Carlo Ginzburg, reconocido historiador italiano fallecido recientemente, publicó en la revista New Left Review de enero-febrero de 2020 un ensayo titulado “El vínculo de la vergüenza”. El argumento comienza de manera directa: “Hace mucho tiempo me di cuenta de repente de que el país al que se pertenece no es, como dice la retórica habitual, al que se ama, sino del que uno se avergüenza. La vergüenza puede ser un vínculo más fuerte que el amor”.
Este desplazamiento que hace Ginzburg de la perspectiva sobre la relación de la gente, de los ciudadanos, con su país es, ciertamente, un cambio de eje, un giro motivo de reflexión. Constituye una situación que forma parte de la cultura y de la vida cotidiana de una determinada sociedad. Incide en el comportamiento individual de sus miembros; adquiere distintas modalidades, mismas que se exacerban en determinados periodos.
La carga de la vergüenza no es siempre la misma, dice Ginzburg, varía grandemente entre los países. Funciona como un vínculo. La vergüenza no se escoge, invade a los individuos de modo repentino. Es una pasión y no una virtud; un impulso o sentimiento y no un hábito que se va desarrollando. Ginzburg vincula la vergüenza con la concepción de Aristóteles, quien no la consideraba una opción moral, sino una fuerza que se impone sobre la mente.
Tiene que ver, desde cierta perspectiva, con los sentimientos de inquietud que provocan las acciones del gobierno y de otras fuentes de poder o de influencia, sean legales o delincuenciales. Un sentimiento que apunta a la relación que se establece con el país y con la colectividad. Las cuestiones que provocan vergüenza en una sociedad son muchas y variadas, de distintas dimensiones y consecuencias. La historia está llena de ellas, desde los primeros registros que existen. El catálogo de las vergüenzas es muy extenso variado.
La vergüenza es un vínculo que no equivale a una traición, cuestión ésta que debe enfatizarse y defenderse, aunque caracterizarla así suela ser una reacción en contra de ella, pues es la manera intuitiva para caracterizarla.
Ginzburg traza un planteamiento sobre vínculo que se deriva de la vergüenza. Lo aborda desde la perspectiva de los griegos, en cuyas obras se advierte una cultura de la culpa que parte de una cultura previa de la vergüenza. Se refiere a la antigua noción griega del Aidos, entendida como la personificación de la vergüenza, del pudor y, así, considerada como fuerza moral que ordenaba el comportamiento social, evitando el exceso y la arrogancia. Cita una dura expresión contenida en la Ilíada que dice: “Avergonzaos mutuamente en el feroz conflicto. De los hombres que tienen vergüenza, son más los que se salvan que los muertos”. La cuestión aparece en otros ámbitos. Se encuentra, por ejemplo, en la caracterización de la cultura japonesa, en la que el individuo enfrenta una sanción externa desde la comunidad a la que pertenece, lo que desemboca en la vergüenza y sus consecuencias. Hay una relación, recogida por Ginzburg en su texto con referencia al filósofo Bernard Williams, la que se establece entre vergüenza (Aidos) y némesis como una forma de justicia retributiva, un modo de venganza justa frente a quienes quebrantan el orden moral, muestran un poder desmedido, o bien, una fortuna enorme sin humildad. Según Williams, de ambas expresiones se desprende una posición frente a las circunstancias que definen los hechos; cuestión que se advierte de modo más diáfano en periodos de alta tensión social, de violencia exacerbada e inseguridad pública y privada.
En la parte final del ensayo, Ginzburg hace una especie de recapitulación a partir de lo que define como una experiencia común. “El país al que se pertenece es el país del que uno se avergüenza”. Entonces surge la pregunta: si la vergüenza implica cercanía, ¿cuáles son los límites posibles de una comunidad basada en la vergüenza?
Recurre, en el texto que nos ocupa, a la experiencia extrema vivida por Primo Levi, quien consideró en su libro La tregua, que: “Las víctimas y los libertadores del campo de Auschwitz (en donde estuvo internado) estaban avergonzados y se sentían culpables de no haber podido evitar la injusticia; los perpetradores y sus cómplices no se avergonzaban”. La vergüenza es, así, igualmente un sentimiento de culpa. ¿Cuántas formas de vergüenza colectiva se han acumulado tan sólo en los últimos 100 años? ¿Y cuántos son los que no se avergüenzan?
27 de julio de 2026


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