, sean ellos racionales, o incluso emocionales o intuitivos. Las diversas ideologías y formas de producción se sostienen con mutua dependencia, y, cuando hay hegemonía de determinado grupo, hay necesariamente hegemonía de una ideología, el conjunto de ideas del mismo grupo. Y además, si hay ideas, hay opciones, y necesariamente habrá objetivos, motivo por el cual los sistemas capitalistas, socialistas o de otra índole tienen una forma típica y dominante de producir, una típica y dominante de pensar y un objetivo típico y dominante, sin los cuales serían anárquicos e incontrolables. Con respecto al objetivo, en el capitalismo, las empresas, principalmente las privadas, deben producir siempre con ganancia, y en el socialismo las empresas, principalmente las estatales, deben producir según una planificación centralizada y, además, tener superávits.
Así, el capitalismo, el socialismo o el feudalismo no son simples y diferentes sistemas económicos sino además síntesis entre modos específicos de trabajar la producción y los modos ideológicos de pensar esta producción; son sistemas de poder o sistemas políticos. Se analizarán la producción y la ideología como dos aspectos inseparables del poder:
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Producción
Todo lo que se produce hoy o se produjo en el pasado tiene dos cualidades simultáneas: valor de uso y valor. “Con respecto al valor de uso: antes de elaborar un bien, material (una camisa) o no material (escuchar música en el teatro), la imaginación, al concebirlo, le impone una finalidad y, consecuentemente, un valor de uso o utilidad. Con respecto al valor: en principio, antes de fabricar este bien, la imaginación misma estima el tiempo aproximado que llevará producirlo con determinada calidad, o sea, estima su valor” (2).
Esa “doble personalidad” de los bienes pasa por grandes metamorfosis históricas. En sociedades premercantiles, el valor o el precio existen sólo como virtualidad. Con el surgimiento del comercio, el valor pasa a ser contabilizado sistemáticamente por una imprescindible necesidad práctica, pero es aún y apenas un medio para el intercambio de valores de uso. Alrededor de 1500, con la llegada del mercantilismo y los primeros bancos en Europa, se generó un predominio creciente del valor sobre el valor de uso, culminando todo con la sociedad de consumo y la globalización actuales. Las prioridades se invirtieron: el valor pasó a ser un fin en sí mismo, y el valor de uso un simple medio para multiplicar valores (precios, capitales). En estas condiciones, los bienes pueden ser denominados “mercancías individualizadas”, pues son constituidas por valores de uso fragmentarios y no sociales, ya que en su elaboración no se toman en cuenta los valores de uso necesarios para la mayor parte de la población ni la sostenibilidad ecológica, a más de eso, de ser controlada por grupos minoritarios de individuos que compiten entre sí, siendo, por eso mismo, anárquica.
Es importante constatar que la supremacía de los valores trajo como consecuencia una gran productividad en la fabricación de bienes y servicios específicos. Esto es positivo, pues mostró que se puede resolver, al menos en teoría, problemas sociales como el hambre, la habitación y la salud. Pero, contradictoriamente, trajo una gran ineficiencia global y generó injusticias, desigualdad, crisis, polución ambiental. Mantener este statu quo sólo conviene a quienes controlan capitales en cualquier país, rico o pobre. Esto se puede ejemplificar con los automóviles: tienen que ser producidos en progresión para acumular más y más valores (capitales), a fin de que sus fabricantes no sean tragados por los competidores. Para que sean bienes vendibles, se deben construir cantidades no necesarias de redes viarias, cotejadas con sistemas de transporte de masa. Ocupan mucho espacio: deben ser guardados en garajes domiciliares y estacionamientos, engendrando ciudades extensas y caras.
Tales cantidades de vehículos consumen más energía y elevan la polución. Sus durabilidades son definidas por los fabricantes según sus intereses específicos. Los consumidores, influidos por la publicidad, desean coches nuevos y ‘diferentes’, más ‘sofisticados’, aumentando el gasto global de horas laborales, materiales y energía, con un incremento aún mayor de la polución y la ineficiencia global. Los autos tienen un “valor de uso social” mínimo o nulo, lo que vale también para otras mercancías. En algunos casos parecen ser útiles, como los autos, pero en realidad son inútiles; en otros, totalmente inútiles como las armas en general. Otros ejemplos en que el valor dicta el tipo y la forma de la mercancía, sin tomar en cuenta su valor de uso social, son la localización de los barrios residenciales y los centros comerciales, definidos según los intereses de constructoras e inmobiliarias; la durabilidad y las especificaciones de las mercancías; las guerras y las armas atómicas y ofensivas; los programas mediocres de la televisión; los periódicos sensacionalistas; la publicidad, generadora de nuevas necesidades ‘indispensables’, de lujo y de ostentación y muchos otros.
2 Paulo Campanario. “Hegemonía del valor de uso social avanzado: clave para superar las sociedades actuales”, Observatorio Internacional de la Crisis, www.observatoriodelacrisis.org.
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Hegemonía del valor sobre el valor de uso
El producir por producir, la hegemonía del valor, está desequilibrando el medio ambiente al envenenar, agotar o destruir las riquezas naturales, la flora y la fauna de la Tierra, el agua y la atmósfera.
El control de la cantidad, de las especificaciones, de la localización y de la durabilidad de las mercancías y servicios según intereses sociales de la mayoría evitaría los desequilibrios citados en el recuadro. Además, economizaría de tal modo el trabajo global que la gente podría laborar menos horas y, a pesar de ello, mejorar su confort material y mental. Estas horas extraordinarias de trabajo que existen sólo para satisfacer intereses de una minoría, pudieran eventualmente ser aplicadas para mejorar la salud, aumentar el entretenimiento y las actividades culturales, lo que realmente interesa para la mayoría. Estamos en una era de trabajo derrochado, generador de injusticias sociales y polución, la era del plustrabajo socialmente inútil (3).
Otra consecuencia de esta primacía del valor sobre el valor de uso es que genera un sistema financiero que causa burbujas financieras y llega a extremos absurdos: “El tamaño actual de la pirámide invertida de títulos evidencia la magnitud del capital ficticio y sus ganancias de igual carácter. El Bank for International Settlements (BIS), hasta diciembre de 2010, reportó 601 billones de dólares en derivados emitidos, monto que equivale a más de 10 veces el Producto Mundial Bruto, aunque algunos estiman tal emisión en 30 veces el PIB mundial […]. Cuanto más crece esta pirámide, más aparece la dificultad del capital de reconectarse con el sector real de la economía y volver a la esfera productiva con una tasa de beneficio atractiva. La gigante y al parecer loca pirámide invertida construye una palanca para acaparar en mayor magnitud la riqueza global generada” (4).
Tomar en cuenta la idea de que en nuestra sociedad domina el valor sobre el valor de uso facilita la comprensión crítica de la misma y abre camino a su transformación, pues toma en cuenta los avances de ideas y las realidades sociales ocurridas a partir de la segunda mitad del siglo XX: globalización, consumismo, derroche, dominio creciente del capital financiero, bancarrota del socialismo real, desequilibrios ecológicos. Hay que darle la vuelta a esta fórmula, de tal modo que el valor de uso pase a dominar el valor, con tecnología elevada, o sea, que sea “valor de uso social y avanzado”. Pero hay otra condición para tal transformación: una ideología solidaria se tiene que predominar sobre la ideología individualista y egoísta de hoy, aspecto por analizar.
3 Paulo Campanario. “Hegemonía del poder social difuso” en: Wim Dierckxsens et al: El colapso de la globalización: la humanidad frente a una gran transición, Observatorio Internacional de la Crisis/DEI, Colección Universitaria, San José, 2011.
4 Wim Dierckxsens. “La gran depresión del siglo XXI ¿Hacia un Estado global?”, Le Monde Diplomatique Colombia, edición 105, octubre de 2011, p. 4.
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Ideología dominante
La hegemonía del valor sobre el valor de uso, derivada de la búsqueda de la ganancia a todo costo, además de consecuencias catastróficas en la producción, lleva a los controladores de los procesos productivos y financieros a una ilusión: cuanto mayor sea la producción de valores, mayor es el bienestar de las personas.
Ese error de percepción condiciona la identificación entre valor y valor de uso. Infelizmente, esa misma idea penetra también en la cabeza de muchos trabajadores porque reciben un salario (o una renta), y para sobrevivir son obligados a comprar mercancías individualmente. Lograr elevados salarios o rentas pasa entonces a ser un objetivo ‘obvio’, lo que los lleva a la falsa conclusión de que con mayores salarios se tiene mayor cantidad de valores de uso y por ende mayor bienestar y felicidad. La verdadera (aparentemente) idea-madre de la sociedad contemporánea deriva de esta identificación entre valor y valor de uso, resumida en la frase “valor de uso es precio”. A partir de esa idea-madre y alrededor de ella giran innumerables juicios o principios que conforman la ideología social. Algunos de ellos son:
“Todo aquello que tiene valor de uso tiene precio”, “Felicidad se obtiene con mayor renta”, “El conocimiento y la habilidad sirven para aumentar la renta”, “Los individuos valen por la renta que reciben, por lo que consumen o por lo que aparentan poder comprar”, “Las relaciones personales sirven para maximizar la renta”, “El tiempo de trabajo debe ser dilatado, y acortado el de ocio y de consumo”, “Los bienes deben ser consumidos individualmente”, “El individualismo egocéntrico permite una mayor felicidad”, “La sociedad es la suma de los individuos” (5).
5 Para una exposición más detallada de estos juicios, ver el artículo ya citado en la referencia 4.
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Así como en la producción hay que dar vuelta a la prioridad del valor sobre el valor de uso, hace falta igualmente dar vuelta a la ideología que sostiene nuestra civilización. Pero, ¿qué ideología puede sustituirla?
En primer lugar, la idea-madre “valor de uso es precio” tiene que ser sustituida por una en que el predominio debe ser claramente del valor de uso. En segundo lugar, los valores de uso deben ser vistos prioritariamente para satisfacer la población como un todo, y no para minorías o individuos. Nótese que la moderna productividad, en caso de ser bien dirigida y controlada, lograría satisfacer las necesidades de todos más que suficientemente, obvio que sin los lujos exorbitantes y las inutilidades de hoy; tomaría en cuenta las limitaciones ecológicas y no rompería los principios éticos más universales, que son condiciones necesarias para la supervivencia de la humanidad a largo plazo. Además, el valor debiera ser visto como un medio de intercambio para fabricar valores de uso y no una finalidad en sí misma. Finalmente, con alta tecnología, el valor de uso puede ser caracterizado como ‘avanzado’. Todos estos requisitos están contenidos en la frase “El valor de uso social avanzado domina el precio”, que es, entonces, la idea-madre que debiera sustituir la predominante. En ella, la hegemonía se ubica claramente en el valor de uso, y la mercancía pasa a ser vista en su bidimensionalidad real. En ella, los valores de uso son prioritariamente para la mayor parte de la población, lo cual se expresa con ‘social’. En ella, por la dominación del valor de uso, el objetivo no es más producir valores y por ello estos pasan a ser un medio que facilita la producción de valores de uso (comercio, financiamiento para producción o consumo, planificación). Finalmente, en ella está implícita una elevada tecnología, lo que se expresa con ‘avanzado’.
A partir de esta idea-madre se derivan otras. Así, “no todo lo que tiene valor de uso tiene precio” se opone a la idea predominante hoy de que “todo aquello que tiene valor de uso tiene precio”. Este nuevo principio elimina por la raíz una de las ideas actuales más absurdas: la de identificar valores intrínsecamente humanos como el amor y la amistad a precios, transformando todo en mercancía. El dinero y la renta pasan a ser medios para la satisfacción de necesidades individuales básicas, ya que la mayor parte de las mercancías ha de tener una función social y no debe ser una preocupación ligada al salario o la renta de las personas, es decir, “la felicidad no se obtiene con mayor renta”. En esa nueva situación, el conocimiento y la calificación son sobretodo un medio para el desarrollo de nuestras potencialidades. La ostentación desaparece, subvirtiendo así los conceptos de moda, lujo, ‘estética’, abriendo caminos para nuestra infinita creatividad. Con una frase: el valor de uso social debe ser maximizado.
Si el objetivo de las personas deja de ser la renta personal, no es más necesario aumentar el tiempo de trabajo, que pasa a subordinarse al ocio y el descanso: “el tiempo de ocio y de consumo debe ser dilatado, y acortado el de trabajo”. Los bienes deben de preferencia ser consumidos socialmente, idea que, si se pone en práctica, eliminaría el individualismo egoísta y economizaría enormemente el despilfarro en las horas trabajadas. Esto significa que, cuando sea posible, el consumo colectivo sustituye al individual. La solidaridad pasa a ser un valor ético: el altruismo permite una mayor felicidad.
Aceptado lo anterior, cada uno pasa a sentirse no exclusivamente responsable de sus éxitos y fracasos, responsable también por los éxitos y fracasos de los otros y la sociedad en general. En el lugar del individualismo que lleva la soledad a ser sinónimo de felicidad, los valores intrínsecos de la humanidad forman la base de la felicidad: la solidaridad, el amor, la amistad. La arquitectura que valoriza los espacios públicos predomina y los contactos personales adquieren prioridad. En términos éticos, vale la pena insistir en el principio “No haga a los otros agrupamientos lo que no le gustaría que ellos hiciesen al suyo”, coherente con la idea-madre propuesta. Por otro lado, este principio tiene implícito el respeto irrestricto a todo y cualquier grupo o minoría, sea social, de comportamiento, económica, y, por consecuencia, el respecto irrestricto a las diferencias entre las personas que, por este motivo, tendrán mayores posibilidades de desarrollar sus diferentes potencialidades. La sociedad futura será diversa y tolerante con los individuos, así como con los grupos y formas de producción, o sea, realmente democrática.
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Poder difuso
La lucha por una nueva sociedad tiene que ser hecha en el seno de la misma y no en el seno del poder concentrado estatal, pues hay que cambiarla en su ideología y en su modo de trabajar-producir, basado hoy día en el predominio del valor.
El Estado es resultado y necesidad del poder hegemónico y no causa de ello, y es hecho a imagen y semejanza del bloque que tiene ese poder. Con efecto, el hecho de que determinada forma de producir y determinada ideología sean hegemónicas y generalizadas en la sociedad permite que él represente y defienda estas formas con uñas y dientes. Por eso, quienes intentan transformar los fundamentos de la sociedad con la llegada al “poder del Estado”, sin tener hegemonía del poder en la sociedad, sólo logran modificar las apariencias. Muchas veces, incluso sin tener conciencia, están siguiendo el principio según el cual “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie” (6). Una visión crítica respecto a la sociedad, por tanto, significa que los poderes difusos tienen que luchar por la implantación progresiva de los sectores productivos sociales y unificar ideas para generar una verdadera ideología que se contraponga a la ideología dominante, única forma de superar de hecho nuestra decadente civilización.
6 Frase en la novela El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa Fue llevada al cine por Visconti en 1963, con Burt Lancaster, Claudia Cardinale y Alain Delon.
*Demógrafo y sociólogo.



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