Hace unos años estaba cenando con unos amigos y, entre las varias charlas, mis compañeros tuvieron la paciencia de escuchar mi relato sobre mi visita al Museo del Prado de Madrid, que me había dejado profundamente impactado. Por supuesto, no era el único en haber vivido una experiencia similar, de manera que entre todos intercambiamos las impresiones sobre nuestras vivencias, hasta cuando una de las interlocutoras afirmó que ella había estado varias veces en el Museo y siempre había hecho el mismo recorrido, a saber, se había enfocado solo en las obras de Francisco Goya (1746-1828), en desmedro de todas las otras, sin excepción alguna.
Ahora bien, en ese momento no quise averiguar si esta aserción obedecía a algún tipo de hipérbole derivada de una pose intelectualista o si, efectivamente, su pasión por dicho pintor era tan ardiente al punto de eclipsar todas las demás obras maestras que allá se encontraban, y nunca he tenido la oportunidad de volver a hablar con ella para profundizar en el tema. Sin embargo, toda la conversación me dejó mucho en que pensar, dado que también en mi caso las obras de Goya fueron las que más me agradaron a la hora de recorrer el plexo museal.
mensa popularidad que proyecta al autor y, por el otro, también se podría explicar con el fuerte impacto que la sordera del pintor generó en su estilo pintoresco y en las emociones que se transmitían en sus obras. Finalmente, no debería sorprender que unas pinturas de este tipo le choquen tanto a una persona que, como yo, tiene una formación en filosofía, ya que –como ya lo apuntaba muy bien Todorov en su libro dedicado a él (Goya à l’ombre des Lumières) –, este autor desarrolla una especie de pensamiento por imágenes, que tiene una profundidad notable, sobre todo para los apasionados de la Ilustración y del Romanticismo, los cuales, justamente, están entre mis intereses de estudio. Una obra muy representativa con respecto a estos temas es la celebérrima El sueño de la razón produce monstruos.
Esto es el aguafuerte número 43 de los 80 que componen la famosa serie de Los caprichos, que consistía en una recopilación de dibujos que pretendían construir una sátira de la sociedad española de la época (esta obra es del 1799), con particular atención hacia las costumbres de la nobleza y del clero. Empero, en este dibujo en particular el tema es otro. En la obra se puede ver un hombre apoyado en una mesa mientras está dormido y, contemporáneamente, se puede apreciar los sueños terroríficos que su mente produce en ese momento de descanso. A una primera impresión, el significado de la composición podría aparecer bien críptico. Sin embargo, gracias a unos apuntes que el mismo Goya escribió en vida y que se han conservado hasta la fecha, tenemos unas pistas sobre algunas posibles interpretaciones de la obra.
En primer lugar, tenemos una frase que reza: «La fantasía abandonada de la razón produce monstruos, y unida con ella es madre de las artes». Esta oración pareciese referirse a una concepción del Arte, que tiene una cierta afinidad con algunas corrientes del primer Romanticismo alemán, que en esta misma época se dedicaban a una revaluación de la esfera irracional de la experiencia humana, la cual llevaba siglos siendo menospreciada por los pensadores occidentales, con un especial recrudecimiento en el siglo XVIII, debido a los pensadores ilustrados. Una de las grandes intuiciones que los miembros del Círculo de Jena gestaron y ayudaron a difundir por toda Europa consistía en la reconsideración del papel de las emociones y de la fantasía para el desarrollo de la individualidad de los sujetos. Una de las consecuencias derivadas de esta postura fue la toma de conciencia de que no todas las cuestiones que conciernen al ser humano se pueden abordar por medio del razonamiento lógico o aplicando el método científico, ya que no siempre este tipo de aproximaciones resultaban eficaces, sobre todo en relación con los fenómenos inconmensurables, como pueden ser la muerte o la divinidad. De allí que es necesario acudir a otro tipo de acercamientos, que no se limiten a las vías recorridas por la Ilustración, sino que tengan la valentía de complementarlas con otro tipo de expresiones que vayan más allá de la pura racionalidad, esto es, el famoso pensamiento nocturno que, por medio de la expresión artística, logra lidiar con las facetas absurdas –y, por ende, incomprensibles racionalmente– de la condición humana. El famoso poeta Novalis celebraba de esta forma esta revaluación de la noche:
[dialogando con la Noche oscura] ¿Qué es lo que ocultas bajo tu manto, que, con fuerza invisible, toca mi alma? Un bálsamo exquisito destila de tu mano, como un haz de adormideras. Por ti levantan el vuelo las pesadas alas del espíritu. Oscuramente, inefablemente, nos sentimos movidos –alegre y ajustado, veo ante mí un rostro grave, un rostro que dulce y reverente se inclina hacia mí y, entre la infinita maraña de sus rizos, reconozco la dulce juventud de la Madre. ¡Qué pobre y mezquina me parece ahora la Luz!– ¡Qué alegre y bendita la despedida del día!1
Relacionando estas reflexiones con la anotación de Goya sobre su obra, se puede ver la línea de continuidad entre dichas posturas filosóficas, con la adenda de que, según el pintor español, solamente una sinergia balanceada entre razón y fantasía puede crear las condiciones necesarias para la creación artística. Por esto, las criaturas terroríficas que se encuentran representadas en la obra no se derivan de una mente enferma, sino que nacen del hecho de que, durante el sueño, nuestra razón no está en capacidad de controlar los monstruos que nuestra fantasía tiende a producir.
Mas Goya dejó también otra anotación relacionada con su dibujo, que nos abre perspectivas de lectura más amplias: «Portada para esta obra: cuando los hombres no oyen el grito de la razón, todo se vuelve visiones». En estas líneas, Goya va más allá de la concepción estética planteada en el primer comentario, para aclarar la importancia de la razón en la experiencia humana en general, sin limitarse a considerar la creación artística. En esta clave de lectura es fácil entender el significado de la pintura, que debería comprenderse como una amonestación para las personas, o para las sociedades, que –por miedo, por pereza o por ignorancia– se rehúsan a aplicar una actitud racional en su quehacer cotidiano en favor de comportamientos estúpidos que se deben a decisiones tomadas con base en prejuicios injustificados, que a menudo llevan a conclusiones completamente descabelladas y a comportamientos absurdos (en la acepción peyorativa del término). Un ejemplo típico de esta manera de actuar lo tenemos todas las veces que nos chocamos con comentarios despectivos hacia algo que no nos es familiar y que no tenemos ninguna intención de conocer y, eventualmente, entender mejor. Por ejemplo, ya se han vuelto famosos los resultados de una encuesta que, durante la primera campaña electoral de Trump, se hicieron entre los electores estadunidenses: varios de ellos se declaraban a favor de las políticas migratorias represivas hacia los mexicanos propuestas por el candidato republicano a la presidencia; pero la mayoría, frente a un mapa brindado por el entrevistador, no lograban ubicar a México en el mapamundi y no tenían idea de que este confinara con EEUU.
Por supuesto, este desconocimiento debido a la ignorancia volvía ridícula la postura política que pretendían defender, haciendo patente todos los prejuicios que subyacían a sus decisiones, las cuales de ninguna forma se habrían podido considerar como racionales, en el sentido estricto del término. No es difícil que este tipo de actitud “produzca monstruos” también en el sentido de generar comportamientos violentos hacia los otros, tal como Goya lo representó en muchas de sus obras y, en particular, en la famosa serie Desastre de la guerra, en donde tenemos un resumen de muchas de las maldades que se pueden dar en un contexto bélico en contra de la población. De hecho, tal como lo afirma muy bien Peñalver Alhambra: “Desde el lecho de su enfermedad Goya comenzó a imaginar el cuerpo convulsivo de la humanidad poseído por la violencia, no del diablo […], sino de la guerra y la furia asesina de nuestros más oscuros impulsos”2.
Justamente esta amonestación en contra de los riesgos de comportamientos violentos, en los momentos de ausencia de la razón, es retomada por el pintor italiano Renato Guttuso en su personal interpretación de la obra de Goya. Esta obra, que también se llama Il sonno della ragione genera mostri (El sueño de la razón produce monstruos), es una acuarela hecha en 1980, que se puso como portada de un número especial de una revista italiana, L’espresso, dedicado a la tristemente célebre Strage di Bologna (atentado de Bolonia), que fue un atentado de matriz política, neofascista, en cuya organización participaron también varios miembros del servicio secreto italiano y algunos exponentes políticos y administrativos que en aquella época trabajaban para el gobierno3. Para contextualizar el acontecimiento que la obra busca interpretar artísticamente, el 2 de agosto de 1980 se hizo estallar una bomba en la sala de espera de la estación de trenes de Bolonia, causando 85 muertos y más de 200 heridos.
Este evento expresa de forma contundente las posibles consecuencias violentas del sueño de la razón, que impide controlar los monstruos generados por la parte irracional del ser humano. Ahora bien, como la historia no ha parado de demostrar en el curso de los siglos, las diatribas políticas son un terreno fértil para que la razón se eche un sueñito. Es más, particularmente en los últimos años, se podría afirmar que el escenario de la política, y las discusiones que a su alrededor se desarrollan, son un verdadero somnífero para la razón, ya que ella lleva años en un estado de casi completa narcolepsia, tal como lo demuestra el nivel de los “argumentos” que se suelen exponer al indicar la preferencia por el candidato de turno que, la mayoría de las veces, oscilan entre la ofensa ad hominem, la descarada mentira y las amenazas físicas y verbales, en donde los datos de apoyo o son inventados o directamente innecesarios para la defensa de cualquier postura.
Ojalá en estos días tan convulsos no sea necesario que un artista colombiano se incomode para hacer una nueva versión de la obra de Goya, pues la original ya habría sido más que suficiente, sin que los muertos de Bolonia hubiesen tenido que brindar nuevo material para los artistas italianos de hace 40 años.



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