Los datos son alarmantes: el primer acceso a contenidos pornográficos en internet se anticipa a la etapa infantil desde los 8 años de edad. Un video de una violación grupal tiene 225 millones de visitas.
11 de julio de 2026. No existe hoy un control parental capaz de garantizar que un niño o un adolescente nunca se cruce con contenidos pornográficos. La industria pornográfica encontró en internet y en las redes sociales una vía de acceso permanente hacia millones de menores que llegan a ese material, muchas veces antes de haber recibido educación sexual.
Son agredidos con escenas cargadas de violencia donde las mujeres son escupidas, golpeadas y violadas. Con el uso indiscriminado del teléfono celular, la escuela de violencia sexual crece a pasos agigantados. El contenido se reproduce en Instagram con links que dirigen a páginas para adultos. Lo mismo ocurre con Telegram, WhatsApp, X y Discord. Las principales webs porno tienen generadores de stickers que se pueden copiar y enviar con el fin de degradar a las mujeres.
Estas herramientas introducen a los chicos en grupos masivos donde son bombardeados con mensajes para que además de ser espectadores, suban fotos y vídeos de ellos mismos desnudos, haciendo lo que el algoritmo más perverso les pide. Esto es abuso sexual infantil y los responsables se esconden anónimos detrás de una maquinaria cuasi perfecta para generar millones a costa de la integridad de los más vulnerables.
La revista The Economist calcula que hay 800 millones de webs pornos. Cada web tiene entre 8 y 12 millones de videos: un saldo de 9.600.000.000.000.000 videos porno online. Cada página está diseñada para el daño inmediato. Divididas en categorías como “camiseta mojada”, “chica con arnés sexual”, “cárcel”, “madre rusa caliente” o “mamada thai”, producen la curiosidad de niños y niñas desde ocho años en adelante, según las estadísticas.
“Con mi mejor amiga vimos a una chica teniendo relaciones sexuales con un perro. Casi nos morimos de la impresión”, cuenta con vergüenza Clara (13) -su nombre fue modificado para preservar su identidad– y asume que desde que descubrió el porno, no puede parar de consumirlo. “Estoy casi todo el día sola porque mi vieja trabaja. El porno es gratis y aprendo para cuando tenga novio”.
El fenomenal aumento del acceso a la pornografía se ve reflejado en el crecimiento de prácticas sexuales peligrosas y deshumanizadoras en el mundo real. La periodista Peggy Orenstein del New York Times reveló –en base a una encuesta realizada a estudiantes de una importante universidad estadounidense– que casi dos tercios de las mujeres dijeron que las habían asfixiado durante el sexo, y el 40 por ciento dijo que su primera experiencia de asfixia fue cuando tenían entre 12 y 17 años.
El acceso a la pornografía tiene un papel clave en este tipo de experiencias. La pequeña Clara es una víctima más de la hipersexualización de las redes y de la sociedad en general que transmiten una idea de la sexualidad frívola, reducida a la genitalidad, con escaso uso de sistemas de prevención y con una monetización del sexo en sitios como OnlyFans que para millones de mujeres, es una nueva posibilidad de generar ingresos rápidos a costa de exhibir su cuerpo. Los movimientos feministas advierten que esto es lisa y llanamente una forma de explotación sexual.
José Luis García, doctor en Psicología y especialista en Sexología del Gobierno de Navarra, acaba de lanzar ¿Hablamos de porno? (Plataforma Actual) en la que brinda todas las claves para hacer frente a la influencia de la pornografía en la educación sexual.
“En España tenemos estudios que dicen que a partir de los los 6 años los niños y las niñas empiezan a consumir pornografía y que a partir de los 14 se establece un patrón de consumo estable. Probablemente a los 16 años, habrá muy pocos chicos que digan: nunca he visto porno”. Para García esto ocurre porque las preguntas que inevitablemente se hacen todos los niños y niñas, no son respondidas de manera adecuada y satisfactoria en las familias ni en las escuelas, por lo que se buscan respuestas fuera.
“El modelo de conducta sexual que ofrece la pornografía, en su mayoría con violencia, se convierte en el manual de instrucciones 3.0 de sus primeras relaciones sexuales, porque tratan de imitar y replicar lo que han visto durante cientos de horas, que les excita sobremanera y les produce un intenso y exclusivo placer sexual. Además, no tienen otros modelos alternativos que pudieran competir con el dominante. He tenido pacientes que necesitan la violencia para excitarse o consumir prostitución para satisfacer sus deseos sexuales. Incluso conozco un caso que se excitaba sexualmente escuchando una noticia de agresión sexual en la TV”, explica el especialista que es sistemáticamente censurado en las redes sociales cuando habla de este tema, obligándolo a modificar los términos sexuales.
Uno de los libros –Niños y niñas pornográficos– fue publicado por Amazon en 2020, pero a la semana la misma empresa prohibió su venta en su propia plataforma. Es otro despropósito, en una plataforma que vende pornografía sin fin. Es un ejercicio de hipocresía. Me han suspendido varias cuentas en diferentes redes por divulgar cuestiones de salud sexual. Mientras, esas mismas redes ofrecen contenidos altamente sexualizados cuando no directamente pornoviolencia. X es un supermercado del porno gratis”, asegura.
El impacto de lo aberrante
Según la Agencia Española de Protección de Datos, el consumo de pornografía por parte de menores afecta a la corteza prefrontal del cerebro, al sistema de recompensa cerebral, a las neuronas espejo y diferentes áreas en relación con el control de los impulsos y la toma de decisiones.
También asegura que crea expectativas irreales y creencias erróneas sobre la sexualidad ya que, como fuente de aprendizaje, favorece la desinformación en cuestión de sexualidad”. El informe pone de relieve que ese tipo de contenidos normaliza y favorece la violencia sexual.
Su consumo está relacionado “con un aumento de estereotipos de género, la normalización del sexismo y la imitación de prácticas, creencias y actitudes violentas en la sexualidad”. Uno de los videos más vistos por audiencia infantojuvenil es el de una mujer muerta colgada como del gancho de un carnicero -abierta por la mitad– violándola por la abertura del abdomen. También hay retos donde mandan a abusar de las hermanas. En fin, las peores perversiones circulan amenazando la vida de los espectadores.
“Los niños no buscan el porno, el porno los encuentra. Uno de los principales objetivos del porno es que no te duela el sufrimiento de las mujeres, que seas capaz de ver a una mujer llorar, gritar o vomitar y creer que le está gustando”, explica Marina Marroqui (autora de Eso no es Amor y eso no es sexo) en el documental Generación Porno. En este crudísimo film brindan sus testimonios adolescentes que consumen porno o que son víctimas de grooming, padres y especialistas que dejan en evidencia el terrible daño físico, psíquico y moral que produce esta industria.
La organización feminista catalana Feministes dice que la pornografía promueve la cultura de la violación porque presenta a las mujeres en un plano de inferioridad, cosificadas y reducidas a partes de su cuerpo –genitales, ano, pechos, boca– a disposición de los hombres.
Esa violencia sexual y física que hombres ejercen sobre mujeres es deliberadamente confundida con el sexo y la sexualidad, transmitiendo la idea de que la sexualidad es poder y dominio masculino sobre las mujeres. De hecho, un número creciente de agresiones sexuales son filmadas por los agresores con teléfonos móviles y subidas a las redes para su exhibición entre iguales como forma perversa de masculinidad, especialmente entre chicos menores.
Hay inversiones multimillonarias para conseguir que todas las personas seamos adictas a las pantallas, consumidores compulsivos y sin pensamiento crítico. Los videojuegos, las apuestas y la pornografía prueban que consiguieron su objetivo. Las industrias que lucran con la vulnerabilidad humana encontraron en internet a su aliado más poderoso. Romper el silencio, escuchar a las víctimas sin juzgarlas y asumir que este problema nos involucra a todos, es el primer paso para desarmar una maquinaria que factura miles de millones de dólares mientras destruye infancias y adolescencias.


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