¿Ver para creer? Durante siglos, la imagen fue una forma privilegiada de testimonio. Ver significaba, en gran medida, creer. La fotografía llegó a la cultura moderna con la promesa de una huella: algo había ocurrido frente al lente y esa evidencia quedaba fijada en una superficie. La imagen no era la realidad, pero mantenía con ella una relación de proximidad que le otorgaba autoridad. Hoy esa relación se encuentra bajo una tensión inédita: las máquinas pueden producir rostros que nunca existieron, escenas que jamás ocurrieron y voces capaces de imitar con precisión la presencia humana. La inteligencia artificial no ha destruido la imagen; ha modificado el contrato de confianza que manteníamos con ella.
Una imagen, hoy, ya no es necesariamente el recuerdo de un instante es la posibilidad de un instante que nunca ocurrió. Durante mucho tiempo confiamos en que toda fotografía guardaba, como una cifra secreta, la presencia de algo que había sido; ahora sabemos que una máquina puede inventar una calle, un rostro o una escena con la misma serenidad con que un escritor inventa un personaje. La diferencia es que la ficción literaria siempre declaró su condición de ficción, mientras la imagen que algunos trafican se agazapa en el antiguo prestigio de la evidencia. El peligro no está en que las imágenes mientan, porque las imágenes siempre han mentido de algún modo, el peligro está en que olvidemos preguntar qué mano, qué algoritmo o qué interés las puso delante de nuestros ojos. La imagen del presente se parece a un espejo que ya no “refleja” solamente el mundo, “refleja” también la inmensa capacidad humana de remplazarlo y desfigurarlo.
Y el problema central no es solamente tecnológico, es semiótico. Los signos siempre han dependido de acuerdos sociales para producir sentido. Una bandera representa una nación porque una comunidad reconoce ese vínculo; una firma acredita una identidad porque existe una institución que la valida. La imagen fotográfica funcionó durante mucho tiempo como un signo asociado a la idea de prueba. Cartier-Bresson hablaba del “instante decisivo”, ese breve encuentro entre la realidad y la mirada capaz de revelarla. Hoy la inteligencia artificial introduce una paradoja: puede crear la imagen perfecta de un instante que jamás sucedió, y nos obliga a preguntar si seguimos mirando el mundo o solamente sus simulacros.
Pero cuando una imagen puede nacer sin referente, cuando puede ser fabricada a partir de instrucciones escritas y no de un acontecimiento, aparece una nueva condición cultural: la imagen deja de ser necesariamente una ventana hacia un hecho y se convierte en un territorio de disputa. La inteligencia artificial introduce una fractura entre apariencia y origen. Una imagen puede conservar todos los rasgos visibles de la verdad y, sin embargo, carecer de acontecimiento detrás de ella. La superficie permanece intacta; lo que cambia es la genealogía del signo. Ya no basta preguntar “¿qué muestra esta imagen?”, hay que preguntar también “¿quién la produjo?, ¿con qué intención?, ¿dentro de qué circuito de circulación?”. La pregunta semiótica contemporánea no está únicamente en el significado del mensaje, está en las condiciones industriales en disputa, económicas y políticas que permiten que ese mensaje exista.
Aquí aparece una dimensión cercana a nuestra mayor debilidad política más empantanada: los sistemas de comunicación nunca son neutrales, porque están organizados por estructuras de poder, intereses económicos y formas de distribución. La inteligencia artificial debe comprenderse dentro de esa historia de la mercantilización de la información. De las guerras cognitivas. Las imágenes no circulan en un vacío cultural; forman parte de un ecosistema donde la atención humana se ha convertido en un recurso disputado. La imagen vale no sólo por lo que representa, vale por su capacidad de atraer miradas, generar reacciones y alimentar emociones.
Ya la antigua mercancía era un objeto que ocultaba las relaciones sociales de su producción. La nueva mercancía digital puede ser también una representación: una imagen, una identidad, una emoción fabricada para circular. En este escenario, la lógica mercantil penetra la esfera de lo visible. No solamente compramos productos; compramos narrativas, estilos de vida y versiones posibles del mundo. La inteligencia artificial acelera esta transformación porque permite producir signos a una velocidad y escala desconocidas.
La crisis de la verdad visual no significa que todas las imágenes sean falsas ni que la realidad haya desaparecido detrás de las pantallas. Significa algo más preciso: hemos perdido la antigua inocencia frente a la imagen. La mirada contemporánea debe incorporar una nueva alfabetización crítica. Así como aprendimos a leer textos reconociendo sus autores, sus intereses y sus contextos, ahora debemos aprender a leer imágenes considerando sus tecnologías de producción, sus circuitos de circulación y sus efectos sociales. El desafío democrático es profundo. Una sociedad que no puede distinguir entre registro y simulación queda expuesta a nuevas formas de manipulación. Una imagen falsa de un acontecimiento político, una declaración inventada de una figura pública o una escena fabricada de una crisis social pueden intervenir en la percepción colectiva antes de que la verificación alcance a corregirlas. La velocidad de producción del signo supera la velocidad de su comprobación.
Pero la solución no consiste en desconfiar de toda imagen, porque una cultura sin imágenes sería también una cultura sin memoria, sin denuncia y sin imaginación compartida. El desafío consiste en recuperar una relación más madura con los signos. La imagen del futuro no será menos importante; será más compleja. Tendremos que aprender a observar no sólo lo que aparece frente a nosotros, observar también las fuerzas que hicieron posible esa aparición.
La inteligencia artificial nos obliga a comprender que la verdad visual nunca fue simplemente una propiedad de las imágenes: fue una construcción social sostenida por instituciones, prácticas y acuerdos colectivos. En la nueva era digital, la pregunta decisiva no será únicamente qué vemos, será qué medios, modos y relaciones de producción de sentido y signos organiza aquello que podemos ver. Porque quien controla la fabricación y circulación de las imágenes no controla solamente representaciones: participa en la construcción misma de la realidad compartida. Quizá la pregunta decisiva sea la misma que formuló Susan Sontag: “Las fotografías no parecen tanto afirmaciones sobre el mundo como fragmentos de él, miniaturas de realidad”. Pero ahora debemos añadir una duda ¿qué haremos cuando una máquina puede fabricar esos fragmentos?, ¿Qué queda de la realidad que creíamos reconocer en ellos? ¿Cómo reconocerla?
Por, Fernando Buen Abad Domíngue, Doctor en filosofía


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