Totó: tambores al cielo (I)
“Yo le canto al sol, a la luna, a las estrellas, a los ríos, a la madre naturaleza, al amor, al cultivo de la tierra, a la paz, a la unidad, al equilibrio y a la verdad"

“Yo le canto al sol, a la luna, a las estrellas, a los ríos, a la madre naturaleza, al amor, al cultivo de la tierra, a la paz, a la unidad, al equilibrio y a la verdad”, me decía Totó La Momposina cuando la entrevisté por primera vez.

En noviembre de 1991 se llevaba a cabo en Quintana Roo el tercer Festival Internacional de Cultura del Caribe y Totó era parte del elenco. Para quienes asistimos a dicho evento fue todo un descubrimiento.

Llegó con sus tambores, bailes, su canto, cultura ancestral y una sonrisa como el sol de esa mañana en que charlamos.

“Yo creo mucho en lo que uno vino a hacer a la Tierra. Siento que no es la primera vez que estoy cantando, siento que vine a cumplir una misión, que es recrear la música de la identidad en mi país, la música ancestral”, me comentó con un dejo mezcla de orgullo y compromiso. “Puedo decirte que mi arte es el resultado de un proceso musical que comenzó hace más de 500 años. Proceso que, a pesar de la evolución, mantiene su base en la tradición musical de los pueblos en los que ha tenido origen”.

Toda su vida, me relató, la pasó recopilando canciones de esos pueblos de la ribera del Río Magdalena, sobre todo aquellos de la depresión del Mompox, donde nació. Cantos que narran las vivencias de la gente de esa región. Historias y leyendas a cuya narrativa se añade la brillante energía percutiva de los ritmos africanos unidos a instrumentos autóctonos como las flautas indígenas o “gaitas” y resonadores hechos de frutos secos. Fusión que, junto con la herencia cultural española, dio origen a ritmos triétnicos que hoy en día se traducen en cumbias, bullerengues, tamboras, pajaritos, sambapalo, porros, tunas, chandés y otros.

“Vengo de una familia de músicos”, apuntaba. “Mi mamá nos enseñó que para uno entender la música se tenía que aprender a bailar, entonces comenzamos a bailar nuestra danza de indios Caribe. A su vez, estaba el don del canto, porque uno viene con ciertos dones que deben armonizar con el espíritu, el alma, el corazón, la materia y la naturaleza”, señaló.

Lejos del interés en el mercado, Totó destacaba que su objetivo primordial era la unión de los pueblos y de los corazones de los hombres. Por eso trabajó con ahínco en recuperar, mezclar y crear nuevas expresiones de la música tradicional colombiana por medio de combinar instrumentos y sentimientos de las diferentes regiones de su país y convertirlo en un sonido, en un solo canto de identidad cultural colombiana.

“Para mí hay dos clases de músicas: la música de luz y la de oscuridad. Los que trabajamos la música de la identidad, que considero como música que se hace con el corazón, con el verbo, el pensamiento, no estamos preocupados por los resultados de marketing, sino por los resultados de la unión de los pueblos y de los corazones de los hombres. La música de la identidad es circundante y va creciendo al igual que los árboles y la madre naturaleza, que siempre se va renovando”, me decía la cantadora.

Se habla mucho de que debemos volver a la raíz, pero ¿qué significa realmente?, le pregunté.

“La raíz ancestral en la música folclórica hace referencia al origen cultural, histórico y espiritual de las expresiones musicales transmitidas de generación en generación. Según estudios sobre patrimonio cultural y tradición oral, representa los saberes, ritmos, cantos, instrumentos, costumbres y formas de vida heredadas de nuestros antepasados, conservando la identidad de un pueblo a través del tiempo. En las músicas afrodescendientes la raíz ancestral se mantiene viva en el tambor, el canto colectivo, la oralidad y la memoria cultural de las comunidades.

“Volver a la raíz es recordar nuestros orígenes, honrar a nuestros ancestros, valorar el legado de los mayores y mantener viva una tradición que cuenta quiénes somos a través del canto, el tambor, el baile y la comunidad. Porque nuestro folclor no sólo se canta o se baila: se vive, se hereda y se siente desde la raíz ancestral.”

Ella sabía todo eso y para “potenciar” su verdad estudió técnica vocal y música en el Conservatorio de la Universidad Nacional de Colombia, historia de la danza y organización de espectáculos en la Universidad de la Sorbona en París, así como historia del bolero en Santiago de Cuba y La Habana. Pero su verdadera escuela deviene del pueblo.

“Soy una mujer inquieta en el conocimiento. Tengo un compromiso con mi legado y ante todo como ser humano para cumplir una misión y hacer entender a mi país que existe una razón de ser a través de un elemento primordial que es nuestra identidad, misma que reside en la cultura del pueblo.”

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Información adicional

Tumbando caña
Autor/a: Ernesto Márquez
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: La Jornada

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