26 de junio de 2026
John Mearsheimer pasa por ser el analista geopolítico más importante en estos momentos de caos y colapso sistémicos, con análisis tan claros y sencillos como profundos. Vale la pena escucharlo. En una reciente entrevista sostiene que desde 2017 ingresamos en un mundo multipolar con Estados Unidos, China y Rusia configuradas como grandes potencias (Infobae, 9 de mayo de 2026).
Ese tránsito de la unipolaridad a la multipolaridad, tiene consecuencias profundas en el escenario global y abre un período de gran inestabilidad, aunque no lo menciona de este modo. Como latinoamericanos, nos interesa su punto de vista sobre el papel de nuestro continente en la estrategia de Washington. “América Latina es el área más importante del mundo desde un punto de vista estratégico para Estados Unidos”, dice Mearsheimer.
“La clave es que Estados Unidos es un hegemón en el hemisferio occidental. Es, por lejos, el Estado más poderoso del hemisferio: domina militar y económicamente a todos los países de América Latina. Por lo tanto, no enfrenta amenazas de seguridad provenientes de sus vecinos latinoamericanos y se encuentra notablemente seguro dentro del hemisferio occidental. Eso le permite concentrarse en Asia oriental, Europa y el golfo Pérsico”, concluye.
Estados Unidos puede tolerar que China tenga estrechas relaciones económicas con América Latina, pero no puede aceptar que tengan relaciones militares porque echaría por tierra la Doctrina Monroe.
Desde el sur, la brasileña Carolina Silva Pedroso, especialista en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, sostiene que según la Estrategia de Seguridad Nacionald difundida en 2025, “América Latina pasa a ocupar una posición prioritaria en la política estadunidense, sustituyendo a Oriente Medio como la región de interés central” (IHU, 23 de junio de 2026, subrayados míos).
Aunque estas ideas ya las había formulado Nicholas Spykman en las primeras décadas del siglo pasado, es necesario actualizar estos recordatorios: el continente latinoamericano es vital para que Estados Unidos mantenga una posición dominante en el sistema internacional. Más aún, cabe agregar, cuando la potencia hegemónica está en declive y por momentos se acerca a su colapso como nación.
A partir de estos análisis, me parece necesario y urgente comprender cómo esta realidad afecta y afectará a los movimientos populares y a los pueblos en movimiento de nuestra región. No es más de lo mismo, no es sólo una repetición de la larga historia del “patio trasero”, sino que hay cambios estratégicos que debemos considerar.
La primera es la permanente y profunda militarización del continente. Lo que antes podía ser temporal y coyuntural, hoy se ha convertido en estructural. La militarización de todas las facetas de la vida, desde la relaciones sociales hasta la naturaleza, llegó para quedarse, es el núcleo de la economía y la clave de bóveda de la acumulación de capital. Nadie debe creer que se trata de una desviación de la norma (como lo fueron los golpes de Estado), sino la norma misma durante un periodo imposible de determinar, pero que no será breve. Por lo tanto, debemos reflexionar cómo vamos a resistir ante esta nueva realidad.
La segunda es que la militarización no depende de quienes gobiernen, precisamente porque es una cuestión estructural del capitalismo actual. En este sentido, no hay fronteras geográficas ni políticas. Observemos a los gobiernos progresistas, y veremos que ellos han dado pasos sustanciales hacia la militarización, en todos y cada uno de los países.
La tercera es que el patriarcado y el colonialismo son también funcionales a la lógica militarista, lo que los vuelve mucho más peligrosos. De ahí la expansión brutal de los feminicidios, de sus modos tremendamente depredadores que destruyen vidas y cuerpos de mujeres y personas del color de la tierra.
La cuarta es que el militarismo se presenta de muy diversos modos: desde el crimen organizado hasta los programas sociales, incluyendo la “cultura” que emana de los medios de comunicación y los modos como se practican los deportes mercantilizados.
Ante este panorama, no puede llamar la atención que lleguen al gobierno personajes como Keiko Fujimori, Bukele y ahora De la Espriella, que tienen en común su desprecio a la vida y la alianza con el crimen y los paramilitares. Es el tipo de personas que el capitalismo necesita en este momento.
Es urgente cambiar de estrategias, cuando los estados-nación han sido blindados para servir al capital y los estados del bienestar han sido demolidos. La estrategia en dos pasos, que denunciaba Wallerstein como error de las viejas izquierdas (llegar al poder para luego cambiar el mundo), nunca funcionó, pero ahora tiene un sesgo peligroso, porque entrampa a los pueblos.
Las nuevas estrategias son las que están implementando algunos pueblos y movimientos en las últimas tres décadas: defensa del territorio, autogobierno y autodefensa, o sea construcción de autonomías.



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