El Mariscal era un famoso político de la región Caribe. Aseguraban sus copartidarios e intermediarios electorales, moradores del barrio, que el prominente político costeño es presidenciable porque habla en Bogotá. Sin embargo, sus opositores y detractores opinaban que él hablaba pura mierda.
Conocí al famoso político en un populoso sector de la ciudad cuando aún era niño. Político descendiente de árabes, elegido varias veces senador de la República. Al inicio de su carrera visitaba el barrio vestido con pantalón clásico de lino negro hasta los tobillos para dejar ver el impecable blanco de las medias que armonizaban con la camisa guayabera diplomática blanca, bordada en el delantero y de botones nácar tono a tono. Zapatos mocasines negro, bien lustrados, peinado al estilo Gardel, engominadas las capas de pelo largo que iniciaban adelante para que al peinarse para atrás pudiesen extenderse por toda la cabeza y no despeinarse. En realidad, seducía más a la gente por su parecido a los personajes del cine de oro mejicano, que como líder político.
El Mariscal además de la elegancia del vestir, era carismático. Tan pronto llegaba al barrio, saludaba más que reina popular en carnaval. Recorría las mismas calles polvorientas que en anteriores campañas prometió pavimentar y no cumplió. Según él, por culpa de sus contradictores políticos.
Acompañado de tres personas de confianza y la comitiva del sector, saludaba de manera efusiva con la mano derecha o abrazos a los hombres, y a mujeres con un beso en la mejilla. Antes de llegar a casa de la señora Maritza, su principal lideresa en el barrio, saludaba a todo el que estuviera en la puerta de las casas. Si le daban papaya, entraba y cargaba a niños y niñas que estuviesen al interior, y si la mujer estaba cocinando, probaba el menú con gusto. Si los muchachos de la esquina caliente estaban bebiendo ron, aceptaba y deleitaba el trago con placer. Esa forma de hacer campaña persuadía a la gente de forma positiva, aunque las malas lenguas comentaran: “El Mariscal, al llegar a casa, se baña en alcohol, menticol y aguas perfumadas para desinfectarse del contacto de los electores”.
Las reuniones de campaña del Mariscal en el barrio la realizaban en el patio de sombras frutales, en casa de la señora Maritza, quien ordinariamente vendía marihuana al menudeo, aunque el día de visita de campaña, atendía apenas se iba el candidato. Las reuniones eran amenizadas con cajas de ron y sancocho con costilla de res y gallina. Cuando la gente estaba en temple, el candidato que hablaba en Bogotá, lanzaba su discurso. Nos embelesabamos con su oratoria retórica, si bien a esa edad comprendía muy poco, me gustaba el final del breve discurso por la aceleración del ritmo de la voz, el aumento de volumen, y la exageración vocal con gestos. La gente aplaudía, se levantaba de las sillas, felicitaban al candidato con vivas, abrazos y brindis a pico de botella. Luego de irse el candidato, la gente terminaba de emborracharse. Maritza animaba la velada con música tropical amplificada en una radiola. Regresaba a casa con muchas monedas de centavo, producto de propinas por los mandados. Una vez, el candidato me frotó la cabeza con su mano y exclamó: “este hijueputa pela´o sí es malo”. Entonces, me regaló una moneda de veinte centavos, echó a reír y se marchó.
El día de elecciones, aunque El Mariscal no visitaba el barrio, estaba en todas partes, como el Espíritu Santo, su imagen impresa en afiches se veía en tiendas, cantinas y buses contratados por él, donde nos subíamos niños, jóvenes y adultos para corear su nombre y su partido político. Maritza, después que los votantes ejercían el “sagrado deber democrático”, les entregaba una botella de ron, una totuma con sopa y un cigarrillo que no podían fumar.
Supe después que el cigarro era contraseña para cobrar el dinero por venta del voto. Cuando el votante llegaba a casa de campaña, custodiada por hombres sin distintivo, entregaban el cigarro a otro hombre, lo colocaba en una máquina de luz ultra violeta (algo novedoso en nuestro medio). Era una máquina parecida a la usada para descubrir los billetes falsos, que permitía detectar el color o figura clave que contenía dicho cigarro.
Al principio veíamos al candidato cada dos años en época preelectoral, luego cada cuatro y por último, no lo vimos más en persona. Sólo oíamos su voz en la radio o lo veíamos por televisión, en afiches propagados por intermediarios electorales, agrupados en redes clientelares barriales de la maquinaria política del Mariscal y su descendencia.
La cagada del Gran Mariscal
Siendo mayor de edad y autorizado para sufragar, visité por vez primera en su oficina al Gran Mariscal, ubicada en un moderno edificio al norte de la ciudad. Era un verdadero búnker protegido por muchos hombres a su servicio. Llegué por recomendación de la señora Maritza, quien insistió que lo visitara para obtener un empleo, a cambio debía conseguir determinado número de votos para su reelección eterna. Si lograba emplearme en una dependencia del Estado u otro lugar, debía gratificarlo con una coima mensual. Algo así como un diezmo.
Ingresé a la oficina por la puerta grande de madera tallada, y un extraño símbolo de fondo llamó mi atención: se trataba de la figura de un triángulo compuesto por una escuadra, un compás y la letra G. De repente, mi vista se estrelló con los ojos del Gran Mariscal. Él estaba sentado en un trono elevado de forma semicircular de color rojo y cubierto por un dosel elaborado en madera fina. No se inmutó con mi presencia. En la parte superior, al fondo de su trono, un ojo se alzaba en el centro del triángulo, similar al de la puerta.
A pesar del paso del tiempo, el hombre se conservaba. Fueron más de diez años sin verlo por el barrio y esta vez lo vi más alterado y con una contextura corporal más redonda. No pasaron cinco minutos desde mi llegada y de improviso El Gran Mariscal aplicó una fuerza bruta sobre su culo en reposo que lo suspendió del trono, despepitó los ojos, como decía mi abuela, y constriñó los músculos del canal anal para evitar lo inevitable, es decir, cagarse sobre el trono. El hombre, camino al baño, dejó el hedor a mierda árabe en el ambiente. El mal olor se esparció por el edificio, ocasionando emergencia sanitaria.
Los ocupantes del recinto, incluyendo personal de seguridad, hicimos un esfuerzo superior para no huir abiertamente del lugar de los hechos. Su compañera, también descendiente de migrantes árabes, disculpó al marido con penosa sonrisa, exponiendo la causa motivante de la situación. Luego de la tempestad, la mujer ordenó a escoltas traer mucha agua para echar a la taza del inodoro, pues en esos días el agua la suspendían con frecuencia. Mientras ella disponía que abrieran puertas y ventanas, nosotros aprovechamos y salimos en estampida a respirar aires menos nauseabundos.
Por los pasillos circulaban empleados con baldes llenos de agua, detergentes, utensilios manuales de aseo y eléctricos, bolsas de basura con excrementos recogidos del trono, la alfombra, el inodoro tapado, la ropa y papeles higiénicos sucios. Limpiaron y aromatizaron la oficina y el baño con fragancias perfumadas importadas de otros continentes.
Al rato de que el conductor regresara con ropa limpia para El Mariscal, nos hicieron pasar. Estando ya El Mariscal sentado nuevamente en el trono, nadie hizo comentario alguno sobre lo acontecido. Primero atendió a una señora vestida con traje estampado de florecitas color café, quien sacó de su bolso un sobre y lo entregó al Mariscal. Él revisó el contenido sin sacarlo del sobre, a mi juicio su acción denotaba conteo de dinero. Acto seguido, la señora agradeció por el empleo y le prometió en una próxima campaña conseguir más votos. para ayudar a su hijo desempleado y, como ñapa, con tres niños para alimentar. –¿Qué sabe hacer? –De todo un poquito, pero su fuerte es la plomería –dígale que venga de inmediato–. La mujer se fue contenta.
Seguidamente pasó un muchacho. Entregó un sobre parecido y la operación se repitió con varias personas más. Al llegar mi turno, sonó el timbre del teléfono, hizo un ademán de espera con la mano. –Cómo no Pepe, ya le tengo el regalo al ministro para su cumpleaños. Es un bolígrafo fino enchapado en oro y encasquillado con chispas de esmeralda. Con ese bolígrafo firmará la licitación–. Se escuchó la carcajada al otro lado del auricular y El Gran Mariscal rió con ganas hasta salírsele pedos húmedos que lo mandaron de nuevo al baño, sin poder despedirse de su hermano y de nosotros tampoco. Su esposa tomó el auricular del teléfono y le informó al cuñado sobre el mal estado del Mariscal, producto de una comida ingerida la noche anterior. Ella, al colgar el teléfono, se dirigió a nosotros: –solo pueden quedarse los de la cuota del mes. Yo los atenderé.
Hijo de tigre sale cagado
Gracias a mi padre y al todo poderoso, soy lo que soy, un político y empresario exitoso. Propietario de lujosa mansión en Fisher Island, Florida, E.U. isla privada pegada a Miami Beach, para ir allí sólo puedes acceder en ferri. Poseo un departamento de charme en Paris Rive Gauche, distrito 13, cerca de la catedral de Notre Dame, de jardines de Luxemburgo y de Sainte-Chapelle, y a sólo 2,2 km de la ópera. Aunque nunca he asistido a esa vaina. Tengo otra propiedad en West Village, en el Bajo Manhattan y bordeado por el río Hudson, oeste de New York, “is New York” como dice la canción. En mi país, poseo miles de hectáreas de tierra y propiedades heredadas, apropiadas a las buenas o a las malas.
Para mantenerme en el ratings, como “number one” de la política y en negocios lícitos e ilícitos, poseo una revista y un periódico de circulación nacional, dos emisoras FM y una cadena de emisoras, frecuencia AM, canal de tv., una empresas fachada de contratación con el Estado y ahorros millonarios depositado en paraísos fiscales. Soy uno de los hombres más poderosos de este país de mierda. Me avergüenza identificarme como colombiano en el exterior. Como decía mi padre: “La gente de bien, no tiene nacionalidad”. Es cierto, la clase no tiene fronteras.
Una de las cosas que más odio, son las campañas políticas. Rodeado de ejército de hombres, responsables de mi seguridad. Dar la mano a tanta gente asquerosa, asco al besuqueo de mujeres pobres al saludarme, hieden a vinagre y cebolla revuelta con ajo. Me repugna cargar esos mocosos para portadas de periódicos y revistas, son cosas de la política, todo por la plata, porque plata es plata, decía mi padre. Aunque después dure un mes desinfectando mi cuerpo, como sucedió al iniciarme en política.
Un día mi padre me invitó a una de sus correrías para conocer y me conocieran. La manifestación se desarrollaba en el patio de un colegio público ubicado en el barrio “Brinca y Pea”, pueden creer eso, gente tan ordinaria, dirigido por un hijueputa patuleco, nombrado por mi padre cuando fue secretario de educación. No cabía ni un alma más, gente trepadas en paredillas, árboles, lleno total, porque ofrecimos merienda, sancocho y ron. Calor insoportable, bullicio, nadie prestaba atención al discurso de papá. Entre la multitud, se escuchó una voz chillona, aguda, a todo pulmón, por encima de todas las voces: –¡Seño Marta! ¡Juanito se cagó!–. Se formó el desorden de padre y señor, batalla campal de mierda, así, literal, volaban bolsas repletas de mierda desde patios vecinos, y acá las devolvían revueltas con orín. Una de ellas atinó a caer en la olla donde se cocinaba el sancocho.
–¡Tienen este país vuelto mierda! ¡Ahí se las devolvemos!– Gritaban desde algún lugar.
Desesperado, busqué a papá para salir del despreciable colegio de mierda, lo encontré vuelto una cagá. Lleno de ira, abrí paso entre la gente que reía y se burlaba de nosotros. Al abordar el automóvil que estaba todo embarrado, sentí en la espalda un golpe seco, algo caliente se deslizó al interior de mi vestimenta hasta llegar a los talones. Mierda corría por mi cuerpo. Esto es obra de los opositores. Sólo pude llorar y maldecirlos por siempre. Papá se encargó de la situación pues pagó para que nos lavaran. Menos mal, dentro del carro llevábamos ropa de repuesto. También pagó para que le dieran su merecido a los hp que promovieron el mierdero.
Papá confesó: –El alcantarillado en ese barrio aparece tres veces construido y aún padecen del servicio. Yo mismo participé en la repartición de dos presupuestos para tal fin, y aun así continúan votando por mí.
Heredé ese caudal electoral. Esa gente merece su suerte de mierda. Lleno de hijos flojos, desagradecidos y mala clases. Les ayudas, les das trabajo, y entonces roban, dañan las cosas, te demandan y hasta arman sindicatos. Esos miserables no entienden los grandes sacrificios e inversiones que hacemos quienes manejamos las riendas de este país.
Desde esa ocasión no volvimos hacer campaña política en terreno. Como senador de la república no necesito hacerla. Las dos últimas décadas consolidamos una empresa electoral, iniciada por mi padre, que me garantiza ser el congresista más votado de la región sin moverme de casa. Pago a unos calanchines dedicados a la compra de votos necesarios en barrios y municipios para poder reelegirme. Todos mis empleados y empresarios que me apoyan están obligados a poner cierta cantidad de votos cada vez que se los solicite. De lo contrario, paticas en la calle. Hay un hijueputica que dice que va a perseguir judicialmente a compradores de voto y sus jefes políticos. Está buscando lo que no se le ha perdido. Lo tenemos en la mira ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!
En el negocio electoral, no se trata de quien hace la mejor propuesta política en campaña, sino quién tiene el mayor músculo financiero para publicidad, compra de votos, jurado y autoridades para adueñarse del presupuesto y de la nación.
Les confieso, tengo pretensiones presidenciales y con muchas opciones de ganar en una eventual candidatura. Continuaremos limpiando al país de toda la escoria opositora que se hacen llamar líderes, defensores de derechos humanos, ambientalistas y sindicalistas. No permitiré que esos mamertos mal nacidos, vagos de mierda, apoyados por el terrorismo internacional me señalen de paramilitar, corrupto, narcotraficante. Esa manada de ignorantes ni siquiera merecen el aire que respiran. No saben con quién carajos están enfrentándose. Somos dueños de este puto país y gracias a nosotros ellos existen. Si nos da la gana, les quitamos la vida el día que nos plazca. No somos Dios, pero tenemos el poder de decidir quién vive y quién muere en este país.



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