El sismo del 10 de agosto dejó 154 muertos y más de 45.000 familias damnificadas en Cali, pero no golpeó donde la geografía social del riesgo lo anticipaba. La “zona cero” se concentró en la Comuna 19, un sector de estratos medios-altos, por la coexistencia entre un suelo que amplificó las vibraciones sísmicas y edificaciones levantadas sobre él antes de que rigiese la norma de sismorresistencia de 1984. Ese hallazgo obliga a matizar la idea de que riesgo y desigualdad social son siempre equivalentes. A un mes de la tragedia, persisten las tensiones entre la solidaridad ciudadana y la responsabilidad del Estado, mientras la reconstrucción enfrenta riesgos de opacidad y la desgracia se vuelve, para algunos, oportunidad de figuración en redes sociales.
Amaneció temprano el 10 de agosto en el barrio San Cayetano de la Comuna 3. El sol radiante y el cielo desprovisto de nubes vaticinaban que sería otro de los días calurosos entre la secuencia ininterrumpida que, desde finales de julio, venían sucediéndose en la ciudad. Aquel lunes parecía ser un día donde el sol de plomo que estaba por desparramarse sobre Cali, muy poco contribuiría a paliar la bronca de miles de sus habitantes por una elección presidencial perdida y una posesión consumada entre pitos y fanfarrias, apenas tres días antes, en plena “capital de la resistencia”. Fue en este día reverberante de inicios de agosto, en el que casi podía palparse el sabor marroso y el letargo apático de la resaca electoral que algunos apenas estaban asimilando y otros ni siquiera habían empezado a conjurar, cuando sobrevino la catástrofe.


Leave a Reply