La reunión entre Xi Jinping y Donald Trump en Washington este mes de septiembre es evidente que no podemos catalogarla como una reconciliación entre China y Estados Unidos. Tampoco representa el final de la rivalidad estratégica que está transformando el sistema internacional. Pero hay algo totalmente claro, esta reunión ha sido el reconocimiento formal por parte de Washington de que China es una realidad estratégica que no puede ser contenida, aislada ni excluida de la gestión de los grandes problemas mundiales
Competir sin llegar a la confrontación
Xi ha remarcado en Washington una clave importante para interpretar esta nueva etapa al recuperar la conocida “trampa de Tucídides”. Esta tesis, formulada por el historiador griego para explicar la guerra del Peloponeso y más tarde popularizada por el politólogo estadounidense Graham Allison, explica que el ascenso de una nueva potencia -Atenas en la Grecia antigua, China hoy- frente a otra dominante -Esparta entonces y hoy Estados Unidos- genera tensiones que históricamente han desembocado con frecuencia en guerras.
La referencia no ha sido nueva. Xi ya le había planteado a Trump durante su encuentro de mayo en Pekín si China y Estados Unidos serían capaces de superar esa trampa. En Washington ha sido más contundente, diciendo que “la trampa de Tucídides puede superarse”.
La frase resume bien la realidad de la relación bilateral. Pekín rechaza que el ascenso de China deba conducir inevitablemente a una confrontación con Estados Unidos. Pero sostiene al mismo tiempo que Washington tendrá que aceptar una redistribución del poder internacional.
Nada de todo esto elimina la competición. Se mantiene el acoso norteamericano sobre los semiconductores, el comercio, las cadenas industriales y, sobre todo, sobre Taiwán. Y continúan las diferencias sobre la inteligencia artificial o los minerales críticos.
La novedad reside en aceptar que, si ninguna potencia puede neutralizar a la otra a un coste asumible, ambas necesitan mecanismos para administrar su rivalidad. De ahí la importancia de la “estabilidad estratégica” acordada y de los nuevos canales de comunicación.
China como interlocutor imprescindible
La segunda conclusión que podemos extraer de la reunión de Washington es que China ya no aparece únicamente como un competidor económico de Estados Unidos o como una potencia regional asiática. Y que cada vez le resulta más difícil a Estados Unidos hacer frente a los grandes problemas internacionales sin contar con ella.
La agenda de Washington muestra un abanico global de temas y el comercio y la inteligencia artificial han convivido con Irán y otras cuestiones de seguridad internacional. Antes del encuentro, ambas partes han buscado una fórmula de acuerdo y estabilidad que permitiera la celebración de la reunión y el mantenimiento de la competición sin provocar una nueva escalada.
Estados Unidos conserva enormes ventajas, como la principal red mundial de alianzas, una extraordinaria capacidad militar, instituciones financieras centrales y algunas de las empresas tecnológicas más importantes del planeta.
Pero la realidad es que Washington ya no puede gestionar unilateralmente el sistema internacional. Pero China tampoco puede hacerlo.
Precisamente ahí reside la importancia de la cumbre, los dos países necesitan hablar porque poseen capacidad suficiente para impactar no sólo en su relación bilateral, sino en el funcionamiento de la economía y la seguridad mundiales.
Para China, sentarse en Washington en estas condiciones ha supuesto un reconocimiento práctico de su nuevo peso internacional.
Pero China no necesita un G2
No pensemos que la cumbre es el nacimiento de un “G2”, un directorio chino-estadounidense encargado de administrar los grandes asuntos mundiales.
Para Pekín esta posibilidad se aleja totalmente de sus planteamientos.
China defiende formalmente un orden multipolar y pretende conservar relaciones independientes con Rusia, Europa, India, los BRICS y el Sur Global. Necesita una relación estable con Estados Unidos, pero no quiere depender de ella.
Washington continúa siendo un centro tecnológico, financiero y militar extraordinario. Pero China intenta a su vez construir alternativas económicas, diplomáticas e institucionales que amplíen su autonomía. China no aspira a sustituir una hegemonía estadounidense por una hegemonía compartida.
El significado de la reunión es, sencillamente, que Estados Unidos ha comenzado a aceptar que ya no existe una arquitectura internacional viable construida sin China.
Y esta es también la lectura de la referencia de Xi a Tucídides. Pekín no niega la rivalidad entre una potencia ascendente y otra establecida. Lo que niega es que su desenlace inevitable tenga que ser la guerra.
Estamos ante la cuestión que probablemente definirá las próximas décadas. Si Estados Unidos será capaz de aceptar una redistribución del poder sin convertir la competencia estratégica en confrontación y guerra.
Desde Pekín, superar la ‘trampa de Tucídides’ significa que Estados Unidos no tiene que retirarse para que China ascienda, pero el ascenso de China tampoco podrá ser impedido por Estados Unidos.
Por, Pedro Barragán
Economista y editor de China Información y Economía


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