El ángulo

Un par de horas después del Argentina–Egipto, ya sin ruido de fondo, le escribí a mi amigo Leo. Uno tiene esos números de emergencia a los que acude cuando el partido deja cola, gente que ve el juego con los mismos ojos –no porque haya miradas que no cuenten, sino porque hay quien mira y quien, en el mejor de los casos, retuitea lo que otros dicen que vieron–.

Y Leo mira. Hace años estudió para DT. No dirige a nadie que salga en la tele sino a un puñado de cachivaches con matrícula que los miércoles, en la liga del Instituto México de Popo, nos arrastramos por la cancha persiguiendo a veinteañeros enjutos en Red Bull.

Lo suyo no es afición. Es una forma de estar en el mundo. Entiende el juego porque lo ve entero: no necesita congelar el cuadro, le basta con no apartar los ojos. Por eso le escribí. Pero no vio el juego. Ni el resumen, ni las repeticiones, ni los goles fragmentados. Se había saltado el partido entero. No por descuido; por hartazgo.

A últimas fechas, el juego expulsa a quienes más lo quieren. A los que juegan en la calle o pagan su arbitraje cada semana, al salir de la oficina. A los que no pueden costear las entradas onerosas de la FIFA. A los que le van a una franquicia porque ser de un club es imposible en este futbolito nuestro. Quizá nos termine corriendo a todos.

Leo no estaba harto de perder –a eso los futboleros estamos hechos–, sino de la sospecha convertida en deporte, ese odio nacionalista monetizado, la exigencia de tomar partido antes de que ruede la pelota. A él, que sólo quería mirar, no lo echó el futbol. Lo echó gente que, como muchos de nosotros, ya no mira sino dictamina.

Lo contrario de mirar no es cerrar los ojos. Es supervisar. Nos convencimos de que ver un partido era auditarlo –cortar la jugada, rebobinar, congelar el cuadro donde la mano parece mano, pedir el otro ángulo, el que le convenga a la sentencia que ya traíamos aprendida de casa–, y en esa liturgia forense creemos ganar precisión y autoridad cuando perdemos lo único que un partido entrega: el flujo, la cosa entera y continua que sólo significa algo si no se interrumpe.

La jugada troceada en fotogramas deja de ser jugada, como una palabra repetida 20 veces termina por no decir nada. Miramos más de cerca que nunca y entendemos menos, porque el juego no se entiende cuadro por cuadro sino en movimiento, y el movimiento es lo que el zoom mata.

Nos vendieron el VAR como el fin de la polémica, pero la polémica no se corrigió, sólo se industrializó. Y habría que preguntarse por qué querríamos suprimirla, si el error, la duda, el reclamo, son de lo poco humano que le queda a esto.

Hoy cada cuadro se relitiga, no para llegar a un veredicto sino para alimentar la duda, que es el verdadero producto. El aficionado perito reúne mil pruebas y ni una sola imagen del juego. Y lo peor no es estar equivocado, sino que su certeza crece mientras la comprensión se apaga. Cuanto menos entiende, con más saña acusa.

Hoy Argentina se mide con Suiza en Kansas City, pero su partido lleva jugándose toda la semana desde las pantallas. El poder, se dice, vuelve a torcerse por su campeón, y el presidente de la FIFA ni se molesta en disimularlo. Puede que tengan razón. El poder siempre inclinó la cancha –el futbol es político desde que es futbol–, y repetirlo no ilumina nada: es la más gastada de las obviedades.

Pero hay algo más ruin que el favor, y es lo que hicimos con su denuncia: desgastarla. De tanto gritar que la cancha está envilecida, la enderezamos en la costumbre del eco. Así, el escándalo repetido cada cuatro años dejó de ser estrepitoso para volverse folclor. Denunciar con un retuit es la coartada perfecta para el denunciado. Y mientras molemos la palabra poder hasta vaciarla, lo que de veras se pierde no es la política del juego –esa resiste–, sino el juego mismo: la pelota concreta, la única que rueda, sepultada bajo sentencias prestadas.

No vine a decir si le regalan el Mundial a Argentina; vine a decir que, mientras lo gritamos como si fuéramos adalides de una justicia sin aparato legal, nadie está mirando a Argentina jugar.

No siempre fue así. El último gran escándalo se juzgó a ojo pelado: en 2002, Byron Moreno expulsó a Totti por “simular” un penal que era penal y despachó a Italia del Mundial.

Lo que vino después es puro epílogo: la TV italiana convirtió al árbitro en mercancía –invitado de honor de un carnaval, concursante de reality–, hasta que ocho años más tarde lo detuvieron en Nueva York con seis kilogramos de heroína encima. Del villano al producto y del producto al delito: la misma lógica que hoy nos gobierna, apenas más lenta.

Pero conviene mirar el principio de la historia, no el colofón. Antes uno se enfurecía por haber visto, hoy se enfurece para no ver. De nada sirve extrañar esas épocas en las que no teníamos el zoom. Ahora el zoom somos nosotros.

Un zoom no mira. Busca culpables. Y eso tiene un nombre viejo: la siembra del odio. Los fascismos la cultivaron con método, pero entonces el rencor servía a una idea, por monstruosa que fuera; la de hoy no sirve a nada más que a granjearse unos pesitos del nervio ajeno, y por eso es aún más aberrante.

Hace unas semanas, un “periodista” argentino aseguró –sin una sola prueba– que un cártel amenazó a los jugadores de Ecuador para que dejaran ganar a México, y luego confesó que nos detesta “con el alma”.

La Federación Ecuatoriana lo desmintió en una línea. Dio igual. Ya nadie hablaba del partido –el gol pitagórico de Jiménez, las marcas que perdieron dos de los centrales más caros del planeta, lo único que de veras pasó–, sino de la fabulación, que rinde mucho más.

Y prosperó porque la repartimos. Trepó hasta la Mañanera, y la condena presidencial no la apagó: la amplificó, porque en esta maquinaria hasta la indignación trabaja para el que la provoca. El que siembra odio no necesita que le creamos. Le basta con que reaccionemos.

Sería cómodo terminar ahí, señalando al que siembra y no al cosechador. Pero me sigue rondando Leo, y sobre todo su silencio: no dijo nada del arbitraje, ni del favor, ni de Infantino. Sólo no lo vio. Y esa abstención suya, que primero me pareció rendición, empiezo a leerla como la única postura sensata que queda. Esta misma columna es un ángulo más; escribir de futbol es, también, “bailar arquitectura”, como dice la máxima costelliana.

Esta noche, mientras rueda la pelota en Kansas City, millones tendremos los ojos en la repetición, en el meme facilón, en el recorte alienado que confirma la bronca que venimos masticando. Leo apagó y esperó a poder ver un partido sin que nadie le dijera antes qué había visto. Empiezo a sospechar que, de todos nosotros, el único que no ha perdido la mirada es el que esta noche no va a encender la tele.

Información adicional

Autor/a: Rodrigo Márquez Tizano
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Fuente: La Jornada

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