Me viene al presente un reportaje en Colombia, el cual tenía por objeto sentar en una mesa de diálogo a dos pandillas enemigas, a la policía acusada de propasarse con ambas, y al alcalde del pueblo. Los pandilleros, que no pasaban de rondar los veinte años, se preguntaban si aquel encuentro lograría una reconciliación; hablaban a discreción mientras acariciaban el pelo de sus hermanos pequeños que se pegaban a sus bermudas. Durante la grabación, su atención se dejó atrapar por la curiosidad de saber cómo se construía un reportaje; liberando su mirada hacia un horizonte de fascinación.
Al anochecer, Gustavo Bolívar, quien -además de estar al frente de la serie Pandillas, Guerra y Paz-, era el creador de este reportaje; perseverante, se quedó largas horas esperando al alcalde. Los demás regresamos a Bogotá. En la oscuridad del trayecto, entre las serpentinas que daba el vehículo, mi único pensamiento era no perder los testimonios de aquellos muchachos que compartían mi edad. El reportaje, producido por Telecolombia -años antes de convertirse en Foxtelecolombia-, sería emitido a nivel nacional: abracé como a un tesoro los fragmentos grabados, con la esperanza de que conseguirían sacudir las conciencias y construir oportunidades.
Por aquel tiempo, la idea de que el periodismo constituía un bastión de denuncia, y utilidad social estaba viva; más aún en el territorio de Iberoamérica, cuya población, además de entrelazar históricamente fuertes vínculos lingüísticos, sociales, culturales…, también padeció, desde sus contextos puntuales, reiteradas violaciones a los Derechos Humanos. En este sentido, se podría decir que el periodismo iberoamericano, ha respirado un oxígeno común; sabe de censura y amenazas, de ataques a las redacciones, de exilio, y más aún de resistencia: un pálpito que se ha ido trasmitiendo por generaciones y que hoy impide a una parte de la profesión darle la espalda al ciudadano y plegarse a los intereses del poder.
Teniendo en cuenta que el sentido de Iberoamérica implica una relación simétrica entre sus Estados, y siendo conscientes -en alusión a Pablo Sapag- de los riesgos que acarrea desdibujar su significado, observamos que aquellas narrativas que menosprecian las culturas prehispánicas y supeditan la política a intereses extranjeros, chocan abruptamente con el sentido de conexión, independencia y fortaleza de los Estados iberoamericanos.
En la actualidad, asistimos a un tablero en el que el presidente Trump no oculta sus ansias de expandir sus tentáculos por América Latina; monopolizar y reconvertir las naciones en satélites estadounidenses a través de la fuerza y de un discurso contradictorio que aboga por perseguir a narcotraficantes, al tiempo que indulta a Hernández, exmandatario hondureño condenado por narcotráfico.
Era de esperar que Trump apoyara a Abelardo de la Espriella, cuya nacionalidad estadounidense ha desatado la alarma entre un grupo de exmagistrados y especialistas que alertan, a través de un comunicado, de la incompatibilidad jurídica, ética y política que tiene el aspirante para desempeñar el cargo a la Presidencia de Colombia.
No es casualidad que este candidato, a pocos días de que la población acuda a las urnas, haya intensificado su campaña contra el actual presidente Gustavo Petro, al etiquetarle como “jefe de la mafia”; y en extensión, a sus aliados y continuadores políticos, bajo la amenaza de procesarles en Estados Unidos. Expresaba Julio Fernández en ¿La manipulación informativa destruirá la democracia?: “La opinión pública debe estar correctamente informada […]. Si las bases de información son incorrectas, se hallan alteradas o son directamente falsas, es muy probable que las decisiones finales que se tomen no sean las más acordes con el interés público”. En sintonía, este tipo de calumnias tratan de confundir al electorado para eliminar cualquier atisbo de progresismo en la Casa de Nariño y, por ende, en la nación.
Por contra, y ensanchando el ángulo a Iberoamérica, en unas Jornadas de Seguridad y Defensa en España, alejadas con severidad de cualquier sesgo político, fuentes conocedoras reconocieron la valía, el esfuerzo y la intensa labor que están desempeñando los efectivos desplegados por parte del Ministerio de Defensa Nacional de Colombia contra las disidencias armadas, remarcadas por Gustavo Petro como organizaciones narcotraficantes. Celebradas en un espacio de enriquecimiento multicultural, dichas Jornadas que versaron sobre la geopolítica mundial, pusieron de manifiesto la necesidad de respetar las reglas del Derecho Internacional, de protegerse ante las injerencias extranjeras, y reaccionar frente a la “guerra cognitiva”; hecho que desató un debate en torno a la responsabilidad de los medios de comunicación para contrarrestar las campañas de desinformación y relatos falsos, entendiendo que también ellos conforman el “ecosistema de defensa”.
En relación con el actual mapa de América Latina, que va sumando mandatarios supeditados a los intereses del gobierno estadounidense, el riesgo de que la región retroceda al servilismo y a las relaciones asimétricas, crece a pocos días de las elecciones presidenciales. Si bien, gran parte de la población mantiene la esperanza de que el candidato a la Presidencia y defensor de Derechos Humanos, Iván Cepeda, junto a Aida Quilcué -ambos conocedores del dolor que arroja la violencia-, logren gobernar por la paz y la custodia de su soberanía.
Ante las consignas obsoletas, ancladas en el odio, que segmentan la patria en enemigos y buscan instrumentalizar, políticamente, al conjunto de las fuerzas armadas bajo intereses ajenos al país; esperemos que el 21 de junio la población demuestre que defender una nación conlleva un acto cristalino de solidaridad; de humanidad, lealtad y protección hacia la ciudadanía, incluida la que piensa diferente. Quizás, aquellos políticos incendiarios que desprecian los pactos por la vida, y banalizan la guerra exponiendo a los jóvenes a más violencia, y ausencia de oportunidades, desconozcan que antes de hablar de patria, deberían aprender a amarla.



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