Afirmar que la actual estructura de poderes que define al equilibrio (o, mejor dicho, al conflictivo desequilibrio) internacional responde al tránsito de un orden unipolar –el solitario dominio que ejerció Estados Unidos después de la desintegración de la Unión Soviética– a una configuración multipolar –la emergencia de China, Rusia, India, entre otros– es, por lo pronto, una petición adelantada de principios. Por una parte, el debilitamiento de la hegemonía global de Washington ha sido un proceso visible y paulatino, si bien aún mantiene su estructura general de dominación.
Por otra parte, el ascenso de China, Rusia e India es un fenómeno todavía en vías de consolidación. Lo que aquí llamamos “debilitamiento” es un actor que ya no cree en su propio guion; y lo que figuramos como “ascenso” es el ensayo de otros actores que apenas aprenden sus líneas. Y esta zona de indecisión, entre una potencia que está perdiendo su poder –y se niega a reconocerlo– y otras que están emergiendo, ha arrojado, entre otras muchas razones, a una parte sustancial del mundo a un estado de guerra.
Desde las planicies de Ucrania hasta el estrecho de Ormuz, cientos de millones de habitantes viven hoy bajo la inclemencia de graves conflictos militares. No falta quien especule sobre la proximidad de una conflagración mundial. Al menos, Europa y Japón, cuyas historias están entrecruzadas por la memoria de la fragilidad de la paz, se están preparando para ello. Lo cierto es que nunca antes como hoy (a excepción acaso de la crisis de los misiles en Cuba en 1962) se había escuchado con tanta vehemencia, en el seno de las retóricas presidenciales, la posibilidad de un conflicto nuclear.
Desde 2022, con el estallido de la guerra de Ucrania, Putin no deja de advertir a Occidente que Rusia haría frente a una amenaza a su régimen actual con dispositivos atómicos. Y, más recientemente, Trump, sin la menor contemplación, se encargó de rearmar su caja de amenazas a Irán con “desaparecer a una civilización entera”. Kubrick lo profetizó en el filme Dr. Strangelove (o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar a la bomba atómica). El temor que impera, desde los años 50, de que un delirio desaforado llegue a la Casa Blanca se hizo, aunque sólo de manera verbal, finalmente realidad. El dilema es que, al menos en esta esfera, el paso del dicho al hecho es temerariamente factible.
Vista desde una perspectiva histórica, la escena multipolar ha sido la más inestable y explosiva de todas. En el siglo IV aC, lo que designamos como la Hélade estaba compuesta por una multitud de ciudades con aspiraciones imperiales. Nunca dejaron de combatirse las unas a las otras hasta que la antigua Grecia desapareció. Fue Tucidídes el que registró con mayor claridad este colapso. Le siguió Roma. Un poder unipolar que se prolongó durante más de cinco siglos. Debemos a Jesús la filosofía que absorbió y derribó al Imperio romano. Una religión que abolió la esclavitud. Siguió la Edad Media, que los historiadores modernos han pintado como oscura y violenta. En realidad, fue una época feliz, una era sin imperio alguno. A partir del siglo IX, los carolingios intentaron infructuosamente instaurar un imperio único. Los otomanos serían más exitosos. En el siglo XVI, dos imperios se disputarían la hegemonía europea, una situación bipolar: España y el Imperio otomano. Sería Inglaterra la que, hacia fines del siglo XVII, desplazaría a España y dominaría una parte sustancial del mundo hasta principios del siglo XX. La Primera Guerra Mundial, al igual que la Segunda, resultaron de conflictos producidos por un vértigo multipolar, en el que cada potencia tenía aspiraciones hegemónicas. Después, sobrevino la guerra fría: un equilibrio siempre al borde del acantilado entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Hoy, después de lo que los historiadores estadunidenses han dado en llamar absurdamente la pax americana –que costó un millón de muertos si se suman sus víctimas en Irak, Siria y Afganistán–, hemos vuelto a una escena que está deviniendo multipolar.
Estados Unidos ha perdido una parte de su antiguo impulso económico, y su poder de disuasión militar es cada día más relativo –ni siquiera logró recuperar el estrecho de Ormuz–. Además, atraviesa por una crisis política y moral –encarnada en el ascenso del movimiento MAGA– que está socavando seriamente su imagen como un arquetipo de sociedad paradigmática. Pero lo que asombra en realidad es, sin duda, el paradójico origen de las nuevas potencias en puerta.
Hace tan sólo cuatro décadas, India y China eran países rurales, en los que una parte sustancial de la población sufría de miseria extrema y escasez. Su pasado reunía una herencia difícil de tramitar: una colonia inglesa y un país azotado por el opio, un narcoestado, la invasión japonesa –que cobró las economvidas de más de 20 millones de chinos– y una guerra civil que culminó en una revolución. Rusia, por su parte, después de la desintegración soviética, enfrentaba prácticamente una crisis de orden existencial.
¿Cómo es que cada una de estas tres naciones, siguiendo vías propias e irreductibles, lograron situarse con tal celeridad en la antesala de las grandes potencias?
18 de junio de 2026



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