Carlo Ginzburg: el arte de escribir la Historia (II)
Foto del año 2018, de Carlo Ginzburg en el Country Club Hotel de Lima, Perú (Foto: Manuela Gargurevich)

1. Siendo (tal vez) en su momento el historiador vivo más citado y uno de los autores italianos contemporáneos más traducidos al extranjero, Ginzburg −que falleció el mes pasado (t.ly/1z1zO)− funcionaba también, más allá de la academia, como un autor popular. Gracias, ante todo, a la simultánea “excepcionalidad” y “accesibilidad” del Menocchio −el protagonista de su libro más famoso y leído, El queso y los gusanos (1976), que por ratos podía parecer indistinguible de un personaje literario−, Ginzburg había ganado un lectorado amplio más allá del hermético círculo de los estudiosos, asegurando desde hace ya unas décadas que él “no escribía la historia para sus colegas, sino para la gente” (t.ly/HIR7p).

2. Así, uno de sus principales legados es tanto haber centrado la Historia en la gente común, como dirigirla a un público amplio. El afán que encapsula bien su broma-lema “Tartufi per tutti!” (¡Trufas para todos!), que −en sus propias palabras− quería decir “que las cosas preciosas o raras tienen que llegar a todas las personas”. Para esto no es que había que rebajar el nivel de la argumentación para volverla comprensible a los “lectores comunes” −una de las expresiones que Ginzburg más detestaba−, sino comprometerse con la divulgación y buscar las maneras de llevar el conocimiento a un público amplio (t.ly/nhLWc).

3. Sus modelos aquí eran Marc Bloch, uno de sus maestros, el célebre historiador francés que abogaba “por involucrar al propio lector en la trayectoria de la investigación” −Ginzburg, de hecho, murió el mismo día que Bloch y había escrito un texto en honor a la reciente incorporación del francés al Panteón que ya no alcanzó a leer en persona (t.ly/nJW3z)− y, ya desde el campo literario, Marcel Proust y Bertold Brecht igualmente determinados a hacer accesible “lo alto”.

4. El enfoque de romper las divisiones entre cultura “erudita” y “popular” −tal vez algo “muy italiano” ya que Umberto Eco, con todas las diferencias entre los dos, podría ser otro ejemplo de un autor que funcionaba dentro y fuera de la academia (t.ly/6O8Yu)− se traducía igualmente en sus libros en los afanes de contar buenas historias −al abrir la historiografía a las herramientas literarias y narrativas sin comprometer nada su propio enfoque investigativo y “caer en la retórica”− y a experimentar con la forma.

5. Esto significaba que Ginzburg prefería no meter las notas a pie de página (sino las del final del texto), para facilitar la lectura y que influenciado por Sergey Eisenstein −del cual retomó también la técnica del close-up (y sí, el microscopio de su abuelo también tenía algo que ver)− tenía, emulando así las técnicas cinematográficas de montaje, la predilección a escribir en cortos párrafos numerados, divididos por espacio en blanco que daban, según él, “un ritmo diferente a la narración histórica” aunque “hicieran sudar a los editores” (por cierto, un gran abrazo a los editores de La Jornada…).

6. Obsesionado con la puntuación, las sangrías y los espacios en blanco −en un ensayo aparte ofreció una meta-análisis de la conocida exégesis que Proust hizo del célebre espacio en blanco de Gustave Flaubert en La educación sentimental (véase: Reflexiones sobre un espacio en blanco, en: Relaciones de fuerza: Historia, retórica, prueba, 2018, páginas 95-111)−, Ginzburg dividió famosamente su bestsellerEl queso…, en 62 secciones numeradas (y el prefacio con secciones de 1 a 10) induciendo con estas “ediciones rápidas” al estilo de una peli, un particular modo de lectura.

7. No ha sido la primera vez. Un año antes, en una obra que escribió con su amigo Adriano Prosperi: Juegos de paciencia: un seminario sobre el “Beneficio de Cristo” (1975), Ginzburg ya había empleado esta técnica que, como aseguraba, estuvo igualmente inspirada en Theodor W. Adorno para el cual “la decadencia del pensamiento sistemático estuvo acompañada por el auge del aforismo” y en Luigi Einaudi, un conocido economista y presidente de Italia, cuyo ensayo sobre el dinero imaginario en la Edad Media escrito en párrafos numerados breves lo impresionó mucho (t.ly/w8jcp).

8. Después de haber dedicado 15 años a escribir un solo libro − Historia nocturna: un desciframiento del aquelarre (1989)− y haber quedado “agotado mentalmente”, Ginzburg se dedicó casi exclusivamente a escribir ensayos, una forma “que lo fascinaba” y “que le daba mucha libertad” (t.ly/a7Jjs), permitiéndole perfeccionar este modo de escribir.

9. Tratando de figuras y temas tan diversos −como lo enumeró en un lugar Perry Anderson, otro gran erudita y por años el colega de Ginzburg en la Universidad de California (UCLA)− “como Tucídides, Aristóteles, Luciano, Quintiliano, Orígenes, San Agustín, Dante, Boccaccio, Moro, Maquiavelo, Montaigne, Hobbes, Bayle, Voltaire, Sterne, Diderot, David, Stendhal, Flaubert, Tolstói, Warburg, Proust, Kracauer, Picasso y muchos más”, podía hacer así cortes y saltos (planos generales/primeros planos, etcétera) para evidenciar el carácter fragmentario del conocimiento y reflejar el recorrido real de la investigación con sus idas y venidas, hipótesis erróneas y hallazgos.

10. Así, el uso de los puntos, lejos de ser un capricho estético, era para Ginzburg −que famosamente en sus ensayos, como bien lo indicó igual Anderson, después de “una cascada de referencias” no termina con una conclusión o argumento “sino con más ‘pistas’” (sic) (t.ly/VAKJp)− una propuesta teórica y metodológica radical (la “reticencia”) vinculada con su “paradigma indiciario” y que cumplía una función clave en su modo de escribir la Historia: romper la ilusión de la dominante en la historiografía narrativa lineal y obligar al lector a detenerse, procesar la información y cobrar consciencia de que la realidad histórica se reconstruye a partir de piezas sueltas.

Información adicional

Autor/a: Maciek Wisniewski
País: Italia
Región: Europa
Fuente: La Jornada

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