El “error” de Andrés Caicedo
Andrés Caicedo perteneció a una generación signada por enormes transformaciones culturales y políticas.

Recientemente, Sergio Esteban Vélez, director del Instituto Caro y Cuervo, publicó un mensaje a propósito del natalicio de Andrés Caicedo. Allí advierte sobre los riesgos de romantizar su suicidio y, de hecho, lo presenta como el colofón de una rebeldía extrema, de una vida “anárquica” que habría conducido a Caicedo a la autodestrucción. La preocupación por evitar cualquier idealización del suicidio es, desde luego, válida; sin embargo, derivar de allí una suerte de moraleja sobre los peligros de rechazar las normas, los valores y las instituciones sociales constituye un salto mortal argumentativo injustificado.

Caicedo perteneció a una generación signada por enormes transformaciones culturales y políticas. En la Cali de los años sesenta y setenta convivían la modernización urbana, nuevas formas de expresión juveniles, el crecimiento de las desigualdades, la violencia política y una institucionalidad que todavía encontraba en la familia heteropatriarcal, la religión católica, la educación draconiana, el mundo laboral alienante y la autoridad arbitraria los principales referentes de integración social. La ruptura generacional no fue, por ese motivo, una manifestación de inmadurez y de descuido de la propia vida, sino que expresaba la dificultad, para un nuevo tipo de sensibilidad, de reconocerse en las instituciones dominantes.

Su literatura se alimentó de esa ruptura, o mejor, la intentó trabajar en el ámbito de lo sensible. El cine, el rock, la salsa, la sexualidad, la vida nocturna, las drogas y la propia experiencia de la ciudad aparecen en su obra como territorios de experimentación en los que podían ensayarse otras maneras de vivir. Incluso su desplazamiento de los espacios caleños elitistas y “americanizados” hacia los espacios populares de la salsa manifiesta una búsqueda que desborda ampliamente el capricho juvenil. Caicedo convirtió las contradicciones de su tiempo en materia estética y encontró en ellas una forma singular de interrogar el mundo que había recibido.

Caicedo fue, en ese sentido, mucho más que un individuo atormentado, fue un síntoma de su generación. Su malestar hizo visible el agotamiento de ciertas formas de autoridad, el conflicto con el mundo adulto y la dificultad para hallar un lugar dentro de instituciones que prometían integración mientras producían también exclusión y padecimiento. Por ende, las instituciones, especialmente aquellas que no han sido sometidas al suficiente examen crítico, no pueden aparecer de antemano como remedios frente a un sufrimiento cuya génesis es sociopolítica y no meramente individual.

De allí que resulte tan problemática la instrumentalización de la figura de Caicedo para reivindicar una supuesta regeneración de normas y valores perdidos. Por supuesto, las instituciones son indispensables para la vida colectiva, pero precisamente por ello deben mantenerse abiertas a la crítica y a su propia transformación. La familia puede proteger y también asfixiar. La educación puede contribuir a la emancipación y también normalizar violentamente. Las normas pueden hacer posible la convivencia y también convertir determinadas formas de existencia en anomalías que deben corregirse o eliminarse. Presentarlas simplemente como barreras protectoras frente al abismo significa olvidar que muchas de las grandes transformaciones sociales de los últimos dos siglos comenzaron en el preciso instante en el que alguien se atrevió a cuestionar aquello que su época consideraba normal.

Si hubiera que hablar provocadoramente del “error” de Caicedo tendríamos que buscarlo entonces en un lugar diferente: yo me atrevería a afirmar que su rebelión no fue excesiva, sino insuficiente.

Caicedo desarrolló una extraordinaria crítica estética y existencial de la sociedad de su tiempo, pero esa crítica se topó con enormes dificultades para articularse con la acción política colectiva. Su crítica abarcó ámbitos artísticos como el cine, la literatura y la música con el fin de interpelar el propio cuerpo y el deseo, y con el objetivo de experimentar formas alternativas de existencia, mientras permaneció relativamente distante de los espacios organizados que pretendían transformar las estructuras sociales y políticas. Mientras una parte significativa de su generación concentraba sus esfuerzos en incidir sobre el Estado, en comprender las contradicciones de clase y, en suma, en impulsar colectivamente la transformación de las grandes estructuras económicas, la crítica cultural y existencial descubría que el poder también atraviesa la vida cotidiana, la sexualidad, la familia, los afectos, los cuerpos y las maneras de desear. Ambas críticas se necesitaban más de lo que entonces pudieron reconocer.

Una política concentrada exclusivamente en las grandes estructuras corre el riesgo de transformar las instituciones dejando intactas muchas de las relaciones de poder que organizan la vida cotidiana. Una rebelión confinada a la experiencia estética y existencial puede producir nuevas sensibilidades y formas de vida, pero encuentra dificultades para modificar las condiciones materiales e institucionales que determinan su permanencia. La experiencia de Caicedo permite pensar justamente lo inconveniente que resulta separar una macropolítica orientada hacia las estructuras de una micropolítica que interviene sobre los deseos, los cuerpos, los afectos y las formas de existencia. Las nuevas generaciones enfrentan el desafío de construir articulaciones que buena parte del siglo XX dejó inconclusas. El reto continúa siendo producir instituciones democráticas, capaces de transformarse permanentemente y sensibles a la pluralidad, así como formas de vida capaces de escapar a aquello que las empobrece o despotencia.

El problema nunca fue que Caicedo y su generación quisieran vivir de otra manera, sino que la crítica existencial y la transformación política caminaron durante demasiado tiempo por senderos separados. Hacerlas converger continúa siendo una tarea pendiente si aspiramos a construir un mundo más habitable y vidas más plenas.

El “error” de Caicedo no consistió en haber llevado las cosas demasiado lejos, sino en no ir lo suficientemente lejos. Esa será nuestra tarea.

¡Que viva la música… y la revolución social!

Por, Iván Darío Ávila Gaitá, Doctor en filosofía. Magíster en filosofía y en estudios culturales. Politólogo.

Información adicional

Autor/a: Iván Darío Ávila Gaitán
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: desdeabajo

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