Recuperar lo que pertenece a otra época de su vida personal. Recuperar la mirada primera con la cual se deslumbró con el espectáculo del mundo, con esa posición de observación de abajo hacia arriba, con la cual las cosas del mundo se percibían monumentales, como las personas.
En ese devenir y esa exploración, entre 1947 y 1963, obedeciendo a propuestas como la de Christian Padilla1, Fernando Botero tuvo una rica etapa de formación y experimentación, fundamental, para empezar a encontrar su propio estilo en la pintura, en el contexto de la diversidad y de la articulación estética de la pintura del siglo XX. Desde 1956 comienza a aclararse su paleta, dejando poco a poco, una cierta etapa tenebrista en su pintura, proceso en el cual comienza a aclararse su mirada madura y a perfilarse ese estilo característico ya de su obra “mayor” (más divulgada).
Podemos resaltar esa etapa, posible de llamar tenebrista, que va desde 1947, cuando publica su primera ilustración en el periódico El Colombiano en Medellín, hasta 1963, como señala Padilla2. Este periodo, de 16 años, fue de inducción a la pintura, de formación intelectual, de confrontación estética con su medio social de origen, de integración al arte de la pintura de su época y de experimentación con los medios pictóricos. En vista panorámica de una selección de su trabajo, se valida una búsqueda muy personal de su lugar en su época, de la pintura como medio de exploración e interpretación de su tiempo, y de la pintura como finalidad de su oficio profesional, debatiendo el desarrollo de una estética propia.
Hacemos énfasis, que en esa muy general panorámica se perfila una diferencia entre este periodo único de experimentación, donde tiende a predominar una estética, por qué no, necesariamente tenebrista, y su obra posterior a 1963, de voluntaria paleta oscura, de densos colores en la sombra. de la cual surgen las formas. Llamamos la atención sobre hitos de este periodo, como La plegaria (1949), Boceto para Frente al mar (1951), Mujeres peinándose (1953), Bodegón rojo (1955), El Ringletero (1956), Contrapunto (1957), Las hamacas de Tolú (1956), Bodegón con mandolina (1957), Bodegón con guitarra (1958); Menina (1959) y, especialmente, obras cima de este periodo como Obispos muertos (1958), su serie de Monalisas y también la del Niño de Vallecas, y la obra que algunos, como Padilla, consideran como su primera píeza maestra que bosqueja claramente su periodo posterior de madurez estética: su Homenaje a Mantegna (Camera degli Sposi, 1961), de la que hay dos versiones: una desaparecida, y la otra actualmente en el Smithsonian Institution de Washington. Un tenebrismo de luz oscura y difusa, en alto contraste, con lo que será el resto de su obra después de 1963, su obra pictórica más conocida y difundida, como podemos apreciarla en Bogorá en la Casa de la Moneda, una generosa donación de su parte al patrimonio cultural de la nación.



Ese punto de quiebre entre una estética tenebrista y la totalidad de luz que caracteriza su obra posterior y más difundida, se puede visualizar desde obras como Nuestra Señora de Fátima, de 1963, hoy en la Colección del Museo de Artes Moderno de Bogotá. En esta obra hay ya un contraste entre un fondo muy oscuro y la muñeca escolar con textura de tejido de lana, con cabello rosado claro y vestido amarillo claro, del primer plano. También, cuatro pájaros de juguete animan la escena y ofrecen una composición de agradable simetría. Así también, establece un contraste entre un fondo muy oscuro y un primer plano iluminado plenamente en su Homenaje a Chardin, de 1963, hoy en la Colección Llorente de Bogotá.
¿Qué es un juguete para un artista que defendió su arte desde un principio y trabajó para encontrar su camino en la vida, y logró desarrollar su propio temperamento estético reconocible en cualquiera de sus obras de madurez? Podemos intuir que Julio Verne guardó una memoria cargada de emoción con respecto a sus juguetes, que le permitían pensar en la ciencia, y aquello que deseaba descubrir y estudiar, con todo lo cual, al llegar a su madurez, pudo escribir una novela como De la Tierra a la Luna –1865–. Asimismo, podemos intuir el aprecio que tuvo Ray Bradbury por sus juguetes infantiles que le permitían pensar en viajes interplanetarios, como quizás un cohete de aluminio, y llegar en su madurez a escribir Crónicas marcianas –1950–, un libro de cuentos infaltable. Podemos intuir frutas como manzanas para el niño Paul Cezanne, puestas informalmente en una mesa de la casa tranquila después del almuerzo, y llegar en su madurez a pintar un cuadro como Cesto de manzanas –1893–. Objetos que en su infancia, quizás supieron llenar su explosiva imaginación y que estos artistas se llevaron al taller de su trabajo creativo, grabadas con fuego sagrado en su memoria.
Y es que esa década de los años cincuenta fue un periodo prodigioso de búsqueda, experimentación y asentamiento de una identidad para pintores de vanguardia como Fernando Botero, así como, en general, para la cultura de vanguardia en América Latina, para artistas que trabajaron al azar de su propia cuenta, cuando todavía no clasificaban dentro de un movimiento concertado de tipo estético, tanto en la pintura, como en la literatura y el cine. Artistas que solo después de 1955 surgirán en el panorama público con nombre propio; una época de efervescencia, creatividad, sin tener que responder a patrones ya establecidos en el arte.
Se trata de artistas vanguardistas que se atrevieron, entre 1945 y 1963, a desarrollar su propio temperamento estético, a pesar del ambiente cultural establecido y dominante en Latinoamérica. De aquí surgirán nombres que solo después conseguirán un reconocimiento internacional, entre ellos Julio Cortázar, Gabriel García Márquez o Juan Rulfo, en la literatura, o Alejandro Obregón, Enrique Grau o Fernando Botero, en la pintura.
Si tomamos solo una pequeña muestra de obras representativas de Botero posteriores a 1963, sentiremos ese contraste entre su largo y rico periodo de formación, y su estilo asumido y reconocido mundialmente de figuras monumentales, de iluminación plena y colorida de sus escenas. No prevalece el dramatismo sino la ilustración, con un estilo inconfundible, trascendiendo de figuras de un claro oscuro atenuado, técnicamente mínimo, apenas estéticamente bosquejado, casi imperceptible, a figuras volumétricas, un caballo, bodegones, mujeres y hombres en situaciones sencillas, donde prevalece una escena mirada con humor, y en representación de una cotidianidad con humor y no menos ironía.
Caballo, de 1998, representa una elaboración meticulosa de muchas de sus figuras y objetos: tamaño y forma ligera y objetivamente deformados, que ganan su estilo, con lo que un día se observó como figuras hinchadas, como una mandolina, ante la cual un observador consideró que no la podría levantar en su apariencia de monumentalidad, ni Sansón ni Hércules. En este orden de ideas, una obra como Pera, de 1976, Naturaleza muerta con helado, de 1990, entre sus muchos bodegones, dejan ver un meticuloso trabajo de elaboración, figuras hinchadas, volúmenes cuidadosamente inflados, logrados en proporciones inteligibles que dejan una sensación grata de comprensión del motivo, aparentemente pesado de los objetos, pero volúmenes sin profundidad, disimulada con un cuidadoso claroscuro donde prevalece el tamaño, el vivo color y la forma, pero no la gravedad de la profundidad.
Muchas veces, en situaciones sencillas, como un baile casero, una mujer que se asoma a la ventana, y otras situaciones similares, proyecta estas características, que no restan una actitud de observador del pintor cargada de humor, y ofrecen al espectador una técnica muy elaborada que permite sentir ese humor que rescata el autor del devenir de la cotidianidad. Sus personajes aparecen como recién sorprendidos al ser captados en su intimidad, para ser mostrados al espectador, fijados en el lienzo en el momento mismo en que bailan o se bañan, y voltean a mirar al espectador desde su actividad.
Sabemos que a lo largo de su trayectoria, en distintos momentos y épocas, Botero tuvo motivos recurrentes en su producción. Representación de muchos de sus cuadros de la serie de Mona lisas, es su obra Mona Lisa –1978–, y algunas otras obras de esa serie, fueron tituladas: Mona Lisa a los doce años, con la particularidad de retomar la obra clásica de Leonardo Da Vinci, pero elaborada para lograr el personaje, no en su imagen adulta, como en el artista italiano, sino proponer a la Mona Lisa de niña de doce años. Su Mona Lisa de 1978, sintetiza elementos clave de la estética del artista antioqueño: una observación y reproducción muy personal de obras clásicas, como de Leonardo o Piero della Francesca, o Paolo Ucello; un volumen hinchado cuidadosamente elaborado, un claroscuro atenuado al máximo, que ofrece una textura muy agradable, un volumen cargado de ironía y una gravedad plasmada en figura que tiende más bien a ser plana, figuras que dejan la sensación de peso, pero su perspectiva en profundidad se diluye imperceptiblemente a cambio de un colorido total de la obra, muy amigable para el espectador.
Se calcula que en su carrera, el pintor Fernando Botero plasmó más de 30.000 obras, entre pinturas, dibujos y esculturas. Un trabajador infatigable, que logró lo que Einstein pretendía: que la inspiración lo encuentre trabajando.
Muchos de sus objetos pintados en su obra de madurez evocan el niño que nunca perdió la relación infantil con los objetos; un caballo, unas frutas, un pedazo de ponqué, un helado, unos libros, unas flores. Son detalles, remembranzas, de los días gigantescos que un artista grande conserva en su vida y de alguna manera siempre tienen una presencia en sus obras.
Con esa mirada original, también el artista Botero mira y plasma lo humano: figuras infladas, desconcertadas de ser capturadas en su intimidad, en escenas sencillas –como caminar por la calle, bailar en su casa y mujeres que leen tranquilas sobre el césped, en su cama o en un sofá, en el momento mismo de ser sorprendidas por el pintor que irrumpe en su intimidad–. Es curioso que muchas de sus mujeres en sus cuadros conserven características muy propias del hacer de la década de los años cincuentas, años de la juventud del pintor, destacables detalles en sus peinados, en sus vestidos o en el diseño de sus espacios interiores, en muebles y objetos de uso. Pintor del álbum de su infancia y adolescencia, tiempo pretérito plasmado con el fuego sagrado de la memoria, y representando los juguetes que constituyeron su mundo, su formación y su patrimonio personal.



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