La línea roja de la franja amarilla
El escritos, William Ospina

Un ensayo escrito por William Ospina hace treinta años ya superó las treinta ediciones.  El libro, “¿Dónde está la franja amarilla?”, es una petición apremiante a que la ciudadanía responda con irritación y coraje a la injustica social originada en un diseño perverso de las políticas estatales.

En una reciente entrevista en un medio de comunicación escrito, el autor, paradójicamente, desconoce la intervención del gobierno Petro, quien, a mi juicio, ha sido uno de los pocos obedientes a la solicitud hecha por Ospina hace tres décadas.

Para el ensayista, seguimos presos de lo peor que nos heredaron los liberales y los conservadores, que “en política es la mediocridad”, al prometerse “muchos cambios , pero en realidad se hacen pocos”, refiriéndose al gobierno de Petro, sin mencionarlo, sabiendo, que las reformas sociales fueron vueltas trisas desde la oposición compuesta por personas indignas de confianza, meros negociantes, vividores que no se identifican con el país y que no buscan su grandeza, encabezados  por el presidente del Senado, Efraín Cepeda, el jefe de la banda.  

Ospina tampoco alude al trabajo de los medios de comunicación que durante más de mil días del gobierno Petro han ejercido, no el control permitido por la ley bajo el derecho fundamental a la información y a la libertad de prensa; sin veracidad ni imparcialidad han difundido todo tipo de inventos, rumores y malas interpretaciones, en un sesgo perverso y malintencionado.

En referencia a la fractura del país por los seguidores de Abelardo y de Cepeda, evoca como nueva la existencia de dos países, propiciada por la polarización. Pero hace treinta años reconocía esos dos países e invitaba a tomar posesión de nuestro territorio, a asumir conciencia de nuestra naturaleza y de nuestra composición étnica y cultural, ” […] y nos comprometamos a ser un país, y no un nido de exclusiones y discordias donde unos privilegiados, profundamente avergonzados del país del que derivan su riqueza, predican día y noche un discurso mezquino de desprecio o de indiferencia por el pueblo al que nunca supieron honrar ni engrandecer, que siempre les pareció ‘un país de cafres’, una especie subalterna de barbarie y de fealdad”. Menosprecia el que la política se dedique a confrontar, sin invocar el hecho de que este es un gobierno de izquierda que enfrenta un letargo social de más de 200 años de ignominia y que las discrepancias que surjan son un incentivo necesario para que toda la ciudadanía reconozca las diferencias y la necesidad del cambio. Cosa distinta es la confrontación armada y violenta propiciada por los de la franja azul y los de la roja en el pasado.

Qué bueno sería que el escritor rectificara su equivocado decir, refiriéndose a la necesidad de  una transformación industrial y agroindustrial: “[…] pero no se puede hacer mientras sigamos pensando que el capitalismo es una maldición, que los empresarios son los demonios porque eso es un contrasentido”. Lo que Petro ha dicho y hecho es, reitero, seguir sus sabios consejos propiciando una indignación ciudadana, pero sin violencia. Este gobierno propuso reformas sociales que han atacado los de siempre. Petro puso a pensar al país, pero, sobre todo, enseñó la esperanza próxima futura y hoy en día somos más de diez millones de habitantes, junto con nuestras familias, quienes criticamos y exigimos a los que gobiernan, que trabajemos en pro de Colombia y no de los intereses de otros países. La mayoría en el país estamos contra y en contra de quienes nos precipitaron en ese horror, como Ospina mismo lo califica. Esos “que se resisten a entender que, si bien se han enriquecido hasta lo indecible, han fracasado ante la historia”.

El articulista criticaba, hace treinta años, la catástrofe por el desplazamiento de millones de campesinos expulsados por la violencia y hacía un llamado a la indignación ciudadana y a la transformación social de Colombia, argumentando el sufrimiento de nuestro país no “por una maldición divina o un carácter violento de su gente, sino por un diseño político y social injusto que puede y debe ser cambiado por sus propios habitantes”.

Por último, ante la eventualidad de una nueva guerra civil, tajantemente dice Ospina que siempre existe el riesgo (tiene razón) porque han sido los políticos quienes atizaron la hoguera hasta hoy (no tiene la razón), porque debería mencionar, siquiera, dos actuaciones administrativas de Petro: una, como alcalde, cuando contrató a los miembros de las barras bravas de los equipos de fútbol para trabajar juntos en el cuidado de parques. Disminuyeron los hechos violentos y cambió la mentalidad de odio entre jóvenes. Las posteriores administraciones bogotanas modificaron esos programas bajo el absurdo argumento de quitarles el criterio “clientelista”, y acabaron con ese tipo de contratos, que fueron el alma de ese cambio de mentalidad. Hoy en día los resultados no son los mismos.  

Otro aspecto importantísimo que deja de mencionar el ensayista, y que tiene un profundo significado en la educación ciudadana, son las marchas de protesta o de apoyo en las calles, durante el gobierno de Petro. Los infiltrados que violentaban a los marchistas y a los bienes, tanto públicos como privados, desaparecieron.

El gobierno de Petro propuso abrir el camino de un mejor futuro para Colombia y mucho se logró en este cuatrienio, sembrando esperanza, y porque puso a pensar y a hablar a todo el país, pero, como hace treinta años William lo decía, todavía falta porque la mitad de la población: “[…] descubre que le están vendiendo el Sulpicio de Tántalo; que, ávido por ser rico para obedecer las órdenes melodiosas de los medios y para merecer el respeto de su condición humana, la sociedad no se lo permite porque está organizada para impedir  toda promoción, para perpetuar a los ricos en su riqueza y dejar que los pobres se mueran a las puertas de los hospitales”.

Debemos continuar para que la otra mitad de Colombia lo entienda.

Información adicional

Autor/a: Mario Froilán Reyes Becerra
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Mario Froilán Reyes Becerra

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