El control militar de Groenlandia por EEUU cambia el equilibrio geopolítico del Ártico, acorrala a Canadá y amenaza a China y Rusia
Ilustración del 27 de enero de 2026 de un modelo 3D en miniatura de Trump frente a la Bandera de Groenlandia. REUTERS

19/09/2026. El presidente estadounidense, Donald Trump, había fracasado estrepitosamente en su política exterior y necesitaba un triunfo urgente ante las elecciones legislativas del próximo 3 de noviembre en su país. No detuvo la guerra de Ucrania, como prometió una y otra vez antes de asumir el poder en enero de 2025, desató hace casi siete meses una nueva contienda contra Irán de consecuencias gravísimas para el abastecimiento energético mundial, dio un espaldarazo a Israel en su solución final para el pueblo palestino en Gaza, con genocidio y limpieza étnica incluidos, y rompió el consenso comercial mundial con su guerra de aranceles. 

Ahora tiene ese triunfo en la partida geopolítica global con la fagocitación de facto de Groenlandia, tras llegar a un acuerdo humillante con Dinamarca que le da de facto el poder militarpermanente” en esa isla y abre las puertas a su explotación económica por compañías estadounidenses, sin que la Unión Europea o la OTAN hayan podido hacer nada al respecto. Las amenazas que lanzó Trump nada más asumir su segundo mandato de anexionar Groenlandia a EEUU se concretan ahora, sin necesidad de comprar el territorio bajo jurisdicción danesa o tomarlo por la fuerza, como también había planteado.

“Durante más de cien años, los presidentes han conocido la importancia estratégica de Groenlandia, pero NINGUNO de ellos pudo hacer nada al respecto. Me enorgullece ser el presidente que ha abordado esta situación tan importante de manera permanente y definitiva”, se regodeó Trump en sus cuentas de las redes sociales. El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, aseveró que se trata de un “acuerdo histórico” y una “gran victoria para EEUU y el pueblo estadounidense”. 

Una victoria de EEUU… ante sus aliados

¿Una victoria ante quién? Quizá ante Dinamarca, que ahora acata sin protestas, cuando hace un año se declaraba dispuesta a defender a cualquier precio Groenlandia de la injerencia estadounidense. También ante la UE, que convirtió esta isla en un motivo casi de fractura con Washington y ahora acepta la vuelta de la tortilla sin aspavientos y punto en boca. No desde luego ante Rusia, que domina la mayor parte del Ártico navegable, ni ante China, que va de la mano de Moscú en esos parajes.

La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, subrayó que el acuerdo que firmarán en la Asamblea General de la ONU esta próxima semana Dinamarca, el Gobierno autónomo de Groenlandia (la isla está bajo jurisdicción de Copenhague) y EEUU reconocerá “la soberanía y la integridad territorial” danesas, además del derecho del pueblo groenlandés “a la autodeterminación”, con “una seguridad compartida” de la isla y hacia el Ártico y la región norte del Atlántico.

Control permanente e “infinito”

Lo que dice Trump suena distinto. Según indicó el presidente republicano en su red Truth Social y en X, el pacto dará a EEUU el “control permanente” de la seguridad de ese autónomo danés. “Este es un acuerdo de vida infinita. No tiene fin”, sentenció rotundo.

La cuestión es que el acuerdo concede de facto a EEUU el control sine die de esa seguridad militar “y otras necesidades” del territorio autónomo danés. Entre esas necesidades están las claves del trato: la “colonización” estadounidense con sus empresas de Groenlandia, la extracción minera y la localización en ese inmenso territorio con ingentes reservas de agua de los gigantes tecnológicos aliados de Trump y su uso como cabeza de puente de las rutas transpolares de comercio.

Un punto determinante puede ser ahora la relación entre EEUU y el Gobierno autónomo groenlandés, en detrimento de esa soberanía que los daneses dicen que se preserva con el pacto. Lo resaltó el presidente autonómico de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, para quien uno de los elementos determinantes del acuerdo es que reconoce el “derecho de autodeterminación” groenlandés. 

Uno de los planes barajados cuando Trump buscaba la forma de hacerse con la isla a toda costa, era promover la independencia de Groenlandia para después sumarla a EEUU a la manera de Puerto Rico, como “estado libre asociado”, y así acceder a su control factual. De hecho, según indicó la Casa Blanca, el acuerdo ahora alcanzado seguirá en pie incluso si se produce esa eventual independencia de Groenlandia. Los estadounidenses han llegado para quedarse.

Un pacto que cierra el cerco sobre Canadá y apunta a China y Rusia

La cuestión es que este movimiento de ficha de Trump en Groenlandia, aceptado por Dinamarca y el Gobierno local (ya se sabrá si hubo alguna coacción o prebenda de por medio), pone en jaque la estrategia exterior de la OTAN y la UE a favor de Estados Unidos, conmueve la frágil estabilidad del Ártico y es una bofetada para la diplomacia de Bruselas. Ahora se sabe por fin de qué iba el grupo de trabajo encabezado por la OTAN formado en febrero para reforzar la seguridad ártica, y por qué había reducido la presión de la Casa Blanca. Era la negociación entre bambalinas del traspaso de poderes sobre Groenlandia de Europa a EEUU.

Además, este acuerdo lanza un órdago a Rusia, que tiene bajo su jurisdicción buena parte de esa región, proyecta una sombra sobre la estrategia comercial china por el paso del norte, abierto a la navegación debido al deshielo polar, y asedia a Canadá, víctima continua de los chantajes de Trump y que ahora añade la presión militar y geopolítica a la económica desde su vecino del sur. 

De hecho, el anuncio de la asunción por EEUU del control permanente de Groenlandia se hizo pocas horas después de que Canadá y la UE reforzaran su alianza e incluso se hablara de la posibilidad de que el país norteamericano se convirtiera en “miembro asociado” de la Unión, una eventualidad que desataría todos los demonios en EEUU. 

Así se lo propuso este miércoles la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, al primer ministro canadiense, Mark Carney, en Estrasburgo, ante el Parlamento Europeo. Un desafío a los planes de Trump para doblegar a Canadá y convertirlo en títere económico de EEUU, que en realidad estaba cargado de toda la hipocresía que la UE puede desplegar: invita a Canadá a formar parte del club europeo, pero le da a su enemigo, Trump, un poderoso instrumento de presión, Groenlandia. 

Si la proyección del acuerdo pone en un brete a los canadienses ante el pasmo europeo, el desafío hacia el este es si cabe mayor. De momento, ya se sabe que el trato incluye el “veto” explícito a la presencia de bases rusas y chinas en Groenlandia, lo que convierte a este territorio en un balcón privilegiado sobre las aguas árticas de la Federación Rusa. Si la entrada de Finlandia y Suecia en la OTAN tras la invasión rusa de Ucrania ya lanzó un desafío a la estrategia de Moscú en el norte de Europa, esta ofensiva estadounidense sobre Groenlandia cierra más la pinza sobre la presencia de Rusia en el Ártico. Y esta es una zona de máxima sensibilidad para los rusos.

La cuestión es que ni Rusia ni China han planteado jamás tener estacionamientos militares en Groenlandia, por lo que tal prohibición es simplemente un subterfugio para izar la “salvadora” bandera del Ejército estadounidense allá donde quiera establecer nuevas bases en la isla y convertirla en un desmesurado portaaviones polar.

La militarización del Ártico

Esta es otra de las potencialidades del acuerdo. EEUU ya tenía desde 1951 la potestad para despachar a Groenlandia cuantas tropas quisiera. Eran tiempos de la Guerra Fría y la presencia soviética en el Ártico preocupaba. Aunque el Pentágono abrió varias bases en Groenlandia, finalmente, con la caída de la Unión Soviética en 1991 y la evolución pacífica de la situación en esa zona cercana al Polo Norte, Washington redujo el estacionamiento militar en la isla a la base de Pituffik, en el noroeste del territorio, con no más de un centenar de efectivos en estos momentos.

Todo cambió cuando, al llegar al poder en su primer mandato (2017-2021), Trump mostró su desmedido interés por la isla. Esta avidez se multiplicó en la nueva era Trump, amenazando el año pasado incluso con invadir la isla y quitársela a Dinamarca si no se la vendían a EEUU. Se desató una crisis en la que Bruselas se rasgó las vestiduras y todos los países europeos cerraron fila con Dinamarca para conservar Groenlandia, territorio que si bien no está englobado en la UE, sí que tiene (o tenía) todas sus garantías de defensa y soberanía bajo el paraguas europeo. O eso se pensaba. 

El acuerdo anunciado con nocturnidad y alevosía este viernes viene a confirmar las sospechas: desde febrero al menos, EEUU venía negociando con Dinamarca con aquiescencia de la OTAN la cesión a Washington de la seguridad, la apertura total a las empresas estadounidenses y la exclusión de cualquier otro actor militar o económico de Groenlandia a cambio de no arriar las banderas danesa y groenlandesa. De momento, dada la obsesión de Trump en cambiar nombres a golfos, estrechos y lagos sin consultar a nadie.

En el caso de Groenlandia, la cesión a EEUU de su defensa y capacidad para, si fuera preciso, lanzar desde allí ataques, tiene un peso estratégico sobresaliente. Con sus radares y dispositivos aeroespaciales, Pituffic es una de las piedras angulares del sistema de alerta temprana de EEUU. Antes conocida como base Thule, Pituffic alberga al Grupo Base Espacial 821, al Escuadrón de Alerta Espacial 12 y el Destacamento de Operaciones Espaciales 23.

La función de estas instalaciones es alertar sobre posibles ataques con misiles balísticos y vigilar los satélites de defensa, los propios y los ajenos. Pituffic podría convertirse en una pieza clave del sistema “Cúpula Dorada” impulsado por Trump para interceptar cualquier tipo de misil o dispositivo de ataque procedente de Rusia y China. 

La toma de Groenlandia está, pues, revelando a los contrincantes de EEUU que todos los parabienes y gestos de supuesta amistad de Trump, hacia el presidente ruso, Vladímir Putin, o el chino, Xi Jinping, en realidad son señuelos mientras la actual Administración apuesta por la confrontación. Quizá Xi le pregunte a Trump sobre este regate en Groenlandia cuando le visite en Washington la próxima semana.

Groenlandia, punta de lanza de una guerra económica en ciernes

La mayor isla del mundo no es solo una cabeza de puente para abrir nuevas bases, estacionar miles de soldados (no demasiados, por la inclemencia del tiempo y la falta de comodidades en una isla de solo 57.000 habitantes), vigilar los movimientos de los submarinos nucleares o espiar la localización de los silos de misiles rusos.

Las ingentes reservas de tierras raras, indispensables para la fabricación de componentes de alta tecnología, civiles y militares, los yacimientos de petróleo y gas aún por explorar en sus costas y subsuelo, y la presencia de níquel, molibdeno, oro, platino, uranio, titanio, tungsteno, cobalto y otros minerales estratégicos hacen de Groenlandia ese “sueño” del que habló Trump en la noche del viernes al hacer su anuncio.

También los gigantes tecnológicos de Silicon Valley tiene su ojo puesto en Groenlandia, cuya vasta superficie y agua congelada puede facilitar la creación de colosales centros de datos de inteligencia artificial con refrigeración natural gratis y energía hidroeléctrica barata. Y ahí está ese proyecto ya no tan futurista de levantar en las planicies heladas de la isla una “ciudad de libertad tecnológica” por las High Tech, sin control de nadie y sometiendo la naturaleza a una explotación desmesurada para uso y disfrute de los imperios tecnofeudales hoy día empeñados en ganar a cualquier precio la carrera de la creación de la super IA.

La puerta del paso del Noroeste

Pero es sobre todo el golpe de timón en el transporte de mercancías por los mares árticos lo que más interesa a EEUU en estos momentos de Groenlandia. China, su gran rival económico, ya está utilizando, gracias al deshielo por el cambio climático, las rutas árticas que bordean Rusia por el norte. Incluso buques cargueros surcoreanos han navegado ya por esos estrechos ribereños de Siberia desde el puerto de Busán con dirección hacia los puertos de Gran Bretaña. 

Mientras que la ruta tradicional del canal de Suez demanda unos 40 días de navegación para los mercantes, la nueva ruta ártica por el norte de Rusia reduce ese plazo a menos de la mitad y consume muchísimo menos carburante. De paso se elude las procelosas aguas del Golfo de Adén y el mar Rojo, convertidas en un avispero gracias a la guerra sin sentido desatada por Trump en Irán.

Los chinos ya están de pleno en el uso del paso del norte y seguirán surcoreanos y japoneses. Por eso, Trump quiere su propia vía transpolar, su paso del Noroeste, y Groenlandia le proporciona esa oportunidad con la que desafiar sobre todo a China, que considera la ruta ártica como la mayor apuesta geoestratégica de la próxima década. Ahora solo le queda a EEUU construir o comprar a Finlandia las decenas de rompehielos nucleares de apoyo que no tiene y de los que sí dispone en cambio Rusia, la gran superpotencia del Ártico. Ni a rusos ni estadounidenses les importa mucho el daño que estas autopistas polares puedan producir en uno de los espacios más vírgenes del planeta.

Y a toda esta carrera ártica, que trastornará la geopolítica y seguridad globales, Europa asiste, de nuevo, como un convidado de piedra y a verlas venir. Ahora más, tras serle arrebatada la puerta occidental del Ártico, Groenlandia.

Información adicional

Europa claudica ante la megalomanía hegemonista de Trump y cede soberanía real a EEUU en un área clave para la seguridad, la economía y el medioambiente globales.
Autor/a: Juan Antonio Sanz
País: Dinamarca
Región: Europa
Fuente: Público

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