El jefe de la poderosa empresa tecnológica Palantir, Alex Karp, ha provocado el revuelo ante modelo de negocios de los grandes jugadores de la industria de la inteligencia artificial (IA); una pugna que tiene mucho de por medio.
En una reciente intervención en un noticiario de televisión, y de una manera que se ha descrito como atropellada, literalmente declaró: “Todas y cada una de las empresas están furiosas con los modelos de negocios de la IA”. Se refería a que las empresas que usan la tecnología pagan un sobreprecio a empresas como OpenAI y Anthropics. El punto es que, así, no se genera un valor real de negocio y, además, se arriesga la propiedad de los datos y de los procesos de trabajo.
Esto tiene que ver con el método de tokens mediante los que se fijan los precios por el uso de los modelos de IA. Los tokens son unidades fundamentales de datos procesados para comprender y generar el contenido que requiere el usuario.
El asunto se describe de la siguiente manera: “Los modelos no leen palabras completas u oraciones, sino que descomponen el lenguaje humano en fragmentos pequeños, como son palabras parciales o completas, así como la puntuación”. Los tokens, determinados en idioma inglés, equivalen en general a cuatro caracteres. Este método se vincula con el precio que se cobra por el uso y en donde se distingue a los tokens de salida, que son más caros que los de entrada.
El argumento de Karp, que ha generado la controversia por la forma y el contenido de sus declaraciones, es que los tokens que definen el modelo de negocios, están diseñados para transferir tanto la propiedad intelectual de las empresas usuarias, como el valor que representan para proveedores de los modelos y para los usuarios y se expresa en los altos costos que pagan en relación con los ingresos que se obtienen.
Si OpenAI y Anthropics realmente incidieran de modo positivo en la productividad de sus usuarios, no venderían el acceso que llega a contarse hasta por millones de tokens. El señalamiento de Karp es que, realmente, el modo de fijar precios mediante tales unidades representa la confesión de que sus productos no generan un valor confiable por el precio al que se vende. Lo que hacen, pues, es cobrar por el cómputo de las consultas. Lo que dice es que el modelo vigente por consumo de tokens alienta un uso creciente, sin generar un valor proporcional de negocio. Esto redunda en que los usuarios busquen tener una infraestructura propia de cómputo, de datos y modelos de IA, sin la dependencia de proveedores externos. Esto mueve el debate en torno a la IA al campo de la organización industrial y la gestión de los negocios. Tal es la fricción que ha provocado Karp.
Esto conduce al asunto clave del control, la denominada soberanía de la IA; lo que se vincula con la discusión en curso acerca de la necesidad de regulación de la industria, tema que tiene una relevancia creciente. Las empresas, dice Karp, deben tener control sobre sus datos y los medios de computación, lo que lleva a que puedan adaptar sus modelos y prevenir que la propiedad de la información se capte o replique fuera de la empresa.
La cuestión va mucho más allá cuando se lleva al campo de la seguridad nacional y la defensa, entorno en el que Palantir tiene una actividad cada vez mayor y muy relevante con distintos gobiernos.
Así lo ha planteado Karp explícitamente en el libro publicado el año pasado La república tecnológica. Se trata de una crítica que apunta a dónde debe ir la IA y qué tanto debe alinearse con el poder del Estado; cómo debe atender, además de a los consumidores, a las acciones bélicas y las amenazas geopolíticas existentes.
Esta dimensión indica que los desarrollos tecnológicos y las disputas internas en ese sector se extienden y tienden, así, a entrar en el terreno de lo que se ha llamado la “sociedad de la vigilancia”; o de manera más radical, lo que se ha considerado “tecnofascismo”.
Los conflictos entre la élite de la tecnología o lo que se conoce de modo coloquial como los tech bros (hermanos tecnológicos); término que alude al conjunto de los hombres muy ricos, de comportamiento extravagante y polémico del entorno de la industria de la tecnología digital, son explícitos.
La cuestión abarca al carácter de su comportamiento y su extendida influencia, que tiende a acrecentarse al ritmo presuroso del desarrollo de la industria.
Una exhibición de los intereses en conflicto entre las empresas es el caso de la ríspida pugna de Musk con Altman en torno a OpenIA, del conflicto de Amodei con el gobierno de Estados Unidos; de Thiel y sus abiertas y polémicas posturas ultralibertarias y del mismo Karp, cada vez más extrovertido.
Hay fracturas y rivalidades por el dominio de la estructura corporativa de la IA. Todos estos personajes tienen una clara conciencia de su influencia social y política y de su enorme poder económico. Y lo ejercen.
06 de julio de 2026



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