En 1321, en varios poblados de Francia, se propagó el rumor de una conspiración: licántropos, leprosos, prostitutas, judíos y brujos, en alianza secreta con los reyes musulmanes de Granada y Túnez, pretendían envenenar los pozos de agua para liquidar a la feligresía de la Iglesia. La histeria colectiva no se hizo esperar. Siguieron las alucinaciones, las persecuciones, los linchamientos en las calles, los apuñalamientos y la quema de casas y de los “recónditos sitios en los que se celebraban los aquelarres de las brujas”.
Una vez que el gobierno central intervino, el rigor devino policial y acusatorio: se procedió a aislar a los supuestos “conspiradores”, se les consignó en las cárceles, algunos terminaron en la hoguera, y los bienes de la mayoría fueron confiscados. En Historia nocturna: Un desciframiento del aquelarre (1989), Carlo Ginzburg examina la lógica que llevó a la Iglesia y a los estados europeos a la cacería de brujas que se extendería hasta el siglo XVII.
Lo que asombra en la investigación es la devoción por el detalle que caracteriza al estudio de cada caso. El principio que inspiró esta minuciosidad no sólo inauguró un prolífico campo en las exploraciones históricas contemporáneas; en rigor, fundó una perspectiva inédita para descifrar las estructuras profundas que rigen las vidas individuales de una sociedad: la microhistoria.
Sin siquiera proponérselo, Ginzburg elaboró una postura que trajo consigo una inversión historiográfica radical: el terror, la histeria, la ira, la condición general de desafuero revelan su rostro más abismal no en los discursos y los gestos del espectáculo que ofrecen monarcas, jueces y prelados, sino en la angustia y las catástrofes que provocan en la vida cotidiana de la gente. Nunca hubo tales brujas. Fue una construcción inquisitorial para expropiar a las mujeres de la soberanía sobre sus propios cuerpos. Tampoco hubo tal “conspiración”. Fue una estrategia de una monarquía para combatir rebeliones campesinas que, frente a un raudo proceso de centralización, defendían sus tierras y formas de vida. Ahora los rostros de lo demoniaco contaban con un registro iconográfico.
Lo que la microhistoria descifra no es el detalle pintoresco, sino el umbral donde el poder se vuelve capilar. Porque el terror no reside en el edicto del rey ni en la bula del papa; reside en la manera en que la sospecha se instala en el vecino, en el pozo, en el cuerpo de la mujer que sabe de hierbas. La Inquisición no persiguió brujas porque existieran; las produjo como objeto de saber para, al mismo tiempo, desposeer a la mujer de su propio cuerpo, confiscar tierras campesinas y disciplinar la rebeldía rural en el mismo gesto con que se centralizaba el poder monárquico.
El libro que lo consagró, El queso y los gusanos, lleva este “método” a la pregunta por la relación entre la cultura y los aparatos de la inquisición. En 1599, Menocchio, un molinero del pueblo de Friuli, es acusado de divulgar ideas herejes. En su cabeza, en la que se mezclan indistintamente lecturas aleatorias provenientes de la Reforma protestante y de la revolución en curso en las ciencias astronómicas (Copérnico, Kepler, Bruno, Galileo) ha empezado a desarrollarse una visión del origen del cosmos que perturba e inquieta a la gente del pequeño pueblo. No falta quien lo denuncie.
Ya en el tribunal inquisitorial, el oidor no cabe en su asombro cuando escucha la peculiar versión de Menocchio que contrasta escandalosamente con la del Génesis: “Yo he dicho que por lo que yo pienso y creo, todo era un caos, es decir, tierra, aire, agua y fuego juntos; y aquel volumen poco a poco formó una masa, como se hace el queso con la leche y en él se forman gusanos, y éstos fueron los ángeles; y la santísima majestad quiso que aquello fuese Dios y los ángeles; y entre aquel número de ángeles también estaba Dios, creado también él de aquella masa y al mismo tiempo, y fue hecho señor con cuatro capitanes, Luzbel, Miguel, Gabriel y Rafael”.
En suma, un relato completo sobre el origen del universo, la aparición de los seres y las peculiaridades de Dios. En el principio todo era un caos en el que se entremezclaban los cuatro elementos (agua, tierra, viento y fuego); a Menocchio se le ocurre lo que conoce: la metáfora de la leche. Después esa masa se consolidó dando lugar al universo, al igual que la leche cuando deviene queso. Acto seguido, los seres brotan espontáneamente del cosmos.
En toda esta evolución, Dios no es el creador, sino otro ser de la misma sustancia que los demás. Y con ello, la versión del molinero abatía toda jerarquía divina. En principio, un antecedente del panteísmo que más tarde elaboraría Spinoza. Y es el momento en que el inquisidor decide no declarar al molinero loco, sino condenarlo a la hoguera.
Más que heurística, la hipótesis de Ginzburg es estratégica. Porque lo que él llama “lenguajes radicales de la historia” no son discursos marginales que vienen a enriquecer el relato central; son, más bien, el pliegue donde el orden se vuelve contra sí mismo, donde la filosofía, al encontrarse con la cultura popular, deja de ser filosofía para convertirse en una tecnología de desorden.
Ese matrimonio no erosiona los fundamentos del orden desde afuera; lo hace desde el intersticio, desde aquel lugar donde el poder ya no puede distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre lo lícito y lo abyecto, y se ve forzado a situarse, él mismo, en la frontera de su propio absurdo.
A unas semanas de su deceso, el legado de Ginzburg es el de un pensador que hizo de la historia un ejercicio permanente del asombro.
16 de julio de 2026


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