Subliman sus temores distópicos con una arquitectura del miedo expandida por rincones de los Andes argentinos, Hawái y Nueva Zelanda. La meta de salvarse solo.
15 de agosto de 2026
Los señores tecnofeudales de ultraderecha huelen guerra nuclear y construyen remotas soluciones arquitectónicas para sus pesadillas apocalípticas: un escape hacia abajo en búnkeres de diseño con bodega de vino, cine y spa donde nunca penetraría la radiación. Esta semana, el empresario argentino Martín Varsavsky habló del proyecto Wamani en el mendocino Valle de Uco, un lugar por ahora sencillo pensado para la supervivencia. Mide 32.000 hectáreas –cinco veces la isla de Manhattan– e incluye un pico propio de 5.000 metros.
A Financial Times, Martín Varsavsky le dijo ser parte de un grupo de billonarios de Silicon Valley con una repentina atracción por Argentina, a partir del experimento libertario y su deseo de liberar la extranjerización de la tierra. Su plan de escape coincide con el del tecno-bro Peter Thiel, quien construyó su refugio cool en Nueva Zelanda y quizá planee otro aquí: “Casualmente llegamos a la misma conclusión: que de todos los lugares a los que podrías ir en caso de Tercera Guerra Mundial, Argentina es el mejor”, aclaró el argentino.
Wamani ya existe: invirtieron diez millones de dólares en casas, domos, pista de aterrizaje y le instalarán servidores con IA propia alimentada a panel solar –por si cae el internet global– en una zona con arroyos de deshielo, garantizando autonomía del mundo exterior con producción ganadera. La empresa tiene algo de barrio-búnker privado –no en el sentido subterráneo: la muralla son los Andes– para un selecto grupo de socios: el empresario Alec Oxenford –embajador argentino en EE.UU., creador de Deremate.com y OLX–, Mike Santos –Technisys–, Matías Nissensohn –creador del videojuego CriptoWars–, David Kamenetzky –emprendedor germano-estadounidense– y Dan Lubetzky, dueño de las barras de cereales Kind. Wamani será sustentará –hasta la llegada del apocalipsis— vendiendo turismo superexclusivo.
Martín Varsavsky hizo cálculos instrumentales dignos de Ulises el Odiseo: en 125 años murieron en guerras 170 millones de personas, pero solo 200.000 en América. Y la australidad argentina es ideal para huir de un conflicto en el hemisferio norte. En 2024, el empresario hizo buenas migas con Javier Milei y Luis Caputo en EE.UU.: les propuso convertir a regiones remotas de los Andes en oasis posapocalípticos de lujo para billonarios aterrorizados por el colapso climático en el que ellos colaboran y luego niegan que exista. Y les preocupan las pandemias y los hongos nucleares. Quizá este sea el origen del fallido proyecto de Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada que habilitaba la compra de tierras sin límite para extranjeros.
Un giro de campana ideológico
Martin Varsavsky se exilió de Argentina: la dictadura desapareció a su íntimo primo David Varsavsky de 17 años, militante peronista de la UES. Se fue con su familia a EE.UU. y los ayudó el senador demócrata Patrick Moynahan. Se hizo millonario con negocios inmobiliarios en Nueva York y creó empresas en los albores de internet, acumulando una fortuna astronómica.
Simpatizaba con el progresismo y, de a poco, comenzó a girar a la derecha, desconociendo el nexo entre dictadura y neoliberalismo: intimó con Domingo Cavallo y colaboró con el gobierno de Fernando de la Rúa en el valioso proyecto web Educar: donó 11,2 millones de dólares. En 2007 conoció al exjefe del Ejército, Roberto Bendini, y declaró –con los represores libres y sin haber pedido perdón–: “hay gente que no puede perdonar. Yo sí. Cuando estuve con Bendini sentí que el ejército argentino nunca más haría lo que está tan bien descrito en el Nunca Más.”
Más tarde simpatizó con Mauricio Macri. Y la masacre del 7 de octubre de 2023 en Israel marcó su giro ultraderechista: abandonó al Partido Demócrata –al igual que Mark Zuckerberg y Elon Musk, íntimo de Varsavsky– y apoyó a Donald Trump, Javier Milei y Santiago Abascal. En 2025 dijo: “Israel no comete genocidio en Gaza”. Y en cambio, habría un “genocidio de cristianos” en Oriente Medio. Y agregó: “la ONU confunde justicia con propaganda contra Israel”.
En 2024 posteó en X: “Mi primo fue asesinado por la dictadura. Mi tía es una Madre de Plaza de Mayo. Pero estas madres no nos representan. Mi familia luchó por la democracia que Argentina tiene ahora. No por el comunismo asesino que apoyan estas idiotas”.
Una geopolítica blanco o negro
Martín Varsavsky lee el mundo con un binarismo pueril: “está dividido en dos bloques, las democracias contra las dictaduras: Europa-EE.UU. contra Rusia, China, Corea del Norte, Irán. Ya estamos en la Tercera Guerra Mundial, las líneas de batalla están trazadas”, dijo en la línea apocalíptica de Peter Thiel, cuyos delirios paranoides van más por el lado bíblico. Y agregó una reflexión singular: “Europa es la civilización más importante de la historia por lejos”, pero estaría en enorme decadencia, “siendo invadida con el consentimiento de los europeos” –que lo dejaron entrar a él– quienes “tienen una culpa absurda y suicida por creerse más colonizadores que los musulmanes”, los cuales “fueron” muy esclavistas a lo largo de la historia, incluso hoy (a diferencia de Europa).
Además, opina que la sociedad argentina “está más orgullosa de ser occidental” que los mismos europeos, a tal punto que, al caminar por Buenos Aires, se ve una ciudad “mucho más europea que Barcelona”. Y si se lograra “controlar al socialismo en Argentina que se llama peronismo”, el país será “un faro de Occidente” resultado de “despertar a los leones como dice Milei”.
El empresario afirma haber sido él quien convenció a Milei de que Argentina –además de estar en el lado de los “buenos” en el Armagedón mundial— quedaría lejos de las nubes radiactivas en América del Norte. Y tendríamos que aprovechar esta “ventaja competitiva” para atraer a cybermagnates neofascistas –como Peter Thiel— ofreciéndoles una “Visa de la tranquilidad” inspirada en la “Visa de Oro” creada por Donald Trump: un otorgamiento inmediato de residencia y nacionalidad por 5 millones de dólares (en Argentina serían 500.000). Y cuando el mundo arda –¿un colapso climático?– ellos subirían a su avión para aterrizar en estos búnkeres: un “seguro apocalíptico” con Argentina como plan de escape para paranoicos supremacistas y antidemocráticos que desean “islas” desreguladas de toda ley.
Zuckerberg en plan de autosalvación
Mark Zuckerberg ha creado espacialidad virtual en Facebook y también física: su mansión-bunker en una isla de Hawái equivale a 1300 canchas de fútbol, construida por trabajadores con contrato de confidencialidad para no hablar jamás sobre el Koolau Ranch: la mayor obsesión del rey de la venta de datos privados, resultó ser su propia privacidad.
El rancho no tiene puerta visible: su muro perimetral está cubierto de un cerco vegetal unánime. Al llegar un invitado, la puerta secreta de hojas se abre de repente. Su obra junto al mar costó 300 millones: una docena de edificios rodeando mansiones con ascensores. Tiene anexos con gym, pileta, sauna, tenis y áreas de cultivo. Adentro hay un refugio subterráneo de 465 m² con producción de alimentos. Su dueño le baja el precio: es un “simple sótano”.
Plan de escape: Nueva Zelanda
La oceánica Nueva Zelanda es el otro rincón salvífico de la élite high-tech: es un hormiguero de búnkeres semisecretos. Sam Altman, CEO de OpenAI, reveló su acuerdo con Peter Thiel: escaparán en jet privado a una mansión con cultivos junto al lago Wanaka, ante un evento apocalíptico. Thiel ofrece servicios a EE.UU. e Israel para elegir blancos militares y obtuvo ciudadanía neozelandesa en 2011 luego de residir doce días en el país, saltándose todos los requisitos.
The Vivos Group construye refugios subterráneos y dice haber instalado uno para 300 personas en la Isla Sur neozelandesa al precio de 35.000 dólares por cabeza. Su competencia –Rising S Bunkers— asegura haber vendido otros diez. Así, la Nueva Zelanda colonizada por los británicos a costa de su población originaria, deviene en zona de escape para la élite tecnológica, algo que envidia Javier Milei.
Reid Hoffman –fundador de LinkedIn— declaró que la mitad de los millonarios tecnológicos que conoce tiene una casa con lógica de refugio en Nueva Zelanda o EE.UU. Elon Musk siempre vuela más alto y alucina un escape a Marte: “Es importante establecer una base autosuficiente en Marte porque está suficientemente lejos de la Tierra como para que, en caso de guerra, haya más posibilidades de sobrevivir que en una base lunar”.
La pandemia revivió el apocaliptismo, impulsando a empresas como Survival Condo y Oppidum Bunkers que anuncian “residencias subterráneas fortificadas de ultralujo”: desde una cápsula hasta complejos subterráneos con jardín, cine, piscina, galería de arte, gimnasio y sauna.
Survival Condo convirtió un depósito subterráneo de misiles nucleares de la Guerra Fría en búnker de lujo de 15 pisos enterrado en Kansas. Lo compró por 300.000 dólares en 2008 y puso en venta los departamentos por hasta 3 millones. Puede alojar a 70 personas y guarda comida y combustible para cinco años. Hay tanques con peces y verduras hidropónicas bajo lámparas con energía renovable. Disponen de camionetas Pit-Bull VX blindadas para salir a buscar a los propietarios y parapetos para francotiradores que espanten a los hambrientos. Cada vez que Corea del Norte hizo una prueba nuclear, aumentaron las consultas en estas empresas.
Arquitectura del pánico
El libro El individuo soberano de James Davidson y William Rees-Mogg con prólogo de Peter Thiel —Biblia del cyber-libertarismo– imagina un futuro de sujetos “liberados” de las ataduras del Estado y sin moneda fiduciaria, gobernado por una élite a su conveniencia: el presidente será un gerente a sueldo. Predice una sociedad basada en la información con baja carga tributaria y la aceptación de la desigualdad: los ricos son seres especiales y egoístas que no deben preocuparse por nadie. Colapsará el Estado-nación en pos de una élite cognitiva/financiera que se escindirá de las estructuras colectivas, creando ciudades autónomas sin más reglas que las que ellos impongan. La ciudad Próspera en Honduras fue un ejemplo: la crearon Peter Thiel, Sam Altman y Marc Andreessen con leyes, justicia y seguridad propias, hasta que en 2022 la Corte Suprema declaró ilegal ese experimento de soberanía privada.
Esta élite tiene la pulsión de huir de la comunidad. El escapismo de Silicon Valley no aspira a salvar a la sociedad, sino al individuo de la sociedad. Sintoniza con la bunkerización como desenlace arquitectónico, no solo de ellos, sino de la sociedad toda a la medida de cada presupuesto. Según Mark O´Connell, esto es “una metáfora de esa forma de vida desconectada” que ya practican los cybermagnates: aislamiento social, desapego de las consecuencias de sus decisiones económicas y la fantasía transhumanista de que el dinero puede comprar una salida individual a cualquier problema, aspirando incluso a la inmortalidad: abandonarían nuestra especie para devenir en dioses. Pero ignoran que ya no hay afuera del sistema que ellos ayudan a recalentar. Y que la idea de sellarse fuera del mundo exterior puede fallar. En el fondo, escapan de sí mismos como jinetes del apocalipsis. Pero la ciencia no ha descubierto la forma de separarlos de su sombra, que siempre los está alcanzando; así huyan a Mendoza, Nueva Zelanda o al planeta Marte.
La mirada académica
Rodrigo Martin-Iglesias –arquitecto y doctor en diseño, profesor titular de Diseño de Futuros (UBA)– opinó a Página/12 que lo inquietante de proyectos como el de Mendoza es que, ante un escenario de megacrisis, la respuesta no sea reconstruir las condiciones colectivas que hacen habitable al planeta, sino adquirir una posición privilegiada donde elementos como tierra, agua, energía, alimentos, conectividad y seguridad dejan de ser simplemente recursos, para ser activos de supervivencia: “el refugio deja de ser un edificio y se convierte en la acumulación privada de condiciones que permitan continuar viviendo, cuando esas condiciones dejen de estar garantizadas para todos”.
–¿Estamos ante una novedad político-arquitectónica a escala planetaria?
–Wamani condensa, a escala territorial, una transformación política mucho más amplia. Si un individuo puede comprar decenas de miles de hectáreas, producir su propia energía y alimentos, disponer de pista de aterrizaje, mantener infraestructura digital y ofrecer refugio a otros miembros de su clase, ya no hablamos solo de preparación anticatástrofe: es la posibilidad de sustraerse de la sociedad. Para estas personas, el Estado, las ciudades, las infraestructuras públicas y las redes de interdependencia dejan de ser condiciones necesarias para la existencia: se convierten en servicios de los que ellos pueden prescindir. El territorio privado empieza a adquirir atributos protoestatales: produce, protege, conecta, alimenta y garantiza continuidad. Y este es el sueño libertario de la autonomía individual extrema: no depender de nadie porque se dispone de capital suficiente para construir un pequeño mundo propio.
–Se supone que estos señores son los ingenieros del futuro. ¿Desconfían de sus creaciones?
–Es la paradoja más profunda. Quienes poseen mayor posibilidad de intervenir sobre el futuro –capital tecnológico, capacidad de innovación, acceso a información e influencia política– comienzan a comportarse como si el futuro colectivo fuese algo de lo que conviene apartarse. La fantasía del refugio funciona como una enmienda al discurso tecnoptimista que esa élite profesa. Ya no confían en el mundo que su propia clase construyó. Silicon Valley puede prometer una IA capaz de transformar la civilización, pero en paralelo sus protagonistas van comprando tierras remotas, refugios, ciudadanía extranjera y autonomía energética por si esa civilización se vuelve inestable. La contradicción es brutal: mientras se habla de construir el futuro de la humanidad, levantan infraestructuras privadas para sobrevivir a la humanidad tal como la conocemos.
–Vislumbran un futuro distópico, también resultado de la desigualdad que los enriquece. Les preocupa cómo le pagarán a sus guardianes si el dinero se desvanece en un mundo a lo Mad Max: temen que los maten y se queden con el búnker.
–Emerge no solo una sociedad más desigual, sino donde no todos están expuestos al mismo futuro. Para la mayoría, una crisis planetaria implicaría quedar atrapado en sus consecuencias. Y para una minoría, significa disponer de opciones de escape y salvación. Martín Varsavsky no es importante por su búnker en Mendoza, sino porque su proyecto permite ver una tendencia planetaria. Cuando la capacidad de escapar del futuro se convierte en una mercancía y un gran negocio en sí, la desigualdad deja de medirse solo por quién posee más riqueza, sino por quién puede elegir qué futuro habitar. El problema político decisivo es quién conserva la capacidad de escapar de la sociedad cuando el futuro se vuelve incierto. Si esa huida puede comprarse, el colapso deja de ser una catástrofe común. Y los imponderables que en el pasado dependían biológicamente de la selección natural, se convertirán en un mecanismo de selección artificial.


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