Se viven horas dramáticas para rescatar a los que puedan estar vivos bajo los escombros. Comienza la ayuda internacional y la cifra de fallecidos tiende a empeorar.
Desde Caracas. 27 de junio de 2026“¿A dónde puedo llevar esto?”, pregunta con cierto desespero un motorizado que lleva a sus espaldas una bolsa negra identificada con una frase escrita con marcador color negro en un papel, que dice: “Esto es ropa para niños”. De inmediato, un señor le da la dirección de uno de los 44 centros de acopio que fueron habilitados este viernes en Venezuela, no sólo para recibir donaciones para las víctimas de los terremotos, sino también para convertir la conmoción nacional en solidaridad activa. Fue una emoción contenida que tenía que salir; que debía demostrarse en acción concreta ante la tristeza profunda de una población que recién asimila que lo sucedido es una tragedia que ya lleva, al menos, 920 muertos e incontables desaparecidos.
Según las cifras oficiales ofrecidas hasta ahora van casi mil muertos y más de 3.000 heridos, aunque se teme que las cifras puedan aumentar considerablemente, conforme transcurren las horas, quizás las más críticas para salvar las vidas que aún se encuentran debajo de las montañas de los escombros.
A través de WhatsApp es profusa la difusión de fotos de personas desaparecidas; algunas son familias enteras de las cuales aún no se sabe nada de ellas. El desespero del primer día de los sismos se siente ahora como una angustia controlada, en una tranquilidad del desesperado que espera una buena noticia, algo que no le confirme lo peor. “Ando orando permanentemente, esperando que esté bien, es lo único que me queda por hacer”, cuenta una mujer sobre una amiga desaparecida.
Mientras tanto, las calles de la capital mostraron más movimiento automotor. El ritmo citadino intenta recuperarse entre personas comprando y haciendo sus diligencias regulares, bocinazos del tráfico pesado y comercios que este viernes abrieron sus puertas.
La autopista de la ciudad capital que va hacia La Guaira –el estado declarado zona de desastre por el Gobierno nacional– se convirtió en un estacionamiento de vehículos. Todos querían llevar insumos a la región costera y terminaron bloqueando el paso a organismos estatales de rescatistas y salvamentos que luchaban contra el tiempo para seguir salvando vidas, como lo vienen haciendo día y noche, sin parar, desde las primeras horas del impacto de los terremotos.
“Si quieres salvar vidas, no bajes a La Guaira”, era el mensaje que circulaba por todo el ecosistema de medios y redes sociales.
El gobierno nacional mantiene desplegado todos los organismos de seguridad y rescate, y coordina la ayuda humanitaria y el recibimiento de rescatistas especializados, provenientes de gobiernos de Europa y América Latina y el Caribe, así como de la Organización de Naciones Unidas.
En paralelo a la acción gubernamental, la solidaridad en la calle es un hecho popular que intenta ser un bálsamo, así sea momentáneo, contra la pesadumbre y el dolor de saberse golpeado.
“¿Quieres una arepa?, anda, toma, agarra una, que las acabo de hacer”, le dice una señora de tez blanca a una joven damnificada que descansa al lado de su bebé, dentro de una carpa instalada en una plaza pública en Caracas, al igual que otras familias que no pueden regresar a sus viviendas porque las estructuras fueron afectadas por la fuerza estremecedora de los sismos. “Una arepa siempre llena el alma, y más en este momento”, remata la señora llenando el lugar de una risa contagiosa.
El gobierno de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, activó refugios temporales para atender a las víctimas de los terremotos. Reciben hidratación, alimentación y atención social.
No obstante, muchos de los afectados prefieren quedarse pernoctando cerquita de su morada golpeada. No lo dicen, pero es como rendir un luto interno; se quedan acompañando lo que antes de los terremotos era su espacio íntimo, a sabiendas de que quizás no regresen a sus viviendas, sobre todo por la gravedad de los daños registrados en las torres residenciales.
Según cifras oficiales los sismos dejaron 383 edificaciones afectadas y más de 1.400 infraestructuras dañadas.
“Al menos estamos vivos, la vida es lo primero, todo lo demás se recupera”, señala Miguel en una mezcla de optimismo y resiliencia que culmina en ojos húmedos.
En otro punto de la urbe, en otra plaza pública, situada más al centro de la ciudad, un grupo de jóvenes cargan entre todos una caja, también llena de arepas, el típico alimento venezolano preparado a base de maíz precocido, sal y agua.
“Con esto estamos ayudando, porque no tenemos para dar más”, indica Diego. Esa acción voluntaria, de a poco, se suma a la ayuda gubernamental que cifra más de 2.6 millones de kilos de alimentos y ayuda humanitaria distribuida en los estados más afectados, con prioridad en La Guaira.
Pero la solidaridad no sólo se notó con la entrega de alimentos a las víctimas. En el Hospital Domingo Luciani, uno de los más grandes de la Gran Caracas, recibía en la noche de este viernes cajas de ropa y juguetes para los niños que estaban siendo atendidos en ese centro de salud, cuyas paredes estaban adornadas por largas listas de nombres y apellidos de afectados que recibían tratamientos.
Cada papel pegado a la pared describía la ubicación del piso y el cuarto donde se encontraban, en espera de encontrarse con sus familiares y allegados. Afuera, un grupo religioso profería rezos en voz alta, que competían con la sirena de las ambulancias que frenéticamente entraban y salían del lugar.
Después de los terremotos se siguen sintiendo réplicas (van más de 300 según las cifras oficiales). Las personas que habitan con duda las torres residenciales que quedaron de pie y que son seguras, confirman sentir los sacudones en la madrugada y temprano en la mañana.
Pero lo que verdaderamente mueve a la población es una fe colectiva, producto de la superación de adversidades vividas en los últimos años. Es la sensación de esperanza que alimenta más que un plato de comida, o un colchón donado para pasar la noche en la calle. Es la virtud de que saldrán adelante y superarán este episodio doloroso.
“Este pueblo está sacando lo mejor de este momento tan duro, somos uno solo y somos Venezuela”, soltó con voz entrecortada Alejandro, un sobreviviente de la tragedia, que hoy duerme, junto a su familia, en una plaza pública, tras perder toda su vivienda, y a uno de sus perros. “De esta nos recuperamos, ya verás”, dice abrazándose con los suyos, sentados todos en un colchón desnudo recién donado y con la noche como techo.



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